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Bob Herbert | Opinión Internacional
El fenómeno Obama
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Cualquiera que sea el resultado de estas elecciones, se le puede dar crédito a Obama de un gran logro. Ha atraído toneladas de personas, y en especial jóvenes, al proceso político. Más que ninguna otra persona, ha revitalizado ese proceso y le ha devuelto algo de diversión a la política. Y lo ha hecho recurriendo abierta y consistentemente a lo mejor de nosotros, en lugar de a lo peor.

Los historiadores pueden hacer a un lado su material de referencia. Esto es nuevo. Estados Unidos nunca ha visto nada parecido al fenómeno Barack Obama.

Todo el martes estuve sorprendido, antes de que llegaran los resultados de la convención electoral en Iowa, por la serenidad evidente de las fuerzas de Obama aquí en Nueva Hampshire. Los riesgos eran enormes, pero el personal de la campaña y los voluntarios estaban tan tranquilos como el candidato.

Estudiantes, veteranos, mamás de edad mediana, retirados y otros que trabajan sistemáticamente para hacer que Barack Obama sea presidente parecían aceptar el hecho de que el país está listo para un cambio profundo y que su trabajo es ayudar a que eso suceda.

“Hemos estado ocupados tocando puertas, haciendo llamadas telefónicas, metiendo datos y, básicamente, solo propagando esperanza”, dijo Kathryn Teague, una chica de 19 años que dejó el Colegio Estatal Keene por un año para trabajar en la campaña.

Ya no hay duda alguna de que el fenómeno Obama es real. Su mensaje de esperanza, de sanación y cambio, descontado por los escépticos por considerarlo fantasioso e ingenuo, hizo que la gente de Iowa saliera al frígido aire nocturno en decenas de miles el jueves para apoyar a un hombre que no solo contiende por la presidencia, sino que está tratando de construir un tipo nuevo de movimiento político.

Para medianoche, Joe Biden y Chris Dodd habían quedado fuera de la contienda; John Edwards estaba prácticamente de rodillas, y los Clinton estaban tratando, por enésima vez, de idear la forma de rehacerse como los chicos que regresan.

Denle la mano al mañana. Ya llegó.

El discurso de la victoria de Obama fue una gema concisa de oratoria. Ningún candidato de ninguno de los dos partidos puede conmover un público como él. Caracterizó su victoria asombrosa como la confirmación de “la más estadounidense de las ideas: aun cuando parezca que todo está en contra, la gente que ama este país puede cambiarlo”.

Obama ha mostrado, en una presentación tras otra, una capacidad para hacer que la gente se vuelva a sentir bien con su país. Sus partidarios quieren cambiar con urgencia darle vuelta a la página de la política amarga y desastres seriales de los últimos 20 años. Que hayan girado hacia un candidato negro para llevar a cabo esta tarea es –para usar un término que escuché por primera vez esta semana– monumentoso.

Los Clinton, en especial, parecen desconcertados por los vientos del cambio. Elaboraron un argumento peculiar en contra de Obama reconociendo que el electorado quiere cambios, pero insistiendo en que no se pueden lograr haciendo las cosas en forma diferente. La senadora Hillary Clinton se las ha visto negras tratando de lidiar con la exigencia de cambio mientras respalda el legado de un gobierno que definió los años noventa.

Barack Obama no tiene nada de ese equipaje.

Sin embargo, a pesar de todo lo que se habla sobre cambio, solo se trata de uno de los factores que impulsan el fenómeno Obama. La verdad simple es que casi nadie –en política, en los medios informativos o en cualquier otra parte– se había dado cuenta del extraordinario candidato que resultaría ser Obama.

Es inteligente, muy trabajador, carismático, bien parecido y muy hábil para recaudar fondos. Tiene una sonrisa radiante, pero no está estática en el rostro. Parece auténtico. Cuando se ríe, se tiene la sensación de que se debe a que algo es chistoso.

La gente está haciendo fila para creer en él. Tiene el comportamiento sencillo (con su complexión alta y larguirucha) de alguien que se siente a gusto consigo mismo. Incluso cuando anima una multitud no se acalora demasiado. Tiene las cadencias que recuerdan a King, pero la tranquilidad de Kennedy, de John, no de Robert.

Si los Clinton van a detener a Obama, necesitan hacerlo ahora. Si gana las primarias de Nueva Hampshire el martes, los medios informativos enloquecerán y él irá hacia las convenciones electorales del 19 de enero en Nevada y del 26 del mismo mes en Carolina del Sur (donde la mitad del electorado es afroestadounidense) con un impulso increíble.
Supongo que los afroestadounidenses, en estas circunstancias, percibirían su campaña casi con fervor religioso. Todos esos cuestionamientos sobre si es lo suficientemente negro serían historia. Muchos percibirían que Obama está a un paso de la presidencia, y habrá muy pocos negros en favor de detener ese tren.

Cualquiera que sea el resultado de estas elecciones, se le puede dar crédito a Obama de un gran logro. Ha atraído toneladas de personas, y en especial jóvenes, al proceso político. Más que ninguna otra persona, ha revitalizado ese proceso y le ha devuelto algo de diversión a la política. Y lo ha hecho recurriendo abierta y consistentemente a lo mejor de nosotros, en lugar de a lo peor.

© The New York Times News Service.
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