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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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El Castor |
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Por juego de palabras que aproxima su apellido a la denominación de ese animalillo, así la llamó Sartre, con ese nombre le dedicó varios libros. Así me gusta nombrarla para quitarle solemnidad, para combatir la imagen de frialdad que le ha atribuido la historia a costa de las consecuencias literarias e ideológicas de su enorme racionalidad.
Fue por encima de todo una mujer en construcción permanente de su libertad. Y tomar esa decisión la llevó a vivir a contravía y a equivocarse mucho, porque como los existencialistas afirman, el ser humano está “condenado” a elegir. Ahora, año de su centenario, se retoma su figura y su pensamiento en la natural pregunta que propician los escritores que cruzan la barrera del tiempo: ¿qué le dice Simone de Beauvoir a nuestros días? No se trata de repetir los tópicos con que siempre se refieren a ella, peor ahora, en días cuando cualquier recurso basta para atraer la atención (que Le Nouvell Observateur haya publicado una foto de un desnudo de la autora en portada bajo el enunciado de “Simone, la escandalosa” dice mucho de esa actitud). Mi intención es reverenciar una existencia desafiante y una obra aportadora de quien dedicó toda su energía a consumir su tiempo y a pensarlo. Dejó huellas, pésele a quien le pese. Hago memoria de quien hizo memoria.
Ni madre del feminismo, ni esposa de Sartre, ni esclava de su vanidad. Pero sí feminista tardía, compañera original, celebridad complacida. Esta mujer nos lleva a preguntarnos cómo siendo ella misma y con habiendo escrito más de una decena de libros que siempre estuvieron a la vista de todos, se puede ser tan diametralmente entendida, tan alabada y vilipendiada a base de los mismos hechos y de iguales palabras. El problema lo han hecho siempre sus lectores. De Beauvoir respondió a las demandas de una Francia de posguerra en la opción de lo que siempre fue: una intelectual de izquierda, un ser libre de ataduras domésticas y sociales, una buscadora de ideas nuevas. Profesó junto con Sartre, Camus, Merleau-Ponty, el credo existencialista y no rehuyó las consecuencias de aquello: incomodar a la burguesía de su tiempo, a la que criticó acerbamente.
Porque la burguesía no perdona cuando se tocan los puntales sobre los que levanta su dorado templo. Y ella los cuestionó con una sinceridad brutal que cayó sobre sí misma. Demostró, a base de analizar sus propios orígenes de pequeña burguesa empobrecida, que la familia tradicional anula a sus hijos cuando les impide explorar caminos; levantó el velo de la sexualidad femenina cuando los que pontificaban sobre el cuerpo de la mujer eran solamente los hombres; cuestionó los rumbos de la política occidental que llevó a los países a la larga Guerra Fría; renegó de Marx cuando sus respuestas le parecieron inválidas.
Que El segundo sexo haya capitaneado la segunda ola del feminismo histórico a ella misma le produjo sorpresa, dado que vivió lo suficiente para enterarse de las enormes consecuencias de ese ensayo. Pero, sostengo, Simone fue más feminista por su vida que por su obra.
Los centenarios arrastran una coda inevitable. Los congresos, los debates, las reimpresiones, los artículos que, como este, pretenden remover intereses, refrescar imágenes. Y todos estos actos dependerán siempre de volver a leer unos libros a la luz de nuevos enfoques. |
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