Seis hombres y una mujer se agachan en la obscuridad, contra una pared en el cuartel de la guardia costera. Un oficial enfundado en uniforme de camuflaje ladra: “¿Nombre? ¿Edad?” Con los dedos, indican su edad: de 20 a 27 años.
“¿País?” Grita más fuerte cuando no le entienden. Habla en inglés, idioma en el que podrían tener algunas palabras en común. Cinco dicen ser afganos, dos ser palestinos. Entonces los acomoda en fila y los conduce por lo largo del muelle.
Escenas como ésta se ven todas las noches en Samos, una de tres islas griegas tan cerca de Turquía que no hay aguas internacionales entre ellas. Migrantes de Iraq, Afganistán, Somalia, Libia, Líbano, Eritrea, Irán y los territorios palestinos arriban a estas islas, tendidas a lo largo de una nueva fisura para la inmigración hacia la Unión Europea.
Los coyotes monitorean a las guardias costeras de Grecia y Turquía y, señalan los abogados de inmigración y los migrantes, cobran 870 dólares por un lugar a bordo de una lancha inflable, en la que los migrantes reman el trayecto corto, pero peligroso hasta la Unión Europea.
En blancos mejor conocidos para los migrantes que tratan de penetrar las fronteras de la Unión Europea —Lampedusa, en aguas italianas, y las Islas Canarias— los refugiados intentan llegar a tierra firme tras recorrer cientos de kilómetros a bordo de frágiles botes. En Samos, sin embargo, el riesgo y su destino están comprimidos en menos de dos kilómetros de mar. Sería una distancia manejable para cruzarla a nado, salvo por el estrecho peligroso.
El total de arribos a esta cadena de islas aumentó a más del doble en 2007, lo que las ha puesto bajo presión. Para fines de noviembre, 10. 961 migrantes habían hecho tierra en Samos, Lesbos y Chios, islas en el norte del Mar Egeo, comparado con 4. 24 en todo 2006, dijo Vassilios Gatsas, jefe de policía de las tres islas. En contraste, han bajado los arribos clandestinos en Lampedusa y las Canarias.
Ya que la geografía ha puesto a Grecia a la defensiva contra este flujo, ha reaccionado vigorosamente. Para muchos que llegan a las islas, la puerta se cierra de golpe.
Son arrestados y encarcelados durante tres meses. A la mayoría se le ordena abandonar el país en 30 días o menos. Muchos de los que eluden a las autoridades e intentan hacer arreglos para internarse ilegalmente en Europa son atrapados y enviados de regreso a Grecia.
“Grecia no estaba listo para aceptar una cantidad tan alta de inmigrantes”, comentó Gastas.
“De ser un país que exporta inmigrantes, nos hemos convertido en importadores en un periodo muy corto de tiempo”, aseveró, en referencia al éxodo de griegos a Australia, Canadá, Estados Unidos y otros destinos, después de 1945.
La mayoría de los griegos, con un historial de adversidad y migración, aún se muestran, en gran medida, solidarios con los migrantes. Pero el Ministerio del Interior tiene que lidiar con problemas de políticas y control, además de las críticas internacionales que van en aumento.
En abril, Grecia perdió un caso presentado por la Comisión Europea ante el Tribunal Europeo de Justicia, que criticó a Grecia por no brindar acceso adecuado al asilo. Bajo reglas de la Unión Europea, se supone que el primer país al que llega un inmigrante debe manejar las solicitudes de asilo.
Otros países europeos afirman que el que Grecia no aborde la problemática de manera adecuada simplemente les deja el problema a ellos.
Gatsas dijo que entre los migrantes que se dirigieron a sus islas el año pasado, 24 murieron en el cruce. Sus cuerpos fueron depositados por las olas en la playa de Samos o quedaron atrapados en las redes de los pescadores, indicó.
El Alto Comisionado de la ONU para Refugiados contabilizó 100 muertos o desaparecidos frente a las costas de Samos, Lesbos y Chios, el año pasado.
La ola de arribos ilegales en el 2007 ha colocado una enorme presión sobre Samos, de 35 mil habitantes, mejor conocida como un centro turístico y cuna del matemático Pitágoras.
El 1 de diciembre, Samos inauguró un centro de detención de 3,6 millones de dólares. Gatsas anunció que la fuerza policiaca de 500 elementos para las tres islas sería reforzada con 300 oficiales más este año.
Tanto Gatsas como Stellos Partsafas, jefe de la guardia costera, y Emmanuel Karlas, prefecto de Samos y su funcionario político de mayor rango, criticaron a Turquía por no frenar el flujo de personas, y culparon a la Unión Europea por la falta de ayuda.
Pese a la carga, muchos isleños muestran buena voluntad para quienes son depositados en sus costas por el mar.
“De cierta manera, es la historia de Samos”, dijo Dimitri Vouros, el único abogado que asiste a los refugiados que llegan a la isla. “Durante la Segunda Guerra Mundial, por tres o cuatro años bajo el Ejército alemán, cientos, si no es que miles, de griegos abordaron pequeños botes todas las noches y partieron a Turquía y de ahí a Egipto. Estas personas son como nosotros. Nuestros abuelos tuvieron la misma historia”.