El jaguar, panthera onca —el felino más grande en América y el tercero más grande en el mundo— aún medra en los pastizales del Pantanal, mosaico de 190 mil kilómetros cuadrados de ríos, bosques y sabanas inundadas por temporada que se desbordan desde Brasil a los países vecinos de Bolivia y Paraguay.
Desde la perspectiva del jaguar, esta enorme área rica en vida silvestre probablemente parece un pedazo de cielo o, al menos lo sería si los grandes felinos no fueran cazados habitualmente en venganza por pérdidas de ganado.
En octubre pasado quedó enfatizada la importancia del Pantanal, cuando Thomas Kaplan, presidente ejecutivo del consejo de la fundación Panthera, fuerza emergente en la conservación de felinos grandes, finalizó la compra de dos grandes ranchos y firmó un acuerdo para adquirir un tercero, para crear una propiedad que pronto totalizará más de 160 mil hectáreas.
Los ranchos, que serán administrados por Panthera, son particularmente importantes, porque conectan reservas de vida salvaje anteriormente aisladas.
Ahora, los jaguares podrán trasladarse de manera segura de un santuario a otro.
Kaplan, empresario que fundó Panthera en 2006, dijo que el plan era continuar con la administración del ganado en los ranchos, mientras se pone a prueba una amplia variedad de técnicas para reducir las interacciones entre el ganado y los jaguares.
Los resultados, espera, incentivarán a otros a adoptar prácticas de manejo de territorio que promuevan la coexistencia por encima del conflicto.
Según los expertos en conservación, en el Pantanal está en riesgo una fracción significativa —quizá el 15 por ciento— de la población mundial de jaguares.
La ganadería y la conservación del jaguar no necesitan ser mutuamente exclusivas, dijo Alan Rabinowitz, prpresidente ejecutivo del programa de ciencia y exploración en la Sociedad de Conservación de Vida Silvestre, con sede en el Bronx, Nueva York.
“El ganado abre el panorama”, dijo Rabinowitz, y enriquece el hábitat para la presa salvaje del jaguar. “Si se sacara al ganado y dejara que las grandes áreas vuelvan a la vegetación cubierta de matorrales, se tendrían muchos menos jaguares en el Pantanal de los que hay ahora”.
Los jaguares también pueden proporcionarles a los rancheros una fuente adicional de ingreso. Por ejemplo, varios ranchos en el Pantanal manejan operaciones de ecoturismo, que han convertido las desventajas en valiosas ventajas.
Los expertos en conservación dicen que la próxima década será clave para los jaguares, en el Pantanal y en todo su territorio, que va desde el norte de Argentina hasta las zonas fronterizas compartidas por México y Estados Unidos. Nadie sabe la velocidad precisa en que desciende el número de jaguares o cuántos hay. Pero la Unión Mundial para la Conservación calcula que la población total en libre movimiento es de menos de 50 mil adultos y clasifica al animal como casi en peligro de extinción.
Aunque los jaguares matan y comen ganado, lo hacen menos seguido de lo que uno pudiera imaginar.
En el transcurso de aproximadamente dos años, Fernando Azevedo, asociado post doctoral en la Universidad de Sao Paulo, y sus asistentes de campo les pusieron collares a once jaguares adultos y rastrearon sus movimientos.
También recolectaron metódicamente sus heces y examinaron los cadáveres de sus presas.
Los contenidos de las heces revelaron que los gigantescos roedores conocidos como capibaras eran la presa más común de los jaguares, seguido por los caimanes y el venado de los pantanos.
De los 113 cadáveres confirmados como presas muertas por jaguar, 35 eran capibaras, 23 eran caimanes y 32 eran ganado.
De cinco mil cabezas de ganado, menos del 1 por ciento se había perdido por las garras de un jaguar.
Pero en el Pantanal, la cacería del jaguar también es parte de una tradición tan profundamente arraigada como lo era la cacería de la zorra en el campo inglés, salvo que en Brasil, no son los hacendados ricos quienes se unen con entusiasmo a la persecución, sino sus empleados, los vaqueros del Pantanal.
Para ellos, la cacería del jaguar es un entretenimiento, dijo Sandra Cavalcanti, experta en jaguares que pronto recibirá su doctorado de la Universidad de Utah. “Matar un jaguar se considera algo que hacen los machos”, dijo.