Estamos en una casa de muchos cuartos estrechos y desordenados. Una puerta se abre de pronto. Una niña, que también es un niño, entra a toda prisa, sin dejar de hablar.
Otras personas ya están ahí, con vestimenta llamativa, pelucas espantosas y maquillaje que recuerda a una pintura de Willem de Kooning. Todos se mueven en un estilo desigual, acelerado, que busca llamar la atención, y hablan muy rápido entre sí, a la cámara, en un teléfono celular.
Zumban frases sobre clonación, familia, adopciones en parejas del mismo sexo, el mundo del arte, la identidad, el blogging, el futuro. De repente, el interior se convierte en el exterior, la noche en el día, y estamos en un día de campo, bajo el sol brillante, con un bebé.
Luego todo esto se invierte, y nuevamente estamos adentro. Una banda de música goth resuena con estruendo en la cocina.
La casa está bajo sitio. Histeria. Todos atraviesan las paredes. Éste es un recuento sumamente impresionista del video sensacionalmente anárquico “I-Be Area”, de Ryan Trecartin, que hizo su debut en la Galería Elizabeth Dee, en Manhattan, el año pasado. La pieza causó revuelo, en parte porque la mayoría de la gente nunca antes había visto algo parecido, definitivamente no en una galería de arte.
El video artístico aún goza de una reputación graciosa, remanente de los años 60, de ser un medio serio, realizado por función más que por placer, contrario al cine. Pero “I-Be Area” fue un placer de principio a fin. Era una emoción visual sin parar. Más radicalmente, tenía la duración de un largometraje.
Todavía más radicalmente, contaba una historia, con docenas de personajes y muchas sub tramas, lo que se supone que hace el entretenimiento, no el arte, si uno asume que hay una diferencia entre ambos.
Trecartin, al parecer, no asume esto, y no es el único. El artista y actor estadounidense Kalup Linzy, por ejemplo, ha inventado una telenovela serial en torno a una familia disfuncional negra estadounidense. Sadie Benning usa la animación dibujada a mano para contar relatos agridulces de la vida gay urbana. Nathalie Djurberg, nacida en Suecia y residente de Berlín, esculpe figuras de arcilla y las coloca en encuentros sádicos.
Estos artistas, al usar video que es más barato y más accesible que nunca gracias a la tecnología digital, crean ahora una nueva clase de arte del siglo XXI que es narrativa en forma y potencialmente épica en escala.
En la actualidad, está moldeado por una combinación de fantasía pop, inteligencia cibernética, neotribalismo y una versión sin agobio de la vida contemporánea que caracteriza a una cultura de Internet con déficit de atención.
Hace 40 años, el video ofrecía a artistas inquietos, privados de derechos y basados en el performance una alternativa a la élite de la pintura pop y escultura minimalista. El video estaba asociado con la televisión y los noticieros cinematográficos, no con el arte. Estaba disponible y era bastante fácil de aprender. Porque no tenía historia estética, no tenía expectativas fijas.
Su uso permitió que artistas como Vito Acconci, Joan Jonas y Nam Jun Paik abrieran un nuevo capítulo en la historia del arte.
Después de los 70, en el interés del comercio, los videos se volvieron más cortos, más pulidos y más autónomos, más como objetos. Pero la narrativa, que exigía ver un video de principio a fin, era un problema.
Con el surgimiento de cientos de galerías en el “boom” artístico de los 80, ¿quién tenía tiempo para pasar una hora en un cuarto oscuro un sábado por la tarde? Por la misma razón, uno esperaría que hoy el video narrativo fuera incluso menos bien acogido. Hay más galerías que nunca y ningún ambiente podría ser más adverso al video que las ferias de arte, con atestados stands equipados enteramente para las compras rápidas.
Pero aquí esta Trecartin, que nos pide que nos sentemos durante una hora y 48 minutos para una experiencia de alto concepto, intensamente detallada y que exige atención. Lo hacemos, antes que nada, porque “IBe Area” es tan exuberante, tan diferente.
También es sencillamente extraño, lo que forma parte del atractivo más grande del video artístico de hoy. Representa una posible salida de algo, de la renovada tiranía del objeto preciado. Trecartin y otros artistas están en alguna periferia experimental del video, la narrativa y el tiempo.