¿Qué hacer con nuestros envejecientes héroes arquitectónicos? ¿Qué pasa si su genio se deteriora y empiezan a alterar sus propias obras maestras?
Un poderoso ejemplo es el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, que celebró su centésimo cumpleaños el mes pasado. En los 40, 50 y 60, se estableció como una de las máximas luminarias del modernismo al infundirle un cautivador hedonismo tropical a las austeras formas abstractas, que le dio nueva forma a la identidad de Brasil en la imaginación popular e hipnotizó a arquitectos en todo el mundo.
Pero la mayor amenaza al extraordinario legado de Niemeyer puede ser no el bulldozer de los constructores o planificadores citadinos sin sensibilidad, sino el mismo Niemeyer.
Algunos de sus edificios más venerados han sido estropeados por la propia mano del arquitecto. Y esto plantea un dilema incómodo: ¿En qué momento tenemos la obligación de intervenir? ¿O es plantear la pregunta un acto de espectacular mal gusto?
La disminución en la calidad de la obra de Niemeyer ha sido evidente desde que completó su Museo de Arte Contemporáneo, en Niteroi, en 1996. Su estructura blanca, en forma de platillo, que descansa ligeramente sobre una sola columna en el borde de un acantilado, luce mejor contra el glamoroso telón de fondo de la Bahía Guanabara.
Pero las superficies de concreto son burdas y parecen inacabadas; la estructura carece del cuidadoso refinamiento que les dio a sus primeros edificios una importancia texturizada y señalaba que al arquitecto le importaban profundamente las personas que los habitarían.
Sus proyectos de mediados de siglo, en el centro de Brasilia, son harina de otro costal: un tesoro de monumentos modernistas, como el edificio del Congreso Nacional, de 1958, y el Palacio Itamaraty, concebidos a la escala más grandiosa.
A mediados de los 80, Niemeyer alteró la forma de los arcos que enmarcan la fachada principal de su edificio del Ministerio de Justicia, y así sacrificó la elegancia de su simetría a favor de algo más caprichoso.
Más o menos en la misma época renovó la Catedral de Brasilia, considerada una de sus máximas obras. Diseñada como una serie de arcos parabólicos que se abren en la parte superior, su forma agregaba un toque exuberante al Eje Monumental, principal avenida de la ciudad.
Niemeyer pintó de blanco su expuesta estructura de concreto, y reemplazó sus imponentes ventanas con vitrales: cambios que merman la fuerza elemental del empuje ascendente del edificio.
Tal vez más dañino, sin embargo, fue la terminación, el año antepasado, del Museo Nacional y la Biblioteca Nacional de Niemeyer en el Eje Monumental. El domo blanco del museo descansa sobre su plaza de concreto con poca gracia. Las paredes curvas y falta de luz natural del interior lo hace un lugar incómodo para mirar arte.
La Biblioteca Nacional, justo al lado, es una sombría caja rectangular revestida de paneles perforados. Su base abovedada, apuntalada sobre columnas delgadas, evoca un edificio gubernamental genérico de los 60. Lo peor de estos dos edificios es su ubicación.
Hasta hace unos años, los visitantes podían subir una colina de pendiente suave en auto antes de llegar a la cima, donde todo el Eje Monumental se desplegaba ante ellos. Ahora, esa vista está obstruida por las formas monótonas del museo y la biblioteca.
Es encomiable que Niemeyer aborde su obra pasada sin un engreimiento exagerado. Pero el valor de estos edificios modernistas como parte de nuestra memoria cultural compartida no se puede subestimar.
El Eje Monumental de Brasilia no es simplemente una reliquia de una era devaluada o un emblema de una utopía fracasada. Es tan crucial para los valores de su época como las pirámides lo fueron para la suya. Empañar esa visión es una tragedia cultural, incluso si la mano del creador es responsable de ello.