Thomas Sorensen, ingeniero en software independiente, promociona su currículum entre empleadores potenciales en toda Europa y el Medio Oriente.
Para los patrones en su natal Dinamarca, simple y sencillamente no está disponible.
Instalado en Frankfurt, donde está a cargo de la seguridad computacional de una importante corporación suiza, Sorensen, de 34 años, no tiene intención de regresar a la época en que pagaba los astronómicos impuestos daneses.
Sorensen, que nació y estudió en Dinamarca, pero trabaja —y paga menores impuestos— en otras partes de Europa, simboliza la pesadilla que enfrentan las compañías y políticos daneses en busca de soluciones a una escasez extrema de mano de obra.
Los daneses jóvenes, como Sorensen, frecuentemente educados en el extranjero y con un inevitable dominio del inglés, son candidatos perfectos a abandonar Dinamarca en busca de una mejor vida.
“Por naturaleza, nuestros jóvenes son internacionales”, expresó Poul Arne Jensen, presidente ejecutivo de Dantherm, fabricante de tecnología de control climático.
Dinamarca es la patria de la “flexiguridad”, pegadizo nombre dado a un sistema que paga elevadas prestaciones de desempleo y asistencia social pero que, de forma inhabitual para Europa, no impone casi ninguna restricción en materia de contrataciones y despidos por los patrones. La mezcla le ha resultado útil a Dinamarca y su economía creció en un 3,5 por ciento en 2006, uno de los mejores resultados de toda Europa Occidental.
Sin embargo, ese éxito ha originado una febril búsqueda de talento en las compañías danesas y ha enfocado la atención en emigrantes, como Sorensen.
El problema, de acuerdo con patrones y economistas, tiene mucho que ver con la tasa marginal impositiva del 63 por ciento pagada por los daneses mejor remunerados, una contribución que tiene que cumplir cualquier persona que gane al año más de 360 mil coronas danesas o, aproximadamente 70 mil dólares.
Esa misma tasa fiscal sustenta una redistribución de ingresos tan efectiva, que Dinamarca constituye probablemente una de las sociedades más equitativas del mundo.
Pero los jóvenes daneses pueden fácilmente optar por no pagar el mantenimiento del sistema, una vez que le han extraído lo que necesitan.
Para empezar, como ciudadanos de la Unión Europea, tienen derecho a trabajar en cualquiera de sus 27 países miembros.
Sorensen, egresado de una escuela de negocios de Copenhague, ganaba el equivalente de más de 100 mil dólares antes de cumplir 30 años y pagaba el 63 por ciento de esta cantidad en impuestos. Su trabajo como asesor computacional para la compañía Deloitte también lo llevó a Bruselas, donde conoció a la española con la que se casó.
Los elevados impuestos, sumados a la inconformidad de su esposa con la vida en Dinamarca, significó que una oferta de trabajo en Qatar, hace tres años, fue suficiente para persuadirlo a abandonar Copenhague.
En la actualidad está establecido en Frankfurt donde, además de su empleo, está a punto de abrir un negocio nuevo y espera no pagar más del 25 por ciento de sus ingresos al fisco alemán.
Su esposa dio recientemente a luz a su segunda hija y Sorensen apenas habla danés con sus hijas. Crecen con el inglés por idioma materno y el mundo como horizonte.
“Si pudiera”, expresó Sorensen, “tendría un pasaporte europeo, no danés”.