Antes de casarse, en septiembre, Nicci Young y Richard Wiese primero tuvieron que separarse. El problema no fue romántico, sino de espacio: Young Weise, quien organiza safaris a África, y Wiese, escritor y explorador, encontraron que su departamento de una sola recámara, en Manhattan, no era lo suficientemente grande para los dos después de que ambos decidieron trabajar desde su hogar.
“No dejaba de hablarme de su trabajo, que es muy interesante, pero realmente distraía tiempo de mi jornada laboral”, expresó Young Weise. “Además, cuando estaba sola, experimentaba una sensación de soledad y desidia”.
Ella se cuenta entre muchos de los millones de estadounidenses que hoy en día laboran fuera de lugares de trabajo tradicionales y quienes se han quedado sorprendidos ante lo difícil que puede ser la vida en una oficina en el hogar.
Requiere de una estricta autodisciplina y la capacidad de no hacer caso a cónyuges, hijos y mascotas. Para los muy sociables o los emocionalmente necesitados, puede parecer un encarcelamiento en el hogar, sobre todo si el teléfono no ha sonado en un buen rato.
La solución de Young Weise fue arrendar espacio en una oficina compartida, una opción cada vez más popular para quienes pueden darse el lujo de hacerlo. Las personas para quienes el pagar un espacio por separado no está al alcance del bolsillo, o que encuentran que el hogar es un sitio de trabajo base demasiado cómodo o gratificante como para prescindir de él, aprenden a vivir con los desafíos e idean soluciones a pequeña escala con el paso del tiempo.
Uno de los cambios más difíciles para quienes trabajan desde el hogar es decidir cuándo tomarse un descanso, y cuándo dejar de trabajar cada día. Ya que la computadora siempre llama y el viaje al trabajo se mide por el tiempo que lleva cruzar la sala, siempre hay una razón para volver al trabajo.
“Es como un sentimiento de culpa: debería estar trabajando”, dijo Kathy McHugh, reclutadora laboral quien lleva varios años trabajando de manera intermitente desde su departamento, en Manhattan.
Sid Holt, vicepresidente titular de medios, cuya oficina se encuentra en un granero a unos pasos de su casa, en un suburbio de Nueva York, describió la dificultad de establecer un ritmo para sí mismo.
“No hay recesos para fumarte un cigarro”, dijo, “o trabajas demasiado o no lo suficiente”.
Holt comentó que programar su tiempo de una manera que imita la vida laboral de nueve la mañana a las cinco de la tarde, como en los años que pasó en una oficina de Nueva York es de ayuda para él. Trata de apegarse a una rutina que incluye el desayuno en un café local y una llamada en conferencia a las diez de la mañana con tres empleados más de go2Media, servicio con sede en Boston de internet para telefonía celular, para el que supervisa el contenido editorial.
La llamada en conferencia y los frecuentes intercambios de correo electrónico con otros empleados contribuyen a una sensación de logro que sería más difícil de alcanzar si trabajara enteramente solo, expresó.
Una queja frecuente de quienes trabajan en oficinas en casa y no están en contacto regular con colegas o clientes, es el aislamiento. David Behl, fotógrafo cuyo estudio está conectado con su loft, en Manhattan, dijo que disfruta trabajar en casa cuando llega el trabajo a raudales y el estudio está lleno de clientes y asistentes. Pero en otros momentos, agregó, extraña el estudio que compartía con dos fotógrafos más. “No ves a nadie”, dijo. “No sales a comer. Es más fácil deprimirse porque no hay nadie con quién quejarse”.
Estas problemáticas han sido observadas en IBM, donde una estrategia de “fuerza laboral móvil” ha llevado a que el 30 por ciento de los empleados trabaje de tiempo completo desde su hogar (así como un ahorro en espacio para oficinas que la compañía calcula en 100 millones de dólares anuales).
La compañía ha tratado de mitigar el problema de aislamiento con “centros de movilidad”, espacios comunales que ofrecen escritorios, líneas telefónicas y de Internet, y equipo de oficina para ser usado periódicamente por las personas que trabajan principalmente desde su hogar.
También ha promovido “clubes IBM” con la intención de alentar los lazos entre empleados. Los miembros de los clubes han hecho visitas juntos a un zoológico, intercambiado recetas de galletas e “ido a una pista de carreras y aprendido cómo ser piloto de Nascar”, reportó Dan Pelino, administrador del programa de la fuerza laboral móvil de IBM.
Young Weise, que paga 650 dólares mensuales por un escritorio en una oficina compartida cerca de su departamento, afirmó que le gusta estar rodeada de compañeros de oficina. Comparten información sobre trabajos potenciales y salen a comer.
Agregó que prefiere estas relaciones a las de una oficina tradicional.