Estamos permanentemente regresando al pasado. No entenderíamos nuestra existencia sin este volver hacia atrás que se hace cada vez más intenso a medida que se nos agota nuestro futuro. La literatura no es ajena a esta experiencia. Desde el regreso de Ulises a Ítaca hasta el retorno de Proust al tiempo perdido, volver a ese pasado que quedó atrás ha estado presente a largo de su historia. Si como se ha dicho, las varias formas de narrativa no son otra cosa que una suerte de biografías disimuladas de sus autores, regresar al pasado termina siendo uno de los senderos obligados del quehacer literario.
Luego de vivir veinticuatro años en Europa como profesor de literatura hispana en varias de sus universidades, particularmente en la Universidad de Nanterre, Julio Valdivieso, intelectual mexicano, vuelve a su país. El Partido Revolucionario Institucionalista (PRI) ha perdido finalmente las elecciones luego de sesenta años de dominio. México está por embarcarse en una nueva era.
La transición parece haberse tomado a toda la sociedad que comienza a imaginarse con un México diferente. De las vicisitudes de este regreso de Julio Valdivieso está hecho el telón de fondo de la estupenda novela de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) El Testigo (Editorial Anagrama. Barcelona. 2004. 470 págs.).
El regreso de todo exiliado, voluntario o forzoso, es otra forma de peregrinar al pasado. Son tiempos extraños. El pasado que se dejó atrás, como congelado en el país que se abandona, nunca realmente es borrado sino que se convierte en una pieza más del equipaje de quien viaja con la vaga idea de no regresar más, pero con el presentimiento de lo contrario.
Este reencuentro con el pasado no fue fácil para Julio Valdivieso. Una vez en México comenzará a descifrar algunas interrogantes y misterios de su vida pasada, de su familia, de su país y de su vocación literaria. Sobre estos carriles avanza la novela de Villoro con un interesante equilibrio.
El amor perdido de su prima Nieves, quien no acompañó a Julio en su aventura europea, adoptará una nueva dimensión cuando conoce a los hijos que ella dejó atrás luego de un accidente en el que ella falleció junto con su esposo. El tío Donasiano quiere que Julio se haga cargo de los chicos.
A esta situación se suman otras similares. Una sociedad que parece abrirse luego de años de encierro ve a los exiliados que regresan como una fuente inagotable de respuestas. Los amigos de estudio de Julio lo necesitan para salir adelante con proyectos mediáticos de dudosa seriedad. Un empresario experto en telebasura quiere de Julio su talento para una telenovela. Su tío ve en Julio la esperanza de recuperar la dignidad de una familia aplastada por la Revolución. El sacerdote Monteverde quiere que el profesor de Nanterre lo ayude en un proceso de beatificación. Un policía antinarcóticos exige que Julio colabore con sus pesquisas.
Hay dos historias en esta novela que el lector va a encontrar particularmente interesante. Por lo general, las sociedades que despiertan luego de longevas dictaduras enfrentan dos problemas. El uno es reexaminar su pasado con luces diferentes. Los vencidos de ayer resucitan mientras que los héroes de los dictadores son enterrados. La historia se reescribe.
Villoro hace este ejercicio con la resistencia católica frente a la persecución del gobierno de Calles. La llamada Guerra Cristera. Terminada la hegemonía del PRI este es un capítulo que la novela lo reabre con interesantes reflexiones.
La otra historia que encontramos entrecruzada con el regreso de Julio es la vida del poeta posmodernista Ramón López Velarde (1888-1921). Villoro logra con sutileza llevar al lector a descubrir muchas facetas de este gran poeta mexicano e iniciarlo en su obra, su pensamiento y su vida sin perder el hilo central de la obra.
Pero al final la novela deja al lector con un dramático cuadro. La transición mexicana, a diferencia de la española, no significó un giro profundo de la sociedad. El tan anunciado fin de la partidocracia no es tal. Las viejas prácticas sociales y políticas no han desaparecido sino que subsisten con nuevas caras. (“México sigue siendo un rancho infumable, pero empiezan a remitir los odios acumulados durante setenta y un años. Lo que el PRI institucionalizó no fue la Revolución sino el rencor”).
Es mérito de Villoro poner y sobreponer tantas historias que nos van revelando el México de ayer y hoy, a través del regreso del protagonista de la novela a su país luego de tantos años de ausencia. Es un recurso muy ingenioso, ciertamente. Villoro es autor de El disparo de argón y Materia dispuesta.
Ha sido profesor en la UNAM, Yale y en la Universidad de Barcelona. Dirigió el suplemento cultural del diario La Jornada. Sus colaboraciones periodísticas se publican en El País, Reforma, Granta, entre otros. El Testigo ganó en el 2004 el conocido Premio Herralde de Novela.