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Edición del DOMINGO 13 de Enero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Manual de Carreño ¿Lo aplica o no?
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Andrea Rendón Lasso | elaguacate@radiocity.com.ec

Sea cual fuere nuestra manera de pensar con respecto a la urbanidad y las buenas costumbres, no se puede negar que lo más lindo de ellas es que cuando las aplicamos es un acto de generosidad, muy alejado del acartonamiento con que muchos las identifican”.

“¿Qué diría Carreño?”. “Si te viera Carreño…”. Frases como estas hemos escuchado de boca de nuestras madres, tías y superiores, sin dejar de lado la clásica “Eso está en el libro de Carreño”, que puede venir en forma de indicación o pregunta.

En realidad el libro se llama Manual de urbanidad y buenas maneras y su autor, del que muchos conocen poco, se llamó Manuel Antonio Carreño. Personalmente durante mucho tiempo pensé que Carreño era del siglo XX (imaginaba que había nacido tal vez en 1940) y de procedencia europea. Pues resulta que el dueño de la verdad en Hispanoamérica en lo que a buenos modales respecta nació en 1812 y es compatriota de Simón Bolívar, Hugo Chávez, Caridad Canelón, Carlos Mata y José Luis Rodríguez, El Puma.

En El Aguacate, el próximo miércoles haremos la pregunta: “Carreño: ¿lo aplica o no?”. Persiste el debate de si la etiqueta y el protocolo a lo Carreño son necesarios o aplicables hoy en día, y al revisar el viejo manual una vez más me sorprende que después de tantos años aún tengan vigencia todas estas normas.

De hecho, si seguir estas reglas fuera cosa de todos los días nos ahorraríamos el ver las partes íntimas de Britney Spears, ya que estaría al tanto de la importancia de cerrar las piernas cuando se utiliza falda, más aún de usar ropa interior, y los reggaetoneros y raperos no nos harían escuchar sus letras peyorativas hacia mujeres y hacia el resto de la humanidad.

Si revisamos el Manual de urbanidad y buenas maneras (de Carreño) notaremos que lo primero que contempla son los deberes para con Dios, luego para con la sociedad, menciona a los padres en primer lugar, a la patria en segundo y tercero a nuestros semejantes.

Por último pero no menos importantes están las obligaciones para con nosotros mismos. Si siguiéramos el sentido común no sería difícil manejarnos en sociedad, pero como “el sentido común es el menos común de los sentidos” necesitamos un manual, así que no está de más agradecer, aunque sea al más allá, al señor Carreño.

Por ejemplo, el cine es otra cosa: si los presentes saben (aunque por lo general no sucede) que el manual dice que “son actos inciviles y groseros el conversar o hacer cualquier otro ruido en medio de un espectáculo” y algunas calamidades domésticas a lo Tina-Ike Turner, se hubieran evitado en esta vida siguiendo la indicación del manual de que “la tolerancia es el gran principio de la vida doméstica”. Por último, el manual también dice que “es inapropiado rascarse la cabeza en público” y que “los suegros en todo momento deben abstenerse de hacer críticas”.

Insisto en que la vida sería más placentera, como sucede inmediatamente cuando estamos en compañía de uno de esos caballeros chapados a la antigua que parece que tienen la misión de simplificarle la vida al resto, un héroe al estilo de Atticus Finch en Matar a un ruiseñor.

A fin de cuentas, sea cual fuere nuestra manera de pensar con respecto a la urbanidad y las buenas costumbres, no se puede negar que lo más lindo de ellas es que cuando las aplicamos es un acto de generosidad, muy alejado del acartonamiento con que muchos las identifican, ya que están dirigidas a hacer que las personas que nos rodean se sientan a gusto.

Es por esto que es buena idea comprarse un manual (vienen en varias ediciones y hay unos muy resumidos) para que toda la familia esté al tanto, empezando por los niños, total, es probable que en treinta años no nos acordemos de Daddy Yankee, pero estoy segura de que James Stewart con su personaje George Bailey de It’s a Wonderful Life seguirá siendo un clásico y se mantendrá en la memoria de muchos como hasta ahora, pensando en los demás antes que en sí mismo.


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