Que vuelvan a sonar la armónica y la guitarra y todos cantemos al unísono Like a rolling stone de nuevo. La película más original, desconcertante e innovadora de los últimos tiempos se llama I’m not there (No estoy allí) y esto es motivo de regocijo cinéfilo porque en los últimos meses el panorama del cine comercial nos ha sumergido en un fatídico callejón que parece no tener salida. Hacía falta la explosión liberadora que el director Todd Haynes trae a una industria cinematográfica que repite fórmulas trilladas y permanece en un interminable declive.
Haynes, un director graduado en arte y semiótica en la Universidad de Brown, entró con pie firme en 1991 al ambiente del cine independiente de EE.UU. cuando su filme Poison (Veneno) obtuvo el galardón a la mejor película en el Festival de Sundance. Esto fue seguido por dos largometrajes igualmente polémicos: Safe (Seguro) en 1995 y Velvet Goldmine (1999), ambas delineaban la visión personal de un realizador que no se sometía a las tendencias del momento. De la misma manera incursionó en el melodrama con Far from heaven (Lejos del cielo), 2002, donde fusionó su sensibilidad modernista a rígidos esquemas narrativos, con estupendos resultados.
Pero nada de esto nos prepara para el trepidante impacto vanguardista de I’m not there. Proclamado como “una inspiración en la vida y las canciones de Bob Dylan”, el filme parece regirse también por las influencias del cantante en la propia vida del director, que interpreta, adapta, transforma y recicla todo para su penetrante visión. Eso sí, aquellos que no han vivido la música de Dylan creerán que estas son las divagaciones cinematográficas de algún escapado del Lorenzo Ponce.
Lo increíble es que este retrato surrealista nos engancha como si estuviéramos escuchando la música de Dylan por primera vez. Junto con una prodigiosa banda sonora donde no solo están las canciones originales, aspectos de la personalidad de Dylan son interpretados por seis actores que iluminan sus obsesiones y una trayectoria que comienza en la música country, para convertirse en el más grande pionero de la canción protesta y del rock alternativo después.
El filme parece una obra que se desarma y se reconstruye cada minuto, igual que la difusa personalidad del artista.
Están esos increíbles actores que encarnan lo imposible: el alma, el sentir de un poeta de la música y sus revolucionarias permutaciones. Marcus Carl Franklin –un niño negro– es el legendario Woody Goothrie, cantante folk del cual surgen muchas de las inspiraciones de Dylan. Ben Winshaw (el joven actor inglés de El perfume) es nada menos que el poeta Arthur Rimbaud, cuyas palabras marcan también las canciones. Christian Bale es Jack Rollins, el Dylan de la ficción en I’m not there, en la interpretación musical que más se acerca a un Dylan políticamente correcto. Richard Gere –agárrense bien– es ‘Billy the Kid’, legendario bandido inmortalizado en muchos westerns. En uno de ellos el propio Dylan hace un papel menor y eso es suficiente para que ahora lo acompañe. Heath Ledger es un actor que interpreta a Dylan en lo que parece otra película.
Y finalmente Cate Blanchett logra el milagro, ella es Dylan, en la extraordinaria secuencia londinense durante una gira tumultuosa donde todo es cuestionado.
Poeta, profeta, bandido, farsante. ¿Así son los genios? Haynes nos acerca a un artista que podemos sentir, pero que nunca vemos. Él no está aquí, I’m not there, solo hay fragmentos maravillosos de un fantasma que son varias personas. Miren esa guitarra con un grafito sensacional: “Esta máquina mata fascistas”. Una dulce ama de casa le dice a Woody-Dylan: “Vive tu propio tiempo, muchacho”.
Y una inmortal lección final: el arte siempre se esconde en la pureza de los verdaderos creadores: “No me llames poeta, no tienes que escribir nada para serlo, unos trabajan en gasolineras, otros son betuneros, ellos también son artistas”. Lo dice Rimbaud – Dylan – Haynes y les creemos.