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MARTES | 15 de enero del 2008 | Guayaquil, Ecuador
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La paila
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El martes estuve en la Plaza Grande. De lejos y de cerca miraba los carteles y las telas que recordaban a los hermanos Restrepo Arismendi. Veinte años de su asesinato y desaparición. Una conmemoración triste. Una razón que puede explicarse pero no entenderse. Una forma de saber en qué clase de sociedad vivimos. Qué tipo de Estadito nos envuelve. Qué tribu de salvajes ávidos de dominio y truculencia social nos aclama.

Miraba de lejos, con un sol que incendiaba mi pelo, a Pedro Restrepo. Vestido de blanco. Sereno. Altivo. Me acerqué. Lo abracé. No tenía nada que decirle. ¿Qué podía decirle? Me alejé.

Y cuando doblaba la Plaza para aterrizar en mi croquis laboral, veo a Correa llegar al escenario donde un programa de artistas comenzaba su arte.

Regresé. El sol ahora quemaba mi nariz. Todo me olía extraño.

El mismo Presidente, que hace poco quebró un gran jarrón en materia de derechos humanos (Dayuma) se dirigía a nosotros, hablándonos de eso, de derechos humanos (no de Dayuma).

Al principio, cuando recorría la Plaza Grande y vi al Presidente saludar desde el balcón a la gente, pensé que no bajaría. Que no se acercaría a ese lugar de protesta y pena. A alguien del Gobierno, que llamé para saludarlo, le pedí que le dijera al Presidente que bajara. Que hablara. No sé si bajó por eso o porque sus asesores de verdad se lo indicaron. No importa.

Lo escuché. De lejos. Ahora toda yo estaba incendiada de sol. Oí algunas ideas sobre los derechos humanos y la vida de estos chicos simbólicos. Lo vi abrazar a don Pedro. Lo vi observar a los activistas de los derechos humanos. Lo vi sitiar su mirada –tal vez– en algo que no adivina todavía: está administrando un Estado que no existe, que es la expresión de viciadas corporaciones privadas que tienen a la policía –apéndice de un Estadito sin escrúpulos– como la guardia que cela intereses minoritarios. Ni don Pedro lo comprendía antes del crimen de sus hijos. Exigía a un Estado ficticio, a una apariencia –de Estado– funcional a los caprichos de los cabecillas del subdesarrollo de los otros (nosotros).

Eso me preocupa cuando oigo defender, sin más, al Estado. No.
Hay que construir al Estado. Hay que darle una existencia social amplia, políticamente solidaria. Con ese dilema abandoné la Plaza Grande, un tanto chamuscada por el sol.

El Presidente y la Asamblea Constituyente deben aclarar ese espejismo llamado “revolución ciudadana”. Deben captar que el Estado que intentan reformar no existe como institucionalidad regularizada. Que la fraseología revolucionaria ha de tener como condición y correlato una política que distinga los secretos del poder, las líneas genealógicas, los estragos del aborto anunciado.

Esa lección me dejó ir a la Plaza Grande para recordar los veinte años del asesinato y desaparición de los hermanos Restrepo por uno de las uñas vergonzantes del Estadito que tenemos.

La lección de decirle a Correa, mi Presidente, y a la Asamblea Constituyente, mi Constituyente, que si no se abren los secretos del poder real todo estará, todo, en la paila de la muerte.

*Tomado de  El Diario de  Manabí, del 11 de enero del 2008.
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