El luto se apoderó del kibutz de Ein Hasheloshá, en el sur de Israel, tras la muerte hoy del voluntario ecuatoriano Carlos Andrés Mosquera Chávez por los disparos de un francotirador palestino desde la vecina Gaza.
Horas después del fallecimiento del joven ecuatoriano, de 20 años, las muestras de dolor e incredulidad se repetían en esta granja de explotación agrícola, donde numerosos miembros, sobre todo jóvenes, se abrazaban y trataban de enjugarse las lágrimas.
El también ecuatoriano David Lanas, última persona que vio a Carlos con vida, explicó a Efe que todo comenzó cuando a los dos les tocó "ir a trabajar por la mañana a un campo cerca de Gaza".
"Aunque siempre ha habido problemas allí, no nos importó porque es lindo trabajar en el campo", relató el amigo de la víctima, que recordó que entre otras faenas se dedicaron a "mover línea, esto es colocar unos tubos largos para que pasara un tractor".
David, de 19 años, afirmó que en medio de la faena sugirió a su compañero que descansaran, antes de sacar una mandarina para compartirla con Carlos, "cuando, no sé que pasó, una bala impactó debajo de nuestros pies".
Asustados por los disparos, ambos comenzaron a correr hacia un automóvil que se hallaba a unos veinte metros, mientras gritaban al conductor que tratara de acercarse a ellos.
"Yo me metí en el carro y Carlos se iba a sentar en el lugar del copiloto. Cuando estaba entrando, con la mitad del cuerpo ya dentro, le dieron en la parte de atrás", rememoró.
La bala, de un francotirador que disparó con un rifle F5 desde una distancia de unos 300 o 400 metros -según fuentes militares israelíes-, resultó mortal aunque Carlos alcanzó aún a intercambiar unas últimas palabras con su amigo.
David explicó cómo fueron los últimos momentos junto a Carlos: "lo puse entre mis brazos, había sangre por todos lados, y comenzó a gritarme que le dolía y que se iba a desmayar".
"Tras unos segundos en los que le dije: estáte conmigo", Carlos repitió que "se iba a desmayar... y se fue", narró David Lanas junto a Marcos Costas, el tercer voluntario ecuatoriano del kibutz, quien instó a que recuerden a la víctima por su carácter.
"De Carlitos, que se acuerden de que era una persona super alegre, super chistosa, con una sonrisa en cualquier circunstancia", dijo.
Dolor en Quito
La noticia le llegó a la familia de Carlos en Quito a las cuatro de la madrugada a través del Consulado de Ecuador en Israel, reveló el embajador del país ecuatoriano, Rafael Veintimilla, quien visitó esta tarde el escenario del dramático suceso.
"Hemos venido para conocer de primera mano lo que sucedió y cómo sucedió, para poder informar a nuestra Cancillería con más precisión", manifestó.
Veintimilla, que calificó el acontecimiento de "penoso", se disponía a ir a la morgue donde se halla el cadáver para empezar el trámite de la repatriación, que podría producirse en el plazo de dos días.
La vida en el kibutz
Pese al dolor que se percibía en el kibutz, la responsable del voluntariado en la cooperativa, Any Rotman, expresó su confianza en que la muerte de Carlos no influya en el trabajo que se lleva a cabo en la granja agrícola, situada a un kilómetro escaso de Gaza.
"Me siento muy mal porque yo era como una madre para ellos, pero espero que esto no impida que los voluntarios sigan viniendo", dijo Rotman, en cuyo kibutz residen 290 personas, en su mayoría emigrantes de Argentina y Uruguay.
Ein Hasheloshá era hasta ahora sólo conocido porque hace un año se detectó en su interior un brote de gripe aviar, y porque de tanto en tanto caen cohetes disparados desde Gaza.
Aparte del sufrimiento humano de la comunidad que habita en su seno, el kibutz ofrecía hoy en apariencia el panorama de siempre.
Las máquinas de la pequeña industria de biblioratos seguían funcionando, y las vacas lecheras y terneros comían su pienso, pero la leyenda de una camiseta de uno de los voluntarios lo decía todo: en la frase "qué bonito es trabajar como voluntario en un kibutz", el adjetivo "bonito" aparecía tachado y en su lugar figuraba el de "jodido".