Las denuncias contra hijos o nietos violentos crecen; hay víctimas que incluso terminan lesionados.
“Siempre tuvo mal carácter. Es rebelde”, comenta Rosa, cuando se refiere a una de sus hijas que el lunes pasado agredió a su esposo, Luis. Le lanzó la comida y lo hizo caer, por lo que sufrió un fuerte golpe.
Fue una noche funesta, en la que Lorena hasta llamó “desgraciado” a su padre y le dejó una larga marca en el brazo derecho al arañarlo.
Al día siguiente, muy temprano, Rosa y Luis llegaron a la comisaría de la Mujer y la Familia, en el centro de Guayaquil, para denunciar el hecho.
Estaban deprimidos. Pero a la vez con la fuerza suficiente para denunciar ante la comisaria Miriam Ponce Durán la agresión consecutiva de que, dicen, son víctimas, y pedir que su hija, además de que someta a tratamiento psicológico, se vaya de la casa. Algo que nunca ha hecho pese a que tiene más de 38 años e incluso es madre de familia.
“Estaba como poseída, no se tranquilizaba con nada, ni mis dos hijos mayores podían controlarla”, comentaba Luis. Decía que tenía un fuerte dolor en el costado izquierdo, donde se golpeó, y mostraba la lesión del brazo, que para el médico de la Policía, Juan Montenegro, era algo leve comparada con las que tuvieron varios de 150 padres y madres que el año pasado fueron víctimas de sus hijos.
Uno de ellos fue Ernesto, quien dice que el pasado 25 de diciembre tuvo la peor Navidad de su vida, cuando uno de sus hijos, al que incluso crió solo cuando se separó de la que fue su esposa, lo golpeó. “Fue a traición, porque yo estaba descuidado, de espaldas. Me rompió la cabeza, y quiso matarme con un cuchillo. Gracias a Dios pude correr y unos vecinos me ayudaron a escapar saltando la pared”, recuerda preocupado, y teme que su hijo lo asesine.
El martes pasado, después de casi un mes del hecho y de varias audiencias suspendidas por la ausencia del agresor, Ernesto mostraba dos boletas: una de auxilio y otra de captura por intento de asesinato.
Se mostraba incómodo por la situación, pero también decía que su intención era que su hijo haga conciencia del mal que ha hecho, según él, “influenciado por la mujer que llevó a la casa hace como tres meses y le mete cuentos”. Pero también porque es drogadicto.
“Un gran porcentaje de agresiones contra los padres o adultos mayores es por la pérdida de valores y, en muchas ocasiones, los gestores son hijos fármaco o drogodependientes”, manifiesta Montenegro, quien cree que la violencia surge cuando se pierde el respeto, porque beben juntos e incluso llegan a disputarse a una misma mujer.
En Quito, en cambio, no hay cuantificación de los casos de violencia a los padres. Para eso existe un explicación, indica la directora Nacional de Gerontología del Ministerio de Inclusión Económica y Social, Gina García, “a nadie le interesa hacer públicos estos casos”.
Por eso los números que muestran las comisarías no dejan ver las “cifras oscuras”. Los hechos que no se denuncian. Es el caso de Jerónimo y Beatriz, personas de la tercera edad que viven en el suroeste de Guayaquil, en la calle Chambers. Ellos no tuvieron hijos, pero parientes cercanos y sus sobrinos los quieren sacar de la vivienda y enviarlos a un hospicio para adueñarse de la propiedad.
En situaciones como esa surgen la mayoría de agresiones a los adultos, dice Maritza Pasquel, comisaria primera de la Mujer y la Familia, y asevera: “Cuando quieren adueñarse de viviendas, terrenos o herencias pelean entre hermanos o con los padres. Hay ciertos hijos inconscientes que les pegan o incluso los sacan de las casas”.
En Cuenca, donde el año pasado se agredió al menos a 200 padres y madres, la situación “se repite, pues maltratan a los adultos mayores porque les quieren arrebatar sus propiedades”, dice la comisaria Sonia García, y destaca la falta de una cultura de respeto a ese sector vulnerable de la sociedad.
La Ley del Anciano, promulgada en 1989, establece sanciones para quienes maltratan física, psicológica o verbalmente a los adultos mayores; sin embargo, la agresión a los padres también alcanza a quienes tienen de 30 a 65 años. “Lamentablemente existe una degeneración de valores. He recibido a padres cuyos hijos ponen las reglas en sus hogares y, si les llaman la atención, amenazan con que se irán. Eso también es maltratar a los progenitores”, dice la psicóloga Liliam Cubillos.
Es el caso de Letty, cuyo hijo adolescente de 14 años consecutivamente le grita “eres mala madre”, por las normas que ella le pide que respete en la casa, como no salir a la calle. “Ella debe estar alerta para evitar que el chico rompa la regla”, le aconsejó una especialista, y eso, asegura la mujer, es lo que exige.
Además de sobrinos e hijos, los agresores también son los nietos. Es el caso de Leonardo, de 76 años, quien el año pasado denunció en la Comisaría 1ª de la Mujer y la Familia cómo su nieto de 22 años consecutivamente lo insulta. En su escrito indica que el 12 de diciembre el joven incluso le dijo que lo va a botar de la vivienda, en el suroeste de Guayaquil, “que es mía”, denunció el anciano.
Un detalle importante al que apuntan los especialistas es que los padres no solo son agredidos en familias de escasos recursos, sino también en las que tienen comodidad económica, no así emocional, como sucede con Rosa y Luis, quienes tienen posibilidades y una cómoda casa en un sector residencial, pero viven con el temor de que su hija Lorena, quien es profesional, los agreda. “Nos sentimos inseguros, por eso queremos que ella se vaya de la casa”, insiste Luis, y sus ojos se humedecen porque jamás imaginó ser víctima de quien esperó más bien recibir cuidados y amor.
Miriam Ponce Durán
Comisaria de la Mujer y la Familia
“Es lamentable reconocerlo, pero las agresiones a padres y adultos mayores aumentan, aunque no son tan comunes”.
Juan Montenegro
Médico de la Policía
“Si su hijo es niño y le grita o le pega, no piense que no sabe lo que hace, corríjalo, porque ese es un potencial agresor”.