“¡Váyanse! ¡Para atrás! ¡Para atrás! ¡A ustedes no les vendo!”.
El panadero Ibrahim Ali Muhammad les grita a sus clientes. Sus dientes están deformes y tienen un color oscuro, y afirma que 20 años en este estresante trabajo le han causado diabetes. Está parado detrás de barrotes parecidos a los de una cárcel y le grita a una multitud que se da empujones y puñetazos.
Es difícil subsistir en Egipto, donde aproximadamente el 45 por ciento de la población sobrevive con sólo dos dólares diarios. Ésa es una de las razones por las que tratar de comprar pan subsidiado puede convertirse en un asunto violento, con manotazos, codazos, hombres que empujan y niños pequeños que esquivan los golpes para llegar hasta el mostrador.
Egipto es un estado en el cual la corrupción es considerada un fenómeno sistémico, otro motivo por el que la muchedumbre se vuelve agresiva a la hora de comprar el pan subsidiado. El pan barato del estado puede ser revendido, muchas veces al doble de su valor inicial.
Muchos de los males que aquejan a Egipto parecen reflejarse en el tema del pan subsidiado. Habla de un estado atrapado en el pasado en muchos aspectos, que batalla para incursionar en el futuro, incapaz o poco dispuesto a vencer la corrupción o, incluso, a persuadir a la gente de preocuparse unos por otros.
¿Cómo tomar un sistema descompuesto que de alguna forma ayuda a alimentar a 80 millones de personas y arreglarlo sin provocar una agitación social? Ése es uno de los desafíos que enfrenta ese país.
Egipto empezó a subsidiar productos de primera necesidad como el pan, el azúcar y el té alrededor de la época de la Segunda Guerra Mundial y ha continuado haciéndolo desde entonces. El subsidio de pan le cuesta a El Cairo unos 2.740 millones de dólares al año. En total, el gobierno gasta más en subsidios, entre ellos para la gasolina, que en salud y educación. Los subsidios también alimentan el tipo de corrupción generalizada que socava toda fe en el gobierno, desalienta la inversión y refuerza la mentalidad de “cada quien se rasca con sus propias uñas”.
“El más corrupto de todos los sectores del país es el de los víveres”, indicó un inspector gubernamental que pidió no ser identificado por temor a ser castigado. Su trabajo consiste en visitar panaderías y cerciorarse de que empleen la harina barata del gobierno para producir un pan económico vendido a un precio correcto.
El inspector explicó por qué el sistema estaba tan expuesto a los abusos. El gobierno vende a las panaderías costales de once kilos de harina por ocho libras egipcias, el equivalente a 1,50 dólares. Se supone que las panaderías deben entonces vender el pan árabe a una tarifa subsidiada, que les da una ganancia aproximada de diez dólares por costal. El panadero también puede optar por vender la harina en el mercado negro, por quince dólares el costal.
Si el inspector, quien declaró recibir un sueldo mensual de 42 dólares, certifica que el panadero ha utilizado la harina del gobierno para fabricar su pan durante tres meses, el panadero recibirá un reembolso de aproximadamente un dólar por cada costal comprado. Un panadero que utiliza 40 costales diarios durante tres meses recupera 18 mil libras (aproximadamente 3.300 dólares), una cantidad considerable, de acuerdo con el inspector, que fácilmente podría ser compartida con un inspector mal remunerado.
Abdallah Badawy Aboul Magd, director de la oficina de Administración de Víveres de Giza, indicó que la corrupción se había intensificado últimamente a causa del fuerte aumento en los precios del trigo y otros alimentos básicos. Agregó que, para combatir el problema, los administradores han iniciado un proyecto piloto de separación de la producción y distribución, lo que obliga a los panaderos a vender exclusivamente a distribuidores, a los que resulta más fácil monitorear.
En espacio de una hora, hace poco, Mahmoud Ahmed, de catorce años, logró llegar cuatro veces al mostrador de una panadería. Indicó que su trabajo consistía en asegurar un flujo constante de pan a un vendedor local de comida, que lo revendía luego en la forma de sandwiches.
El panadero aparentemente lo dejaba abrirse camino a empujones para ser atendido antes que los demás. ¿Acaso tenían un acuerdo? Mahmoud se negó a revelarlo.
A cinco cuadras de allí, Muhammad Abdul Nabi, de doce años, vendía el mismo tipo de pan por más del doble del precio de la panadería, pero no había ninguna fila de espera.