El albergue que ayuda a cientos de pequeños a educarse, cumplirá 20 años de labor.
Quien atraviesa el umbral principal del albergue de la fundación Shalom, ubicado en el km15 de la vía Durán-Yaguachi, piensa que es un refugio de paredes color celeste, en donde muchos pequeños aguardan por una mejor suerte, sea en manos de una familia o porque se superan por sí mismos.
Sin embargo, para decenas de niños que encontraron en Shalom –vocablo hebreo que significa paz– el lugar fue una segunda oportunidad para seguir adelante con sus vidas y cristalizar sus sueños.
Manuel (nombre protegido), de 16 años, es uno de ellos. Llegó a la fundación hace seis de la mano de su propia madre, preocupada por su comportamiento. “Permanecía mucho tiempo en la calle, pedía plata, robaba, andaba con malas amistades y se me escapaba”.
A pesar de que su mamá se esforzaba lavando ropa para pagarle estudios en una escuela nocturna, relata que nunca se preocupó por aprender: “me fugaba mucho, la calle era mi familia; no iba mucho a las clases, incluso repetí cinco veces el primer grado”.
Cuando ingresó a la fundación, comenta, estuvo por el lapso de dos meses y luego se marchó sin dejar explicación. “No me gustaban los niños, las tareas domésticas. Ya estaba acostumbrado a la libertad que me daba la calle”.
Pero al cabo de varios meses regresó. Mientras estuvo en la calle, recordó el techo, la comida y la ayuda que recibía en el albergue, especialmente en las noches de lluvia y de frío.
Hoy, a pesar de que está a punto de cumplir los 17, Manuel manifiesta con emoción que pasó al segundo curso de colegio con las mejores notas.
“Cuando pasé de grado por primera vez, recordé que cuando vagaba por las calles estaba convencido de que nunca lo iba a lograr”, señala Manuel tras indicar que de adulto quiere ser un diestro mecánico automotor y uno de los mejores líderes juveniles para lo que él llama la obra de Dios.
El caso de Manuel no es aislado, Antonio, también de 17 años, dice que la fundación ha influido de forma positiva en su cambio de actitud.
Hasta hace seis años vivía en el sector del Guasmo sur (sur de la ciudad) con su mamá, con quien –refiere– no tenía una buena comunicación.
Desde pequeño, explica, siempre sintió afinidad por las máquinas de juegos de video, por lo que descuidó sus estudios. “ Era un desorden, llegaba a mi casa a la medianoche y en ocasiones hasta en horas de la madrugada”.
Al igual que otros chicos del albergue, su mamá también optó por llevarlo a Shalom. “Escuchó a una amiga que la gente dejaba a su hijos en la fundación para que los cuidaran y formaran”, dice.
Antonio asegura que no tiene una motivación específica en su vida. Sin embargo, dice, que el cambio de su conducta, que ahora lo ubica como el mejor estudiante en el sexto grado de su escuela y como uno de los jóvenes más respetuosos en la fundación y hasta en su propio hogar, se debe a que cada día aprende de los demás.
“Me estoy formando para convertirme en un gran auditor contable o en un ingeniero de informática, aun así, no quiero desprenderme de la fundación”, añade Antonio.
Esa misma visión de vivir la comparte José Armando , de 13 años. En su historia dentro de la fundación Shalom cuenta que se convirtió en uno de los internos del lugar por una tía abuela por parte de madre.
Ello porque con la muerte de su madre hace más de un año, el resto de su familia no contaba con los suficientes recursos para pagarle una adecuada educación ni alimentación.
“Fue una etapa muy difícil aquella, pero ahora me siento diferente. Soy un niño que teniendo lo necesario siento que lo tengo todo y soy feliz por ello”, expresa José Armando.
A pesar de que tampoco cuenta con el apoyo de su padre, pues nunca lo conoció, ostenta el título de abanderado de su escuela y la reconocida medalla filantrópica.
“Todavía no sé qué tipo de carrera profesional voy a escoger, pero lo que sí tengo presente es que busco ser alguien en la vida”, afirma.
Francisco
Sublíder de fundación
“Cuando llegué al albergue me ponía a llorar. Ahora cada vez que llega un niño y hace lo mismo le digo: «tranquilo, el Señor te quiere para algo»”.
Antonio
Ayudante de líder en Shalom
“No todos los niños son terribles, hay que conocer sus problemas. Cuando mi mamá me trajo a la fundación, me resentí con ella, pero ahora la entiendo”.
José Armando
Interno en albergue
“Soy un niño que teniendo lo necesario siento que lo tengo todo y soy feliz por ello. A pesar de todo sé que voy a salir adelante. Ahora tengo aspiraciones”.