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Emilio Palacio | epalacio@eluniverso.com
El tiempo se acaba
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Uno de los mayores problemas del poder es el engreimiento que provoca. Los hombres más inteligentes se enamoran de sí mismos y pasan horas y horas mirándose el ombligo en el espejo. Les ha sucedido a casi todos los presidentes, así que Rafael Correa, con un ego más grande que una catedral, no podía ser la excepción. El hombre está convencido de que su olfato político es un fenómeno extraordinario. Por eso, cada vez que alguno de sus asesores le aconseja que no insulte (y sé de   varios que lo han intentado), más se empeña en vociferar contra las gorditas, las viejas y las bestias salvajes.

Hasta hace poco los hechos parecían darle la razón; después de todo, siguió ganando elección tras elección. No entendió que la inmensa mayoría de ecuatorianos lo eligió a pesar de su boca y no gracias a ella.
Pongámoslo de este modo: el secreto de Correa no son los insultos ni la chabacanería, como él piensa, sino el malestar enorme por la tragedia social que ocasionaron el dueño del país y sus compinches. El mérito del actual presidente en todo caso fue su audacia para aprovechar ese descontento, gracias a lo cual se transformó en un líder de masas. Todo lo demás, desde la sonrisa hasta la mentira del socialismo del siglo XXI, son adornos que no explican lo que ocurrió.

Así ha sido siempre en todo proceso revolucionario. Al inicio, son las consignas negativas las que predominan: “Abajo el rey” o “no a la dictadura” son los gritos del pueblo insurgente, y el partido o movimiento que los hace suyos se vuelve  dueño de la situación. Los demás, los que defienden el viejo sistema y los indecisos, se quedan plantados en la estación viendo cómo el tren de la historia les pasa por delante.

Pero toda revolución reclama ingresar luego en una segunda etapa, donde las consignas positivas son las que se imponen. A Eloy Alfaro hoy no lo recordaría nadie si se hubiese limitado a insultar al antiguo régimen conservador y no hubiese avanzado hacia la separación del Estado y la Iglesia. Las revoluciones comienzan destruyendo, pero luego deben construir. De lo contrario se transforman en su opuesto. Se vuelven reaccionarias.

Pero eso es precisamente lo que Correa no tiene: un modelo alternativo. La única iniciativa importante de su gobierno, la reforma tributaria, excluyó una de sus principales ofertas de campaña, la de reducir el IVA, de la cual finalmente tuvo que reconocer que era un error completo. Cuando habla de socialismo del siglo XXI no se refiere a un sistema de producción distinto, sino a tener más recursos para repartir limosnas disfrazadas de subsidios, como Velasco o como los dos Bucaram. A eso se reducen todas sus ideas sobre economía.

Pero resulta que la Revolución Ciudadana avanza y quiere pasar ahora a su segunda etapa. El discurso contra las viejas mafias, así como los insultos, todavía podrán funcionar por un tiempo. Pero no mucho más.
La marcha de Guayaquil el jueves lo demostró.

Esto no implica  un deterioro inmediato, pero sí un desgaste paulatino.
Nadie puede dudar ya que los plazos se están acortando. Por eso es que Correa acaba de anunciar que comenzó la campaña por el referéndum. La orden que seguramente ya envió a la Asamblea es que saquen del cajón el texto que   enviaron  a sus asambleístas y lo aprueben tan pronto sea posible. El referéndum no debe demorar. Ahora todo está en juego.
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