Un buen editor es el que tiene el olfato para descubrir al verdadero escritor y materializar esa confianza en libros presentados y bien promocionados para que lleguen al lector. Esta es en breves palabras la labor que ha hecho grande al catalán Jorge Herralde, director y fundador, hace 38 años, de Editorial Anagrama que cada año otorga un premio literario que lleva su apellido.
Herralde, quien además es autor de cinco libros sobre sus experiencias con esos divo(a)s a veces complicados que son los escritores, estuvo el lunes en una visita relámpago en Quito para presentar la novela Ciencias Morales, del argentino Martín Kohan, ganador del Premio Herralde 2007, y conversó sobre su oficio de editor con un nutrido grupo de capitalinos.
¿Cómo percibe cuando un libro tiene posibilidades de conectarse con el lector?
Yo en general percibo si va a conectarse conmigo y por tanto, con los lectores. Me fío de lo que me gusta. Hay una frase de Vladimir Nabokov que lo expresa muy bien. Cuando a él le preguntaron: ¿cómo reconoce un buen libro? Respondió: “aquel que empiezas a leer y un estremecimiento te recorre la columna vertebral”.
¿A las cuántas páginas lo sabe?
Recibimos 2.000 manuscritos al año y no podemos leerlos todos de cabo a rabo. Hay muchos casos en los que en dos o tres páginas ya ves al menos si conectan con el tipo de libros que publica la editorial. En el caso de autores primerizos si ves que hay un buen proyecto de libro, la tarea es ayudar a intentar que se convierta en un buen libro.
Cuando lee, ¿piensa si ese libro se va a vender bien?
No conscientemente, publicamos muchos libros en contra del mercado como los de Ryszard Kapuscinski, Vila Matas, etc., pero sí leo confiando en que haya un grupo de lectores y de libreros que se fían a priori, o sienten curiosidad por las publicaciones de Anagrama. Intento estar en conexión telepática con lo que Baudelaire llamaba “ mon frére, mon semblable ” (mi hermano, mi semejante).
¿Cuál es ese lector al que apunta?
Es un lector amante de la literatura, que no le asustan las exigencias, joven de espíritu, transgresor y con sentido del humor; creo que en el 99,9% de la buena literatura tiene que estar presente el sentido del humor.
¿Hay un nuevo boom latinoamericano?
Podríamos hablar del azar de las cosechas... En España, durante los setenta, del desierto sale la llamada “nueva narrativa española” (con autores como Álvaro Pombo, Javier Marías, etc.); en Inglaterra, en los años ochenta, también sale una gran promoción que incluye a Ian McEwan, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, etc., y que 30 años después están dando sus mejores obras.
En América Latina, si se puede generalizar, después de la resaca del boom, la situación de la literatura no era muy brillante, y en los últimos diez años ha surgido, especialmente en Colombia, México, Perú y Argentina, una escritura más libre, alejada de las angustias de las influencias e inspirada en otros modelos. En el caso de Roberto Bolaño (chileno), era un grandísimo lector de Arthur Rimbaud, Nicanor Parra y Jack Kerouac, autor de En el camino.
¿Más globalizados?
Pero bien globalizados. Que han leído bien a otros maestros. Lo otro interesante es como hay una serie de escritores que ahora, años después, están tratando los grandes problemas políticos de su tiempo. En el caso de Argentina he publicado dos libros de Alan Pauls, uno de Martín Kohan y otro de Martín Caparros, que saldrá el mes próximo, que son tres visiones de la época militar pero no en plan de panfleto, ni sociológico, sino miradas muy laterales y muy incisivas.
¿A veces esos fantasmas no se mezclan con la propia trama de su vida?
Cuando se mezclan es precisamente cuando te da ese escalofrío que te recorre la columna vertebral.