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Edición del DOMINGO 27 de Enero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Desde las encantadas 
Sumergida en un placer natural
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Paula Tagle | nalutagle@yahoo.com

Nado hasta la playa, sigo buscando mis anguilas de jardín, peces raros que apenas dejan ver sus cabecitas por escasos segundos, tímidos y sensibles a cualquier burbuja”.

“Nos bañamos en el mismo río y, sin embargo, no es el mismo; somos nosotros y no somos nosotros”, afirmó Heráclito. En esto pienso mientras nado por la que a mi parecer es la bahía más hermosa de Galápagos, la playa norte de Bartolomé.

Esto no es un río, es el Pacífico, el mismo de siempre, y sin embargo, no es el mismo; y yo, soy yo y no lo soy. Busco las anguilas de jardín en la arena amarillenta del fondo del mar, me sumerjo con mi máscara, porque recuerdo que hace años las veía frecuentemente. No encuentro ninguna, a lo mejor ya no las sé buscar, a lo mejor ya no están.

Nado hasta la roca pináculo e intento distinguir si hay alguna nueva hendidura, resultado del impacto de las olas en esta toba volcánica; y sí, me parece que ha cambiado, después de todo son ya 15 años desde que la viera por primera vez. Me alejo de la costa, miro hacia la playa, cierro los ojos.

Buceo nocturno
Es de noche y ocho guías vestidos de blanco nos escabullimos hasta Bartolomé a ver desovar a las tortugas marinas. Vuelvo a rebobinar en mi memoria, y recuerdo a los mismos ocho, subiendo a la cima de la isla en plena luna llena, con los uniformes delatándonos en la claridad de una noche nívea. Sigo nadando hasta el otro lado del pináculo, donde hay un pasadizo hacia el cuello volcánico de este cono erosionado.

Recuerdo cuando me sumergía para entrar, y en el juego tocaba el fondo arenoso, solo para probarme que había llegado hasta lo más profundo, que en realidad no era gran cosa, un par de metros quizás. Veo peces loro, los supermachos de color pastel persiguen a las hembras naranja con azul.

Sus picos muerden cada pedazo de coral que encuentran en el camino, mientras del otro lado de su cuerpo, instantáneamente, producen arena, la más fina. Los peces cardinales, pequeñitos y de rojo incandescente, se refugian en la oscuridad de las fisuras. Nunca les ha gustado la luz. ¿Serán los mismos cardinales de hace años?; no pueden ser los mismos, porque nada lo es.

Nado hasta la playa, sigo buscando mis anguilas de jardín, peces raros que apenas dejan ver sus cabecitas por escasos segundos, tímidos y sensibles a cualquier burbuja. La playa está tranquila, como la mayoría de veces, una piscina transparente; y recuerdo cómo en años de El Niño, o con la famosa ola del Norte, el mar se transforma, se pica; entonces hemos usado chalecos salvavidas para jugar a correr las ondas, como si fueran boogie boards, mientras los huéspedes nos han mirado espantados, muertos de miedo de treparse a las pangas entre tumbo y tumbo.

¿Y Bartolo?
Aquí en Bartolomé, donde se suponía que no había iguanas terrestres, encontré una a la que llamé Bartolo. Un macho introducido quién sabe de qué isla y cuándo, y que yo, creyéndome cumplidora de mi deber de guía naturalista recién estrenada, secuestré en la funda de ropa sucia del capitán del barco. ¿Haría lo mismo hoy, quince años después?

Bartolo no me ha dado la oportunidad de probarme, nunca más ha aparecido ante mí, imagino que con un susto fue más que suficiente para su reptilio corazón. Del barco, en ocasiones, saltábamos en la noche con uniformes de parada, y la corriente nos llevaba lejos, y luego tenían que enviar una panga a recogernos.

En esta playa me despedí una vez de las islas, pensando que ya no iba a regresar nunca más, y sin embargo volví. Cada lunes nos reuníamos las gentes de varios barcos a celebrar la vida y la amistad, a bailar y a cantar.

Sigo nadando, y se me cruza una iguana marina. Impávida coletea atravesando toda la bahía; ignora mi presencia. Y por algún lado aparece la cabeza de una tortuga tímida. Son las mismas criaturas, y no lo son. Giro hacia el norte, cuento siete barcos, entre chicos, grandes y medianos. ¡Me asusta ver tanta embarcación! Vuelvo a sumergirme profundo, a buscar mis anguilas de jardín.


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