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Edición del DOMINGO 27 de Enero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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La arrebatadora presencia del amor
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Texto: Francisco Santana

“Solo el silencio es asesino, racista y obsceno; se calla, incluso en las familias, para mejor expoliar a los indefensos y matar a los ancianos”. Así habla Ian McEwan.

El amor trastorna a los seres y enloquece en todos los sentidos. Nadie está a salvo de su arrebatadora presencia. Esa es la premisa desde la que parte Ian McEwan para presentar Amor perdurable (Enduring Love) (Anagrama, 2000), 300 páginas en donde el autor utiliza inteligentemente los recursos de su mejor prosa. Inquietante y desbordante de suspenso.

McEwan (Inglaterra 1948)   no es un desconocido. Antes estuvo en las páginas de La Revista. Hernán Pérez lo presentó con la novela Expiación (Atonement), obra de la cual se realizó una película y que, según los expertos cinéfilos, suena fuerte este año para ganar algún Oscar. Esto tampoco es nuevo, Amor perdurable también fue llevada al cine con el desconcertante título El intruso. Daniel Craig (quien fue después James Bond) interpreta a Joe, el objeto perseguido del amor.

McEwan sabe a lo que juega.  Algunos lo apodan Ian Macabro debido a la naturaleza obscura de su obra. Ya en la primera que presentó,  la colección de relatos Primer amor, últimos ritos (1975), dejó a muchos con la cabeza trastornada. Con un estilo narrativo sugerente y delicado, donde parece que la inocencia dialoga con todos los inocentes del mundo, aborda la infinita presencia del amor en sus más extrañas formas. La vida de los seres humanos está llena de misterios. Ahí caben la vida, la muerte y el amor. No hay más. Solo de eso se puede escribir. Con esos elementos el autor teje el impecable lienzo en donde asienta la desgracia de nuestra vida. Que son muchas encadenadas entre sí. Porque aun el amor más inocente nos vuelve desgraciados y no podemos escapar de sus designios.

Al igual que Entre las sábanas (1978). El autor emplea en ellas un estilo muy elaborado para ofrecer extraños relatos cotidianos de obsesiones sexuales, perversidad y muerte. Su primera novela,  El jardín de cemento (1978), en la que unos niños entierran el cadáver de su madre en el sótano, se ocupa de estos mismos temas. Estas son las credenciales con que se presenta McEwan en este planeta.

En Amor perdurable asistimos a la irracionalidad obsesiva e implacable del amor, pero antes debemos atravesar por el inexplicable camino de la muerte. La misma que se presenta como algo carente de sentido, negando la existencia de la bondad y la justicia.

Un apacible día, que puede ser cualquiera en la vida de cualquier ser humano, un globo aparece en el cielo con un niño a punto de caer. A partir de ahí todo se trastorna en el tranquilo mundo de Joe y Clarissa, la pareja sobre la que sostiene el eje central de la novela.

En ese mundo es al que ingresa Jed Parry, un fanático religioso que tratará con todas las armas que proporciona la locura de separar a la pareja y lograr que el objeto de su amor perdurable comparta su inquietante visión sobre sus sentimientos no correspondidos.

Esta es una crónica asustante, pero provista de bastante ingenio, sutil ironía y mordaz sentido del humor. Un juego que nos lleva por los recovecos de la perversidad del autor. Escrita con lenguaje claro y respaldada por algunos apuntes científicos que explican ciertos hechos de carácter clínico.

“Qué forma tan fabulosa de escuchar el amor, entre lluvia y hojas y piel, con la sensual creación de Dios desmadejándose en un ardoroso sentido del tacto...”. Este es uno de los pensamientos de Jed Parry, un loco enamorado arrastrado al infierno donde su pobre corazón se consume.

No hay que temerle al universo que los libros nos proponen, así como Ian McEwan no teme decir lo que algunas almas necesitan expresar y otras anhelan escuchar.

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