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Edición del DOMINGO 27 de Enero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El mejor propósito es cambiar nuestras conductas
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Ángela Marulanda | www.angelamarulanda.com

La formación de los hijos no depende de lo que les demos o digamos, sino de la claridad y consistencia con que, a través de nuestro ejemplo, les transmitamos los principios que deben regir sus vidas”.

Es maravilloso el deseo de renovación al que nos invita el inicio de un nuevo año. Es como estrenar un cuaderno en blanco, con 365 páginas por llenar, que por lo general se empieza con una extensa lista de propósitos.

Pero así como es de humanos que comencemos llenos de buenos propósitos, lo es que vayamos postergando las cosas y que la mayoría acabe por ser solo buenas intenciones que nunca se cumplieron, y que nos dejan un saldo de culpabilidad por no haber sido capaces de mantenernos fieles a nuestras intenciones.

Para lograr un cambio verdadero y perdurable, más que propósitos, hay que cambiar nuestras actitudes y conductas. Y tales cambios son el resultado no de la fuerza de voluntad, sino de la buena voluntad, es decir, de una reflexión que nos anime a darnos cuenta de lo que estamos haciendo y a honrar lo que sabemos que es lo correcto y provechoso hacer.

Es una buena idea comenzar el año reflexionando sobre lo que estamos haciendo y lo que estamos logrando como resultado.  Nos ha tocado vivir tantos cambios y tan rápidos que como padres es verdad que hemos cambiado mucho –para bien y para mal–. Y en el proceso, a pesar de que tenemos una buena intención, lo que les estamos enseñando con nuestras actitudes y conductas es algo distinto.

Por ejemplo, criticamos la competitividad y la forma como esta afecta las relaciones entre las nuevas generaciones, pero los educamos para ella cuando les insistimos que tienen que ser los mejores en todos los ámbitos en que participan; consideramos que la moderación es una virtud fundamental, pero los complacemos y les damos todo lo que se les antoja, por lo que sus habitaciones parecen más salas de exhibición de una tienda que la recámara de un menor de edad;  los queremos preparar para las incertidumbres del difícil futuro que tendrán que enfrentar, pero no les exigimos ningún esfuerzo y les facilitamos todo lo que les puede resultar difícil.

Queremos que nuestros hijos sean personas bondadosas y generosas,  pero en la práctica a lo que le damos toda la importancia es a que tengan buenas notas escolares para que sean mejores que los demás; sabemos que la televisión les enseña unos valores distintos a los que queremos inculcarles, pero los animamos a ver lo que sea con tal de que nos dejen en paz; pretendemos que los hijos actúen conforme a las enseñanzas de nuestra religión, pero los animamos a que “se cuiden” (usen preservativos) cuando comienzan a tener relaciones amorosas en la adolescencia... Y así sucesivamente

Aprovechemos el comienzo del año para hacer un alto y revisar si lo que estamos haciendo nos dará los resultados que esperamos lograr. La formación de los hijos no depende de lo que les demos o digamos, sino de la claridad y consistencia con que, a través de nuestro ejemplo, les transmitamos los principios que deben regir sus vidas y las virtudes que les cultivemos para ponerlos en práctica.


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