Y no es su astucia y carismática simpatía lo que lo lleva a ser el investigador privado más cotizado de la cultura pop, es su frondoso e imponente mostacho lo que le brinda su fuerza sansoniana.
Es aquella virilidad, inexistente desde la época de Chuck Norris, la que ha regresado al bigote a nuestro presente. Recientemente, actores como Orlando Bloom, Josh Harnett y Ryan Goslin parecen estar emulando este look impulsado desde sus inicios por Clark Gable. Por el lado de la música, Brandon Flowers y Daniel Johns, los líderes de The Killers y Silverchair, respectivamente, parecen dejarse llevar por la imagen del venezolano Carlos Mata en la telenovela Cristal.
De cierta forma, el resurgimiento de esta tendencia tiene varias connotaciones. Es interesante analizar cómo algunos jóvenes actores no quieren seguir siendo encasillados como las “caras bonitas” y pretenden poseer de la noche a la mañana una apariencia más madura y hasta señorial para que los tomen más en serio y así conseguir mejores papeles.
En sí, el mostacho es un estilo de vida que define a las personas y la imagen que proyectan a los demás. Es difícil imaginarse a Charly García, Charlie Chaplin, Salvador Dalí y Frida Kahlo sin sus característicos adornos faciales. De seguro Ned Flanders jamás se hubiera “olvidado” de afeitar si no hubiese visto el video Maneater de Hall and Oates y el bigote de John Oates.
Mientras la industria del entretenimiento parece darle la bienvenida a este accesorio natural varonil, Tom Selleck se ríe de todos aquellos que ni aunque nos echemos Aqua Velva de aquí a la eternidad poseeremos ese bigote que brinda un aura de mujeriego insaciable o asesino en serie. Yo, por mi parte, prefiero que me comparen con Sinéad O’Connor o el Tío Lucas.
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