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Edición del DOMINGO 27 de Enero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Arte y... ¿qué más? La cónsul y sus obsesiones
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‘La Dama de Macondo’: Leticia Guerrero Valenzuela (1913-2004) canta el tango en una fotografía de Esteban Mauchí.
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

La colección de arte latinoamericano de Leticia Guerrero en el MAAC devuelve  al columnista sus andanzas neoyorquinas con la guayaquileña que se autotituló “Cónsul de Macondo en Babilonia”.

Con algo de suerte, a los caminos de los jóvenes se integran los alquimistas. El asunto tiene que ver con la eterna búsqueda de tesoros escondidos que muchas veces no vemos por nuestras improvisaciones o inexperiencia y es entonces donde hacen falta esos seres únicos, privilegiados, que nos dan la mano y nos ayudan a descubrir nuevos planetas. Leticia Guerrero era uno de ellos, escondida en una señorial figura que nada tenía que ver con Melquíades, el semibrujo-profeta de Cien años de soledad.

A los 21 años, en 1970, la Nueva York donde yo había buscado vivir era una congestionada olla de tremendos hervideros vivenciales, donde llegaban a su descalabrado fin las aberraciones políticas de Richard Nixon, la guerra de Vietnam y los delirios hippies de una generación de rebeldes desencantados. En esta decadente cuna del capitalismo, la brújula se había perdido y no había un norte. La mujer de 57 años que me abrió la puerta en su estudio del east side en Manhattan era imponente, a pesar de que ella nunca tomaba muy en serio su apariencia. Donde Leticia había llegado una amiga de mi infancia guayaquileña. “¿Van a New Jersey? ¿Una fiesta donde unos hindúes?”, nos cuestionaba, siempre curiosa. “No, no, no vayan. En el escenario de Central Park está José Carreras (el tenor español). Ese picnic es mucho mejor”.

Mi amiga estuvo de paso, pero desde ese momento Leticia fue mi conductora a divertidas y fructíferas exploraciones a teatros, museos y galerías de su querida Babilonia, lugares secundarios para un joven cinéfilo recalcitrante en una ciudad donde se podían descubrir todas las películas que nunca se podían ver en Guayaquil. Pero el primer aprendizaje comenzaba en las paredes de su pequeño apartamento, donde se alternaban las obras de los pintores latinoamericanos que a veces eran colgadas por los propios autores, en medio de martinis, vinos italianos y una espectacular carbonara que Leticia había patentado en su diminuta cocina.

“Esta es mi familia neoyorquina”, decía, mirando sus cuadros con pasión. “Los Guerrero se quedaron en Ecuador”. En los cuadros estaban los tesoros que ella descubría y guardaba con un celo extremo. Con Leticia el secreto de una obra artística era misterioso e invalorable, contagiándonos sus intereses con aseveraciones únicas, donde a veces uno descubría fuentes más recónditas y también necesarias. Polemizar era importante, pero “hay que amar el arte solo por el arte”, añadía, recordando a Oscar Wilde: “El arte es lo único que convierte la vida de cada ciudadano en un sacramento y no en una especulación. Las filosofías y los credos desaparecen o pasan de moda. El arte es nuestro imperio”.

Junto a los cuadros estaban también sus libros. Nadie que conozco tenía su voracidad de lecturas y la especialísima virtud (palabra que detestaba) de transmitirnos lo esencial de sus conocimientos literarios. Esta fogosa mujer guayaca que se desenvolvía con arrolladora frescura en elegantes cocteles de Park Avenue y escondidos tugurios artísticos en Greenwich Village, detestaba las formalidades. Lo único que la sacaba de casillas era la gente aburrida o mezquina, o los que aparentaban ser otra cosa. Quizás por su trabajo de Cónsul en el cuerpo diplomático de Ecuador, no tenía ninguna paciencia con aquellos manipuladores de turno, arrimados a los círculos del poder político o social. Cuando los enfrentaba, sálvese quien pueda: portazos en las narices, espaldas volteadas y epítetos que algunos nunca habían oído.

El shock de lo nuevo era parte de su vida diaria. Nadie como Leticia para percibir y olfatear tendencias y personajes de los cuales poco se hablaba. Y estaba esa generosidad innata, la capacidad para desprenderse de lo suyo sin ningún temor ni interés. La venta de sus “250 hijos” –así les decía a sus cuadros– al Banco Central fue motivo de dolorosas e interminables reflexiones. “Pero tenía que hacerlo. ¿Quién va a cargarme cuando ya no pueda caminar?”, me dijo. Cincuenta de sus “hijos” se exponen en el MAAC y la visita es obligatoria. Con ellos van a acercarse a una mujer inolvidable.


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