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José Sábat * | Nuestro invitado
Súper Eloy Alfaro
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Cuando éramos pequeños nos dijeron en la escuela que en la Batalla del Pichincha hubo un soldado adolescente al que le volaron las piernas y los brazos y aun así, enarboló la bandera de la independencia con los dientes hasta su último aliento. Luego nos enteramos de que Abdón Calderón sí existió, que fue un patriota valiente, y que toda esa mitología de la bandera era un cuento bobo e innecesario. Aun así, muchísimos conciudadanos, decepcionados por el fraude, hoy no están muy seguros de si deben respetar el recuerdo de Calderón. Nos costará mucho rehabilitar la memoria de ese bravo grancolombiano, gravemente afectada por los cuenteros de la historia.

Recientemente me ha asaltado la misma preocupación por Eloy Alfaro, sobre todo cuando observo y escucho las arcaicas invocaciones que hace el Presidente para endiosarlo y transformarlo en el ícono de su Revolución Ciudadana, imitando en esto a Hugo Chávez, que ha convertido al gigante Simón Bolívar en un afiche inútil, como ese tan famoso del Che.

Alfaro fue un grande de nuestra historia, primero, porque creyó en el pueblo. Nunca comió el cuento de que a los pobres les gustan los machos, los que insultan y los que bailan en las tarimas. Por eso apeló al patriotismo de los montubios, y en lugar de repartirles migajas les exigió sacrificios; y ellos lo acompañaron, pero no porque le tuviesen fe, sino porque creyeron en un nuevo Ecuador.

En segundo lugar, como hizo notar días atrás un columnista de este Diario, Alfaro está en nuestra memoria porque llevó a cabo una de las mayores revoluciones sociales al excluir a la Iglesia católica del Estado. No se limitó a hablar y criticar al viejo sistema sino que construyó uno nuevo.

Y en tercer lugar, lo recordamos porque construyó el ferrocarril para unir al Ecuador. Confrontó y peleó, pero no para que la hierba no creciese en cada sitio donde pisaba, como Atila, sino para edificar una sola y gran nación.

Por lo demás, Alfaro fue un ser humano, y como tal cometió muchísimos errores. No acabó con el huasipungo y otras formas precarias de producción; fue flojo con la plutocracia y la banca corrupta; y pagó con su vida esas gravísimas debilidades.

En otras palabras, fue la antítesis de Rafael Correa, que supuestamente nunca se equivoca, que habla mucho pero hace poco, y que solo tiene una propuesta de gobierno: insultar a las damas y ofender a todos los demás.

Por eso me incomoda la manera en que quiere ampararse en la imagen del Viejo Luchador para realzar su propio prestigio. Nunca existió el súper Alfaro que describe Correa, como tampoco hubo un niño con la bandera en la boca. Calderón y Alfaro tienen méritos suficientes para que los admiremos sin necesidad de convertirlos en íconos falsos.

Si el Che Guevara viviese, él mismo recorrería América Latina arrancando esos letreros con su imagen que se ven hasta en los locales de McDonald’s. Del mismo modo, si el viejo Alfaro se levantase de su tumba, le reclamaría al Presidente que no lo invoque para insultar, atropellar y manosear nuestras vidas.

* Crítico literario.
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