En las sociedades anglosajonas lo tienen bien definido, en las latinas es cuestión de percepción. Según teenpuberty.com, sitio web especializado en temas de la pubertad y la adolescencia, los chicos son adolescentes desde los 13 hasta los 19 años, de ahí la terminación ‘teen’: Thirteen, fourteen... nineteen (en inglés 13, 14... 19). En cambio en los países latinos, los chicos son adolescentes dependiendo de factores como su precocidad, la primera menstruación (en el caso de las niñas), y otros aspectos que muestran el crecimiento físico y psicológico.
Para ciertos especialistas, la adolescencia fluctúa entre los 12 y 18 años, para otros de los 13 a los 19. Ahora se habla de prepúberes (entre 8 y 10 años), cuando antes solo se conocía de púberes (de 10 a 12 años). Independiente de estos criterios, los adolescentes, hablen español o inglés, han sido tachados como chicos difíciles, sinónimo de un sinnúmeros de adjetivos:
Inmaduros, rebeldes, sin criterio formado, necios, inconformes, cerrados en sí mismos, supuestos sabelotodos, políticamente incorrectos... En fin, son varios los epítetos que catalogan a aquellos que sin ser adultos tienen sus cuerpos en desarrollo y sin ser niños, aún son mantenidos.
Son simplementes jóvenes, propietarios de una época difícil de contrastes emocionales, de búsqueda de una identidad lejos de una fiel copia de sus padres. La adolescencia es la etapa de la incomprensión, donde muchos meten la pata hasta el fondo en decisiones que los marcan de por vida, los hacen madurar tempranamente o los catapultan en constantes equivocaciones.
Sienten, aman, el corazón se les sale por la boca cuando se emocionan, lloran hasta la última lágrima que tengan, ríen a carcajadas, razonan más con el estómago que con el cerebro, deciden por convicción y no por conveniencia. El vulgo comparó al burro con el adolescente. “Es terco como el burro”, dijeron. Se habló de la reputación ancestral del animal, malinterpretada quizás por su fuerte sentido de decisión. Y es que resulta casi imposible forzar a este animal a hacer algo que contradiga sus intereses, mas una vez ganada la confianza, es posible lograr su fidelidad.
Al diablo
Arthur Rimbaud tenía 17 años cuando desató su irreverencia. Este joven francés quiso cuestionar a través de la poesía cuanta idea retumbaba en su cabeza. El mundo en 1874 estaba desprovisto de argumentos lógicos que contradijeran al joven. Qué respuesta dar ante su aseveración de que “nadie es serio a los 17 años”. Rimbaud, un rebelde de la lírica francesa, logró capturar el espíritu de la juventud. ¿De qué seriedad hablar cuando se es tan joven?
Dicen que la famosa ‘edad del burro’, como también se conoce a la adolescencia, es la época más feliz del ser humano. Ernesto Guevara de la Serna, el Che Guevara, en su época de universitario, quería vagabundear por América, compartir con otros jóvenes lo que tenían en común: la inquietud, los espíritus apasionados y el amor por el camino abierto.
A pesar de que ya no era adolescente (tenía como 21 años), conservaba intacto el ímpetu de esa edad. Quería llevarse al mundo por delante, ser un eterno adolescente.
Incomprendido, no sabía por qué sentía nostalgia de un mundo que jamás había conocido. Vivía por vivir, actuaba primero y luego pensaba en las consecuencias. Al diablo todo. Mandó “por el retrete” todo lo que un chico correcto debía ser a los ojos de sus padres.
Nadie nace maduro. Nadie nace consciente de sus actos. Esa es la riqueza del crecimiento individual: caer, levantar y aprender.
Sin embargo, hay adultos que olvidan que un día fueron adolescentes, dignos representantes de la inmadurez, expertos en sacar ‘canas verdes’ a sus contrariados padres. “Yo nunca fui así de rebelde”, dirán algunos. ¿Seguro? Tal vez no rebeldes pero sí irreverentes, ensimismados o necios.
En los tiempos del marketing
Los adolescentes constituyen un segmento muy particular en el cambiante mercado de consumo. Lo vuelven indeciso, competitivo, en constante movimiento. Los medios de comunicación, empeñados en atraerlos, deben ser capaces de hablar su idioma y encontrar el mejor modo de dirigirse a ellos. Los jóvenes son poderosos creadores de tendencias. Quieren que les hablen como adultos, les preocupa obtener buenas notas, pertenecer a un círculo social, sentirse apreciados. Se consideran a sí mismos personas maduras y juran que poseen el juicio suficiente para elegir su futuro.
La globalización los empuja a la moda, a seguir la corriente sin preguntar los porqués.
Identificación de edad
En general se relaciona la inmadurez con comportamientos que no se ajustan a la edad evolutiva de la persona. Se espera que un niño se comporte de cierta manera y que un adulto tenga conductas que respondan a lo que socialmente se espera de ellos. La adolescencia tiene una marca identificativa. Tener entre 12 y 18 años tampoco es sinónimo obligatorio de rebeldía, pues hay jóvenes que no son rebeldes sino que optan por aislarse en su mundo de introversión. A veces por miedo, a veces por insociables.
En palabras del psicólogo Sergio Paz, el miedo es el peor consejero. Hacer las cosas con temor o dejar de hacerlas cuando ya somos adultos no es signo de madurez.
“Conforme vamos creciendo nuestras máscaras se van perfeccionando y escondemos nuestros miedos en fachadas de composturas y de buen comportamiento. Tenemos miedo a lo desconocido, temor a equivocarnos. El adolescente que no vivió su época como tal la vivirá en su edad adulta, pero de seguro lo hará”.
El que fue un chico tranquilo a los 15 podría ser un revoltoso a los 20. El abanderado del colegio puede ser el vago de la universidad. El irrespetuoso transformarse, en cambio, en el hijo más responsable de la casa.
Secuencia evolutiva
Crecer es cometer cientos (y miles) de errores. Si no se aprende a la primera, se aprende a la segunda, a la tercera, o quizás nunca (si así lo decide).
¡Ya crece!, ¡ya madura! les dicen a los adolescentes, inyectando en ellos las ansias de ser por fin grandes, para poder tomar sus propias decisiones y hacer lo que les venga en gana.
Sin embargo, sucede que al crecer, el adulto se llena de ‘peros’, de barreras que le impiden actuar con libertad. Ya no tiene a los padres susurrándole al oído ni diciéndole lo que debe hacer, pero extravió en parte la capacidad de arriesgarse por lo que cree será su felicidad.
El Ing. Jorge Falconí es un orientador que extraña sus tiempos de juventud, la forma como fue criado. Celebra que los adolescentes vivan con entera libertad, respirando el hoy, sin pensar en el mañana ni en el temor. “Es penoso ver a adultos que perdieron lo más valioso de su personalidad. Se les fueron las ganas de luchar. Transcurren el tiempo en la monotonía de ser siempre correctos, en una aparente madurez que los tiene infelices. Olvidaron aquello que a los 15 años les hacía reír y llorar”.
La ‘edad del burro’ es el paso de transición de ternero a toro, de chico a grande. Es el divino tesoro dentro de cada uno. Esa edad añorada que, por muy rebeldes, introvertidos, necios, supuestos sabelotodos, ensimismados, inmaduros, políticamente incorrectos que seamos, nunca se olvida.