Justo a la entrada de la ciudad, cuando se viene de Guayaquil, se halla un hotel cuyo rótulo llama la atención. Apenas tenía 17 años cuando vi la película taquillera que llevaba este nombre. Bien lo saben Quo vadis? significa: ¿Dónde vas?
Como tenía la intención de dormir en Vilcabamba en una maravillosa aunque rústica hostería llamada Madre Tierra, opté por almorzar al paso en aquel lugar lojano de nombre tan exótico. Mi sorpresa fue grata al notar que había escogido el sitio adecuado. Quo Vadis ofrece habitaciones, como se me informó, a precio de combate y no le falta nada para satisfacer al viajero exigente.
Solo probé el restaurante, una sala moderna, luminosa, con vista a la calle, cerca de la terminal terrestre. Mi primera impresión fue la de apreciar la vajilla moderna de excelente gusto, una carta de vinos bien surtida, mientras que nos decepcionó tanto la del Hotel Oro Verde en Machala, reducida a lo mínimo aceptable.
Escogí una botella de Rioja. Mi entrada fue una pangora gratinada servida en medio tomate asado, pero antes me deleité con un locro de papas como Dios manda, eso significa con aguacate y queso. Los magrets (filetes) de pato resultaron algo duros por culpa mía, pues olvidé precisar que los quería asados a medias tal como lo prescribe la receta.
El chef me dijo que general-mente los clientes gustan de la carne muy cocida, sea de res o de pato, lo que me causa pena pues todo el mundo sabe que cualquier carne es más tierna cuando menos se la cuece o se la asa.
El vino de la Rioja fue un Beronia romántico con fuerte toque de vainilla (la madera de la barrica), festival de frutas rojas mezcladas con ciruela e higo, taninos suaves, larga persis-tencia, pleno aroma en boca.
La corvina veracruzana vale el viaje, así como el dulce de tres leches que acompañé con un buen café. Llamé al chef José Sandoval, hombre cabal, excelente profesional con buena hoja de ruta, para felicitarlo y darle un abrazo.
Vinicio González nos atendió en la mesa con la debida corrección. Podríamos haber escogido entre tantos platos la pirámide de camarones, la galantina de ave (de laboriosa elaboración), la ensalada Waldorf o cualquier otra como la de palmitos, con gran surtido de salsas frías.
Epicuro quisiera aprovechar para incentivar a los guayaquileños a que visiten este rincón de la patria. Loja es una ciudad que entra por los ojos, como Cuenca: deslumbra su limpieza, conserva calles pintorescas que logran evocar su pasado, miradores desde los cuales se aprecia toda la urbe. La gente es sumamente amable, acogedora, sabe tratar al turista de muy buena manera.
No sueñen tanto con Miami pues tenemos, aquí cerca, lugares que nos envidian gente de afuera.
Por cierto, la noche que pasé en la hostería Madre Tierra de Vilcabamba, fuera de una mesa donde unos lojanos disfrutaban alegremente su cena se oía cualquier idioma menos el español. Me da pena cuando no sabemos apreciar lo que desde tan lejos los turistas vienen a buscar. No se puede amar un país sino conociéndolo.