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‘La estúpida razón de ser’

Obra inteligente

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Liz Ávila y Arnoldo Picazzo en uno de los ensayos de la obra La estúpida razón de ser, que se estrenó en el Centro Sarao.
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Febrero 07, 2008

Cristian Cortez para EL UNIVERSO

El director ecuatoriano Xavier Romero, quien reside en México, estrenó su pieza teatral en Guayaquil.

El actor y director ecuatoriano radicado en México, Xavier Romero, debutó en Guayaquil como dramaturgo con su más reciente obra, La estúpida razón de ser, con la actuación de Liz Ávila (esposa de Romero) y Arnoldo Picazzo.

Ni las lluvias  ni el feriado  impidieron que la sala del Centro Cultural Sarao se llenara los pasados jueves 31 de enero y viernes 1 de febrero; es que el trabajo de Romero tiene su propia convocatoria, hace ya diez años dirigió Entre amigas,  comedia que tuvo muchísimo éxito.

La estúpida razón de ser no fue una obra fácil. Quienes fueron al teatro pensando encontrarse una comedia, a los pocos minutos se decepcionaron; otros, en cambio, esperaron pacientemente los chistes y/o las malas palabras, algún referente para reírse, al cansarse, decidieron un momento oportuno para salir; más de uno se escandalizó ya que no todos los días se ve de entrada desnudos en escena, estos también abandonaron la sala de teatro.

Aunque Romero define la obra como una comedia histérica y estridente, esta  fue más allá de eso; hubo un acertado tratamiento del absurdo contemporáneo y aborda un tema de por sí existencial: la relación de una pareja en el futuro fortuito de la humanidad.

El texto, escrito íntegramente por Romero y sin retroalimentarse de improvisaciones con los actores, es muy complejo, posmoderno y por ende, de difícil decodificación.  La estructuración de las escenas, el deseo de no contar una historia, puede lograr comentarios entre los espectadores como: no entendí nada.

Pero, ¿siempre es necesario entender? La forma de contar ha evolucionado, en teatro y en audiovisuales en general, ya no se pueden contar las historias como hace diez o veinte años; se debe apuntar hacia un decodificador inteligente, que pueda relacionar, reflexionar y pensar.

Es en este proceso donde está el deleite del espectador, no en el chiste fácil, palabrotas o la alusión sexual. Temas como el ir y venir de la especie humana, que se debate entre el ser, lo que es y el tratar de ser; el poder, la incomunicación, el machismo, fueron tratados casi en un marco de ciencia ficción, que a ratos podía volverse inverosímil o rayar en la moraleja; pero sin caer en ella.

El montaje tuvo intencionalmente momentos de distanciamiento, que querían recalcar a los espectadores que estaban en un teatro y que lo que veían no era real. Efectos que perseguían incomodar al público, lo consiguieron.

Las actuaciones fueron excelentes. No todos los días en Guayaquil se paran en escena dos actores tan profesionales y al mismo tiempo tan humildes como Liz Ávila y Arnoldo Picazzo, y aunque estuvieron desnudos casi todo el tiempo, nunca tuvieron la intención de mostrarse o taparse.

Su actuación fue tan cotidiana, dentro de un texto y una puesta extra-cotidiana, que el público, el que sí se quedó en la sala, llegó a olvidarse que estaban desnudos.

No es fácil presenciar un espectáculo de ese nivel en Guayaquil, una propuesta innovadora, un texto inteligente, una actuación pulcra. Bien por nuestro teatro que aún se puede salvar del lugar común y la risa fácil.

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