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Por amor y no por odio |
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Definitivamente, el país está inmerso en un proceso de transformación que no tiene marcha atrás y la llamada revolución ciudadana camina como abanderada de los cambios que, posiblemente, algunos políticos y muchos ciudadanos soñaron poder realizar o, incluso, lo intentaron y no lograron.
No creo que sea fácil aceptar, en general, los cambios porque los seres humanos nos acomodamos a las situaciones, incluso negativas, para superarlas y aprendemos de alguna manera a vivir con ellas, al punto que a los maltratados les cuesta tomar la decisión de denunciar a su maltratante.
La resistencia a los cambios es más notoria, especialmente cuando las ideas no son nuestras, cuando el cambio no surge como una necesidad personal y peor aún cuando estos cambios afectan las condiciones de vida a la que estamos acostumbrados.
Recordemos las reacciones que produjo en el primer mes la Metrovía en Guayaquil, hasta que los usuarios se dieron cuenta de sus ventajas.
Es indiscutible la situación de pobreza que se vive en América Latina y en nuestro país. Con los avances de la comunicación, tendríamos que estar ciegos y sordos para decir que es una novedad, este hecho real e innegable que antes llamábamos injusticia social y que ahora tiene el nuevo término de “inequidad”.
No basta con la solidaridad presente día a día en nuestra patria donde la gente es capaz de desprenderse de lo suyo para dar una mano a otros; nos hemos acostumbrado a ayudar y a escuchar que siempre hay alguien que necesita apoyo para salir adelante porque la situación no les permite solucionar sus problemas de emergencia, las enfermedades graves o simplemente alimentarse y vivir.
Como un país mayoritariamente cristiano deberíamos estar todos dispuestos a aceptar la necesidad de reducir los índices de pobreza, desempleo, insalubridad, etcétera y acortar las enormes diferencias que existen.
Es loable, pues, la intención del Gobierno de querer transformar al país y estoy segura de que muchos hemos vivido esperanzados, desde hace muchos gobiernos, de que alguno tenga esta clara decisión, siempre y cuando las buenas intenciones estén también movidas por buenos sentimientos y no por resentimientos, actitudes revanchistas, odios o intereses políticos.
Ojalá, que la nueva Constitución que prepara la Asamblea y sus próximos “mandatos” traigan los cambios positivos que muchos deseamos y no sean impulsados precipitadamente por el desquite, con dedicatoria para ciertos sectores o personas.
Que sea el amor el inspirador de los cambios y se exprese en actitudes, en la reflexión profunda, seria y consciente, en el lenguaje de los discursos y anuncios publicitarios, tomando en cuenta la realidad de todos: ricos y pobres, porque todos somos Ecuador.
Siempre he estado convencida de que nada puede lograr mayores transformaciones que el amor, no solo porque lo aprendí del mensaje de Jesús sino porque he vivenciado que solo el amor une, levanta, reivindica, es misericordioso, perdona y es el único que nos salva. |
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| Paul Krugman |
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