¿Wyan-lú? ¿W-yuanlu? ¿Wyuan-lú? Nada. No dábamos pie con bola. Diez minutos trabados, tratando de decirle al taxista el nombre de la calle adonde nos dirigíamos, sin que él comprendiera ni una gota de inglés ni nosotros una pizca de mandarín. Un acento mal pronunciado y nos hubiera llevado a la dirección errada. Por ventura nuestra el celular británico funcionó en Shanghái y nuestro amigo logró localizarnos y explicarle al conductor que la calle quedaba en el barrio francés, en el distrito Luwan de Shanghái.
Fue una extraña sensación observar la pantalla del taxi con dibujos animados chinos y publicidades de Beyoncé. Después de doce horas de vuelo sin dormir todo molesta: la velocidad, las lucecitas de colores que piñan con la bocina del coche, la música de la diva americana que nos acompañó durante el trayecto.
Una taza de café negro y el jet-lag desaparece. Ahora sí, presta para emprender la caminata por el Bund. El Bund fue bautizado por ingleses que se asentaron en Shanghái en 1840, cuando aún era un camino lodoso al pie del río Huangpu. El desarrollo del Bund se inició a principios del siglo XX con edificios de arquitectura neoclásica, renacentista e incluso art deco, considerados los más grandes de Asia. Para la construcción de los mismos importaron mármol italiano, granito de Japón e incluso techos moldeados de Inglaterra. Los propietarios, la mayoría de ellos poderosos banqueros europeos, no escatimaron ni un centavo en su edificación. El más conocido es el HSBC Bank (Hong Kong Shanghai Banking Corporation), compañía establecida en 1865 con el nombre de las principales ciudades chinas para financiar el comercio entre China y Europa.
En 1949, con la llegada del partido comunista al poder, muchos creyeron que se destruirían los edificios del Bund por ser los motores económicos que representaban el sistema capitalista. Pero no fue así.
En su mayoría los imponentes inmuebles mantienen los mismos rasgos arquitectónicos. Hoy, muchos de ellos son alquilados a la nueva generación de chinos millonarios e inversionistas que pagan cifras astronómicas por sus rentas. Otros pertenecen a prestigiosas marcas europeas como Armani, Cartier y Dolce and Gabanna. Mucho bling-bing pensé. Dorados, brillos, diamantes apreciados por los nuevos ricos. A pesar de que las plantas bajas de los edificios del Bund destilan oro, en los penthouses se hallan los bares y restaurantes del gusto más exquisito. Uno de ellos es el minimalista bar M on the Bund, en el último piso una antigua naviera japonesa. Allí me encuentro bebiendo martinis, admirando los barcos con pantallas publicitarias que cambian cada minuto, imaginando lo que fue Shanghái durante la época del opio, con los barcos y las prostitutas del brazo de los europeos.
No siento diferencia entre el ritmo londinense y el de una ciudad como Shanghái. La avenida Nanjing Dong Lu es la arteria del comercio formal e informal. Tras los antiguos pasadizos de la calle principal se esconden imitaciones de relojes Rolex, Tag Heuer, Bulgari; carteras Fendi, Louis Vuitton, Botega and Venetta, Marc Jacobs, Prada (todas último modelo). Ni qué decir de los comerciantes de perlas que solo negociar precios con ellos es una experiencia. Bastó una décima de vanidad para sumergirme en el mundo de las perlas de diferentes colores: rojas, verdes, grises, rosadas, negras, blancas. Si antes los extranjeros venían a China por las porcelanas, el té y las sedas, ahora vienen por ser el centro de materia prima y la mano de obra barata que está conquistando el mundo.
La Guerra del Opio
Al caminar por las calles me olvido de que Shanghái es parte de un sistema comunista impuesto por Mao Tse Tung. Es que Shanghái es una ciudad comercial por donde se la mire. Finos restaurantes tailandeses, asiáticos, pastelerías francesas, tratorías italianas inaugurados en los últimos cinco años son frecuentados por locales y extranjeros. Ya en 1842 Shanghái era un próspero puerto comercial, principal proveedor de arroz, algodón de la zona. La dinastía de Qing (1644-1912) selló la ciudad con murallas para protegerla de los japoneses y de la influencia extranjera. Sin embargo, a principios del siglo XIX, los exportadores británicos de té, seda y porcelana lo utilizaron como el puerto exportador de aquellos productos a Gran Bretaña.
En vista de que los comerciantes ingleses no tenían qué artículos vender a los pobladores de Shanghái desarrollaron la afición por los salones de opio. Dichas salas eran glamurosos espacios que captaron cientos de adictos. El gobierno chino no pudo controlar la afición y empezó a clausurarlos. Ese hecho provocó la ira de los británicos y desató la famosa Guerra del Opio (1839). El poderío inglés derrotó al país asiático. El opio siguió comercializándose hasta 1917 (año que fue declarada sustancia ilegal). China cedió la ciudad de Hong Kong a Gran Bretaña y le dio el derecho a residir y comercializar en algunas de sus urbes: Ningbo, Amoy, Fuzhou y Shanghái. Años después, los franceses negociaron los mismos derechos que los británicos y establecieron la concesión francesa. Posteriormente lo harían los japoneses y las paredes construidas por la dinastía Qing serían símbolo del pasado.
Visitar Shanghái y no recorrer los Jardines de Yu sería un pecado. Creado en el siglo XVI plasma la visión artística en 30 pabellones, puentes, resplandecientes estanques, jardines de piedra, templos, dragones, pinos y otras plantas ornamentales. El Museo de Shanghái guarda una colección de 120 mil piezas de la historia china desde la época neolítica, colecciones de escultura, cerámica, caligrafía, piezas de bronce, entre otros.
Tanta historia reunida en una ciudad de 17 millones de habitantes, 100 mil taxis, miles de bicicletas y motos (cargadas con electricidad) y un moderno metro. Interesante resultó visitar el Urban Planning Centre, que proyecta lo que será Shanghái en los próximos 25 años al pie del río Huangpu. En el Mercado de Antigüedades se pueden encontrar muebles de la época colonialista europea, porcelana de la dinastía Qing, relojes de cuerda con el rostro de Mao y telas bordadas por los pobladores del noreste de China. Ojo: hay que diferenciar entre las piezas auténticas y las copias. Todo está a la venta y a precios negociables. Tan negociable como las fotografías, pinturas y prendas de jóvenes diseñadores que exhiben sus trabajos en el Soho de Shanghái, Taikang Lu.
La escena nocturna ofreció conciertos de jazz fusionado con clásicos ritmos chinos en la voz de un aclamado cantante local llamado Coco Zhao. Coco ha sido invitado a dar conciertos en Europa, Australia y Estados Unidos, “algo que hace diez años era imposible, porque la escena de jazz en Shanghái era underground”, dijo Coco. La noche siguiente, el after party de Beyoncé mostró otro rostro de Shanghái: la fusión de las colonias europeas y americanas con la nueva generación china.
De regreso al aeropuerto ya no tome el taxi, sino el tren bala, que me dejó en mi destino en 8 minutos a una velocidad de 400 kilómetros por hora. Me quedé con las ganas de regresar a China, hablar con su gente y descubrir sus historias. Que dudo poder escucharlas mientras vivan en un sistema comunista.