Aunque Regreso al hogar (The Homecoming), de Harold Pinter, debutó en Nueva York en 1967, la emocionante observación de las relaciones personales, la familia y la represión sexual tiene la misma fuerza angustiosa y el mismo efecto desgarrador que cuando la pieza se estrenó hace cuarenta años.
La actual producción en el Cort Theatre alardea de la astuta dirección de Daniel Sullivan, que se enfoca en la angustia, el eslabón que une a cada uno de los personajes en la cadena que es su familia; además de un elenco de expertos actores que ejecutan los discursos, pausas y silencios del texto, y una producción física que refleja el cataclismo que ha acontecido en la vida de estos seres.
Al levantarse el telón, Lenny (Raúl Esparza), sentado en el sofá de la decrépita casa paterna, no le hace caso a su progenitor, Max (Ian McShane), cuando llega al cuarto, bastón en mano, con la mirada amenazadora. Aunque Lenny sigue leyendo, el público sí se percata del poder que el padre tiene al blandir su bastón como arma y al saludar a su hijo en voz alta y exigente.
Las únicas palabras que intercambian los dos son cortas, ásperas y salpimentadas con pausas significantes. El segundo hijo, Joey (Gareth Saxe), un demoledor y pugilista algo tardo, y el Tío Sam (Michael McKean), un chofer, caen también bajo los rabiosos pronunciamientos de Max.
Cuando el hijo menor, Teddy (James Frain), un farisaico profesor de filosofía, regresa al hogar después de una ausencia de nueve años, le dan una recepción glacial, pero se fijan de inmediato en la esbelta mujer que lo acompaña: su esposa, Ruth (Eve Best).
Desde la muerte de la madre de familia la casa no ha conocido otra mujer, y la expresión de los hombres no es de admiración sino de lascivia. La mirada enigmática de Ruth es difícil de identificar al principio. ¿Será desinterés, apatía o superioridad? ¿O estará escondiendo algo más pedestre, más furtivo, más bajo tras esa sonrisa jocosa? El sorprendente segundo acto lo dice todo.
Los personajes
El director Sullivan mantiene el interés y la intriga durante la extraordinaria obra, en la que las pausas valen tanto como las palabras pronunciadas por los hábiles actores. McShane es suficientemente amenazador para ganar el odio de sus hijos. Frain muestra la seguridad y vanagloria de quien se siente superior a los demás, aunque no es el caso.
El siempre eficaz Esparza es desafecto y adverso, hasta que conoce a Ruth; y el Joey de Gareth Saxe parece despertarse al conocerla también; Saxe diestramente retrata ambos lados del frágil carácter del personaje.
El papel que McKean interpreta (Sam) gana más simpatía que los demás personajes, y su actuación muestra el dolor escondido tras su superficial tranquilidad. Eve merece los elogios por su calculada interpretación de una mujer cuya sensualidad arde en sus entrañas y espera el momento de explotar. Best muestra su talento y sus piernas largas, que son requisitos de su papel.
Fuente: www.elconocedor.net