Podría decirse que, en buena medida, la propia modernidad despierta en la historia con los interrogantes que ella trajo ante el desconcierto que provocó el ascenso del capitalismo industrial, la urbanización y la destrucción del viejo orden; desconcierto que, por cierto, llegó a su cúspide luego de las tragedias que mancharon el siglo XX.
Debemos a John Locke, uno de los pensadores más completos de la humanidad, las primeras observaciones sobre la identidad que revolucionaron el pensamiento de su época y que aún guardan una agudeza extraordinaria. En su obra Ensayo sobre el entendimiento humano, publicada en 1689, en el apartado ‘Identidad y diversidad’ (capítulo XXVII), Locke advierte que la identidad tiene su fundamento en la conciencia y no en la sustancia, del cuerpo o del alma.
La conciencia, para Locke, no era otra cosa que esa repetida identificación de uno mismo a través de la cual la responsabilidad moral podía ser atribuida a cada individuo; y por la que, según críticos como Nietzsche, el castigo y la culpa encontrarían su justificación. Somos la misma persona que creemos ser en la medida en que estamos conscientes de nuestras acciones y pensamientos pasados y futuros.
Esta preocupación con la identidad está presente en No soy Stiller (Editorial Seix Barral, 480 págs.), una de las más extraordinarias novelas del siglo XX, escrita por el célebre artista y escritor helvético Max Frisch (1911-1991). Las autoridades suizas habían dado por perdido a un ciudadano de nombre Stiller, un escultor que decepcionado al parecer había desaparecido para irse a los Estados Unidos años atrás.
Un buen día, sin embargo, un hombre es arrestado en la frontera bajo la acusación de utilizar un pasaporte falso. Según la policía, el individuo no es la persona que dice ser, un norteamericano de apellido White, sino el desaparecido Herr Stiller.
Una vez en prisión, su abogado le recomienda que escriba una suerte de diario, lo que podría ayudarle a poner en claro sus ideas. Pero los testigos comienzan a aparecer y todos (esposa, hermano, etcétera) lo reconocen como Herr Stiller, no obstante su persistente negativa. En su desesperación, White (¿o Stiller?) da pistas de tres crímenes no resueltos como prueba de que no puede ser él quien los otros dicen que es.
La obra es acerca de la negación de la identidad por parte del hombre moderno. Es una reflexión densa y profunda pero a la vez salpicada por episodios pintorescos y humorísticos. Hay una sátira implacable a la moral de la pequeña burguesía suiza que el lector encontrará interesante.
Max Frisch nació en Zurich. Desde la escuela demostró gran interés por la literatura. Leía profusamente a Ibsen y desde muy joven comenzó a escribir teatro. En 1930 ingresó a la Universidad de Zurich, donde estudió literatura alemana e historia del arte.