Hay cosas en la vida que sin ser planificadas resultan mejor. San Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles lo sabía. Se necesita más que perseverancia para salir adelante. Estudiar y trabajar está bien, pero una pizca de riesgo puede mejorar el panorama.
Alberto Swett Morales tiene un San Judas Tadeo guindando de su cuello. Una cadena artesanal parecida a una piola amarrada con una imagen del santo, que no se la saca ni para bañarse. Su hermana hace cinco años se la obsequió y ahora él es su patrono.
Ya tiene tres hijos, plantó 170 palmeras en su casa y está por escribir un libro. Dentro de poco cumplirá con aquello que supuestamente debe hacer todo ser humano: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Hombre de ciencias exactas, piensa que los números vuelven exactas hasta las palabras.
¿Matemático o escritor? Él se siente lo primero y a veces lo segundo. Este ingeniero comercial, especialista en comercio exterior y en el mercado de la construcción, conserva en cajas decenas de libros de pensamientos, 13.000 refranes que ha memorizado, seleccionado y vuelto a escribir en páginas arrugadas que a escondidas guarda en sus bolsillos.
Hoy tiene una hacienda en el km 10 de la vía a Palestina, provincia del Guayas. Es uno de los mayores exportadores de mango en Ecuador con más de 25.000 árboles de dicha fruta.
Un día vestido de saco y corbata, hablando inglés, viajando por el mundo, asesorando a compañías multinacionales; y al otro día con jeans prelavados, hablando en criollo, asentado en zona montubia, dirigiendo a cerca de 200 jornaleros. Dice que quiso cambiar de profesión... le gustaba la naturaleza. Así de simple. No le encuentra otra explicación.
El encanto de lo desplanificado
De padres ecuatorianos y antepasados ingleses, nació en Guayaquil en 1944. Creció en la esquina de Nueve de Octubre y Lizardo García. Estudiante de filosófico sociales del colegio San José La Salle, asegura que siempre fue muy disciplinado, tanto, que decidió ahorrarse los 2 reales del bus y caminar a diario las 20 cuadras de su casa al colegio. Cuenta que lo hacía para fortalecer la autodisciplina.
“Mi padre, Alberto Swett Coronel, me enseñó la sencillez, también a no tener nariz respingada o creerme más que nadie. Yo tuve una niñez con limitaciones económicas. Jamás me acomplejé o sentí rencor por la gente que sí tenía dinero. Al contrario, creo haberme convertido en alguien de trabajo y de pelea. No conflictivo pero sí de máximo esfuerzo”.
Aún recuerda su primer trabajo en el Banco Central como corresponsal de comercio exterior y los 1.200 sucres que ganaba en la década del setenta. Los quince años de carrera en el campo de la construcción y los demás años en áreas de proyectos de servicio. Todo bien. Todo perfecto... hasta que se cansó de vivir en medio de edificios.
Cogió sus pocos ahorros y compró a $ 2 el metro cuadrado un terreno en el km 5 de la vía a Samborondón, rodeado de los ríos Daule y Babahoyo. Un sector donde hace 27 años no había infraestructura ni gente conocida, salvo a diez pasos, la casa de su hermana.
“Soy un arquitecto frustrado y soñaba con diseñar mi propia casa. Tener ventanales enormes, ver muchas plantas, y estar cerca del río”.
La del santo
La bautizó como San Judas Tadeo hace 16 años. La hacienda ubicada en una zona “botada” cerca de Palestina, de caña, madera y cemento, es hoy una edificación de líneas coloniales y colores pasteles al pie de una laguna artificial, a donde miles de patos llegan por temporadas. La tierra mala fue removida y la buena (120 ha sembradas de las 360 ha) dio fruto. Uno de los más dulces entre los frutos: el mango.
¿Por qué mango y no otra fruta?: “Es que me gustan los árboles grandes y el árbol de mango crece hasta 25 metros”. ¿Y solo por eso?: “Pues sí. Yo prefiero los bosques tupidos”. ¿Antes de empezar el negocio sabía algo de agricultura?: “Realmente nada pero cuando uno quiere aprender, aprende. Por eso me junté con el agricultor empírico y con el estudiado y de ambos recibí buenos consejos”.
Fruta de zona intertropical de pulpa carnosa y sabor dulce, empieza de color verde, luego amarillo o anaranjado. En el país se come más la fruta verde-ácida con un poquito de sal, y la dulce amarilla que se deshilacha entre los dientes. Pocos conocen las decenas de variedades de mangos en el mundo. El Tommy Atkins, Ataúlfo, Haden, Irwin Red, Zill, Sunset Adams, Kent, Carrie, Amalie son algunas especies. Países como México, India, China, Tailandia están a la vanguardia de la fruta, aunque desde hace años Ecuador compite con fuerza.
Testimonio
Hace casi cinco años tuvo cáncer de próstata y ahora padece el mal de Parkinson, pero luce completamente sano. Dice sentirse como un testimonio de vida para dar esperanza a otros que como él, sufren de similares afecciones.
Considera que los imposibles no existen. Solo es cuestión de tasar un poco el terreno y lanzarse al ruedo. “Nada es perfecto en la vida y al mismo tiempo todo es perfecto. Es cierto que he sufrido enfermedades, sin embargo, me siento agradecido por lo que tengo: mi esposa, mis hijos, mi nieta, la casa cerca del río, la hacienda llena de árboles, los miles de patos que nos visitan. La tierra me atraía y a la tierra me
dedico, gracias a una fruta que antes desconocía”.
Una marca similar a su apellido. Mr. Sweet se llama el mango de exportación de Alberto Swett. Lejos de mostrar arrogancia se le nota en la cara que si el mango tuviera ojos, vería a través de ellos. Su boca dice mango, en su casa brindan mango, las fotos de sus álbumes muestran mangos. Habla de la fruta con una pasión tal que pareciera que su niñez la hubiese transcurrido entre cáscaras y pulpas y no entre números y letras.