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Edición del DOMINGO 10 de Febrero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Cuba, una isla conservada en el tiempo
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Vista del malecón de La Habana. Al fondo el Castillo de los Tres Reyes del Morro.
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Viajemos: Turismo y aventura

Texto: Clara Medina | Fotos: Jorge Peñafiel

El viajero en su paso por este país caribeño, encontrará siempre el perfume que el humo de tabaco y los efluvios del ron dejan en toda la isla. Para cualquier visitante que llegue a sus costas, Cuba es un paraíso de rincones encantados.

Lo primero que tiene que hacer un turista en Cuba es cambiar su dinero en pesos convertibles. No es la moneda de uso común de los cubanos. Está establecida para el visitante. Se instauró en el 2004.  Sobre el dólar estadounidense recae un impuesto, lo cual hace que por cada peso convertible se pague, en realidad, un dólar veinticinco centavos.

Con esta moneda el huésped debe desenvolverse durante su estadía en la isla, ubicada en el Caribe, que posee forma de caimán y su población es de 11 millones de habitantes. Los cubanos, en cambio, realizan sus transacciones en peso cubano nacional, excepto cuando acceden a un servicio que genera divisas al Estado. Entonces sí deben utilizar pesos convertibles.

Es un país que hace diferencia entre sus ciudadanos y los turistas. El turismo es un rubro que genera altos ingresos al Estado, pues Cuba, la cuna del son y del bolero, de Nicolás Guillén y Alicia Alonso, es uno de los destinos preferidos del Caribe, por su historia, por su cultura, por sus playas (Varadero es la más famosa) y hasta por su sistema socialista, instaurado a partir de la revolución de 1959, que muchos quieren conocer de cerca. Es una nación que sobre las simpatías o antipatías, genera, ante todo, curiosidad.

El encanto de lo viejo
Como Sean Connery. Así es el centro histórico de La Habana: viejo pero atractivo. Con un encanto que los años no mitigan, sino que realzan. La Habana vieja es hermosa  por ese pasado que ha logrado mantenerse en pie y que es presente. Que se instala en el día a día de una ciudad que se erige junto al mar y que cuenta con dos millones de habitantes. Por esa subyugante mezcla de arquitectura e historia que le otorga una exquisita personalidad. En atención a todo ello, la Unesco la declaró en 1981 Patrimonio de la Humanidad.

La primera mirada, sin embargo, es de asombro. Cuando se ponen los pies en la capital de Cuba, se tiene la sensación de que el tiempo se ha detenido. O que se ha retrocedido algunos años. O que algo acaba de acontecer. Carros  antiquísimos, que en otros países ya no se ven, en las calles de La Habana transitan con naturalidad. Casas desvencijadas, con sus fachadas deslucidas, que parecen abandonadas, en realidad están habitadas.

Todo tiene un tinte añejo. Y todo a la vez es tan normal. Los ciudadanos caminan por el malecón o se reúnen en este lugar a conversar, mientras las olas revientan a su lado y el agua salpica la avenida. Otros esperan los buses, que llaman guaguas. Unos cuantos transitan en bicicleta. Todos parecen sonreír y suelen conversar con los visitantes. No obstante, evitan hablar de temas como la situación de su país, que se intuye es agobiante. Se lo corrobora cuando uno que otro, con un asomo de vergüenza, te lanza: ¿Tienes algo que me regales?

Pronto se constata que aunque predominan las edificaciones deterioradas, con la pintura descascarada, o con patios en los que viven varias familias, también hay otras  construcciones en excelente estado o en proceso de restauración. Edificios acondicionados y  carros nuevos, que transitan por las avenidas, aunque estos son, generalmente, del Estado. Lo antiguo y lo actual conviven en esta sociedad que exhibe como logros su sistema educativo, al que todos tienen acceso, o la salud.

Es una ciudad puerto, con hermosos atardeceres, dividida en dos: La  Habana vieja y la nueva, llamada Vedado. Una calle conocida como el Paseo del Prado es la que delimita estas zonas. En la zona nueva hay edificaciones más contemporáneas, como la imponente Plaza de la Revolución, en la que puede apreciarse una imagen gigante del comandante Ernesto Che Guevera, oficinas y  hoteles de lujo.

En la vieja está  el centro histórico, con construcciones que datan de varios siglos: la Catedral, la casa de José Martí, la Plaza de San Francisco de Asís, en cuyo lugar se comercializaba a los esclavos; o el Capitolio, que es del siglo XX, una réplica  del de Washington y que ahora alberga a la Academia de Ciencias de Cuba y al Museo de Historia Natural.

Cada edificación tiene una historia, un por qué, un legado. Es una ciudad para visitar con calma. Para recorrer sin prisas. Para sentirla en cada detalle. En su música, que los habitantes expresan a viva voz en cualquier esquina, en sus deidades, en su literatura o en su ballet.

El largo malecón
El malecón, con 5 kilómetros de longitud, que custodia a La Habana, es quizá uno de los mayores atractivos de esta ciudad señorial, que es como la Perla del Caribe. Es su sello de identidad. El mar está muy cerca. Y la brisa llega fuerte. O a veces la lluvia. Y en otras ocasiones un sol abrasador.

Del otro lado está el Castillo de los Tres Reyes del Morro, una añeja  edificación erigida, hace muchos años, para contrarrestar la amenaza  de los piratas, a la que se llega cruzando un túnel que pasa por el    fondo del mar. Corona este lugar un faro, que guía a las embarcaciones que ingresan a La Habana.

Y a más de las construcciones y monumentos nacionales, están la  comida, la bebida, la intensa vida cultural y su floreciente mercado de  artesanías, que forman parte de esta ciudad, que cuenta con lugares como la heladería Coppelia  o el bar restaurante La Bodeguita del Medio, que se han vuelto muy representativos y en los que existe también un considerable mercado ilegal.

Hay transacciones que no están permitidas y que, sin embargo, se las hace. En la calle ofrecen habanos Cohíba o de cualquier otra marca, a menor precio que en las tiendas oficiales, aunque  adquirirlos es un riesgo, ya que para poder sacarlos del país hay que tener factura.

Nadie puede irse de Cuba sin haber bebido un mojito, el trago nacional, o recorrido los lugares que frecuentaba el escritor Ernest Hemingway. Sin probar un habano. O sin ir a Varadero, una ciudad ubicada a 140 kilómetros al este de La Habana, con una playa de 22 kilómetros, de fina arena blanca y con agua que va de tonos azules a turquesa. Deportes, paseos en bote, espectáculos como ballet acuático y mucho sol, es lo que espera en este  paraje.

Una playa hermosa, que sin embargo de buen gusto cambiaría por unos cuantos días más en La Habana. Eso sí, cuando vaya a Cuba, a disfrutar del Patrimonio de la Humanidad, si puede lleve un celular con roaming, que con seguridad  le saldrá mucho más barato que utilizar el servicio teléfonico de allá (las llamadas a América del Sur cuestan tres pesos cincuenta el minuto). Y olvídese de navegar por internet.

En una época de abundante tecnología, la isla tiene un limitado  y caro acceso a este servicio. Una tarjeta, que sirve para una hora, cuesta seis pesos. Es decir, siete dólares cincuenta centavos. En Varadero la hora cuesta ocho pesos. ¡Como para desconectarse del mundo!


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