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Edición del DOMINGO 10 de Febrero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Flotando en las aguas de Ayangue, buceo profundo
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El buceo debe ser realizado con responsabilidad y protegiendo la vida submarina.
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Viajemos: Turismo y aventura

Texto: Moisés Pinchevsky | Fotos: Cortesía de Ocean Reef

Del aula de clases a la piscina, y de allí a mar abierto. El submarinismo está al alcance de cualquiera que tome un curso especializado.

Macarrón no se llama así. Su nombre real es Juan Carlos Moncayo, hijo de un capitán de barco que cada vez que veía a alguien holgazaneando le decía: ¿Qué haces allí, macarronazo? Así obtuvo su nombre postizo este instructor de buceo que comenzó como pescador de langostas en Santa Cruz (Galápagos). Pero a los 16 años le entró el bichito de la ecología y decidió dedicarse al buceo recreativo. Desde entonces ya ha certificado a más de mil alumnos en esta actividad que ahora, en este curso de instrucción, recibe a seis nuevos estudiantes deseosos de convertirse en exploradores de la vida submarina.

¡Y estamos a punto de hacerlo! Faltan pocos minutos para nuestra primera inmersión en aguas abiertas. El islote del Pelado, a 20 minutos de Ayangue en bote, nos observa ubicándonos el equipo que nos permitirá sobrevivir por unos 40 minutos bajo el agua.
Una semana de capacitación

Ya sentado en el borde del bote, equipado y esperando la señal de Macarrón para dejarnos caer de espaldas al agua, siento que la máscara me aprieta ligeramente el rostro, el tanque de aire comprimido resulta algo pesado, las aletas incomodan los pies y, al comenzar a respirar con la fuente de aire (se llama segunda etapa principal del regulador), la boca recibe las primeras aspiraciones con un silbido reconfortante.

Este instante es una especie de graduación anticipada del curso de Open Water Diver (buzo de aguas abiertas) ofrecido por el centro Ocean Reef, que opera desde hace dos años en Guayaquil.

El curso comenzó con tres sesiones de dos horas de clase diarias (lunes, martes y miércoles) para revisar los detalles técnicos y teóricos necesarios para realizar esta actividad con seguridad.

Por ejemplo, para aprender que al descender debes pinzar la nariz y soplar suavemente por ella para que el cambio de presión no provoque dolor de oídos (algo similar a lo ocurrido en los aviones), que la flotabilidad negativa nos hace hundirnos, la positiva nos lleva a la superficie (para eso sirve nuestro chaleco inflable), la neutra nos permite estabilizarnos, y, lo más importante, que nunca debemos aguantar la respiración bajo el agua, porque al ascender la presión hace que el aire se expanda y puede causar la rotura de los pulmones.
Luego de las horas en el aula, el jueves y viernes tuvimos sesiones de buceo en piscina para aprender a usar el equipo bajo el agua, además de ejercicios básicos como desalojar el agua de la máscara en caso de que ingrese (hay que soplar con la nariz presionando la máscara hacia el rostro), recuperar la fuente de aire en el caso de soltarla de la boca, compartir el aire con algún compañero en caso de emergencia y algunas señales con las manos para comunicarnos con los demás bajo el agua.

Listos para bucear en Ayangue
Esa preparación nos permite estar listos para esperar la señal del instructor que nos ha acompañado durante toda la semana... y él dice “salten”.

Caer al agua de espaldas me desorienta ligeramente, pero dos segundos después ya estoy con el chaleco inflado para flotar sin ningún esfuerzo. Todos hacemos lo mismo y después de organizarnos comenzamos a bajar uno a uno por la cuerda amarrada al ancla que reposa en el fondo del mar.

Así comienza la experiencia. Bucear es como flotar bajo el agua. Como si uno estuviera volando. Al principio cuesta mantener la flotabilidad neutra (es común que un buzo novato suba y baje como yoyó), pero Macarrón nos explica que el buzo gana habilidad mientras realice más inmersiones.

Los alrededores del islote del Pelado son muy populares en el país para el submarinismo debido a su cercanía con la costa, la buena visibilidad que generalmente se encuentra y por sus paisajes marinos, por lo regular habitados por peces de colores intensos, tortugas de mar y arrecifes de coral que convierten el lecho marino en un jardín donde la vida marina –como cangrejos, pulpos o calamares– se esconde hasta en sus grietas más apretadas.

Nuestro guía es el líder de este recorrido que realizamos en una formación en V que a menudo se rompe por la impericia de los aprendices. Sin embargo, buscamos mantener el control para seguir disfrutando de un escenario que, de pronto, nos sorprende con dos tortugas de mar que avanzan a unos 5 metros de distancia y un cardumen de cientos de peces amarillos que se dirigen a un muro de coral multicolor, para luego ascender en un movimiento que los hace dispersarse en distintas direcciones, como si fueran una nube de humo que revienta bajo el agua.

La orden es siempre bucear en grupo y, dentro del grupo, mantenerse cerca de un compañero previamente asignado. Un submarinista por seguridad nunca debe aventurarse en solitario. Por eso el conjunto sigue avanzando con suaves movimientos de piernas (los brazos no se usan) hasta llegar a una profundidad de 12 metros.

Unos 40 minutos depués de haber iniciado esta experiencia, el instructor nos indica con la mano que debemos subir al bote para luego del descanso de una hora aproximadamente, iniciar nuestra segunda inmersión del día, la cual será a 18 metros, profundidad máxima para un buzo Open Water (aguas abiertas), y nuevo escenario de este grupo de novatos que en una semana está aprendiendo a hacer turismo bajo el agua.

Informes: Centro de buceo Ocean Reef, Víctor Emilio Estrada 1305 y Costanera, 288-2834, info@oceanreef.com.ec.


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