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| Crítica |
Un combo de risas y lágrimas |
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| Jack Nicholson en una escena de Antes de partir. | | |
| Febrero 13, 2008
Por Torffe Quintero Touma
Rob Reiner fue el director de grandes películas: Cuando Harry conoció a Sally y Cuestión de honor. Esta vez nos llega de su mano Antes de partir (The Bucket List). Reiner se enfrenta al reto de dirigir a dos monstruos de la pantalla grande: Jack Nicholson y Morgan Freeman, dupla que sostiene solo con su actuación el largometraje tragicómico. Aquí tiene una película que quizá no será de las mejores que ha visto, pero le hará sentir que el dinero que pagó para verla fue bien invertido.
Aunque hay que aceptar que la elección de Nicholson como un millonario cínico no es precisamente sorprendente, pues es un papel que el actor tiene muy bien ensayado. Así como tampoco ver a Freeman como un mecánico buena gente y soñador; pero su voz tiene mucha presencia e imprime un clima muy particular. El filme ha logrado recaudar un poco más 80 millones de dólares con un presupuesto de 45 millones, pero en él hay una magia indiscutible, que Hollywood patentó como su “receta milagrosa”: tratar temas tan universales e íntimos como el cáncer con buenas dosis de sarcasmo y humor.
Pero tratándose de un tema así, la película no elude ninguno de los peores clichés esperables: hay moraleja, lecciones de vida y redención a la vuelta de la esquina. Pese a ello, la magia de la cinta permanece, sus causantes son Nicholson y Freeman.
Pese a la extrema y predecible sencillez de la trama, el enfoque de los diálogos es uno de los puntos más relevantes de la cinta. Eso, y el estar filmada con montajes de excelente calidad, un pulido acabado y una delicada fotografía; que nos llevan a sitios tan dispares como Hong Kong o Francia.
El elenco secundario está a la altura. Se destaca la presencia de Sean Hayes, el ganador de un premio Emmy como Mejor actor de reparto en la comedia televisiva ‘Will & Grace’. Otra de las cosas interesantes del filme es ver cómo se sostiene a lo largo de su metraje en la delgada línea que separa lo trágico de lo cómico sin sobrepasarla.
En resumen, de no haber sido por la genialidad de Freeman y Nicholson esta cinta quedaría entre aquellas que solo reconfortan el alma, hacen soñar y logran que se nos erice la piel hasta hacernos llorar; pero Reiner demuestra que tiene la experiencia suficiente para dirigir a dos leyendas del cine. Y francamente hizo bien su trabajo, pues Nicholson no se devora cada escena en la que sale, y Freeman no peca de cursi.
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