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Veinte meses han pasado de una proclama cultural que tiene como líder y gestor a Milcíades, cantautor y poeta chileno-ecuatoriano. Tan guayaquileño como el de mayor madera de guerrero.
Sencillo, práctico, hermoso empeño por llevar la poesía ecuatoriana de todos los tiempos a escuelas y colegios.
La poesía ecuatoriana dicha en voz sugestiva. Cantada en aire popular de música irresistible. Nada menos.
Sin pesadeces intelectualoides ni pedantes que ponen distancias entre el encanto del arte y la avidez estética, emotiva y receptiva de nuestros niños y adolescentes. Poesía ecuatoriana de siempre para las generaciones acusadas a la ligera de ignorantes de lo nuestro en literatura. Y sabias en futbolerías mediocres y en farándulas de escándalo y chismografía.
Pero si Milcíades hubiera encontrado un ministerio de Cultura entendido de la verdad del pueblo desorientado, sería realidad su ideal de llevar la poesía a las aulas.
Total, como lo dijo Lucho Mueckay con su autoridad de valor vigoroso de nuestro teatro: la burocracia como la de este cuento exige requisitos teóricos, kikuyescos y tan complicados que más parecen exigencias de la NASA para un vuelo a Andrómeda, que invitación para acciones culturales más efectivas que las de hoy... Así seguirá 500 años la cantaleta ministerial.
Es que mayor sentido tiene acercarse, desde las alturas del supuesto poder ministerial, al centro mismo del torrente cultural. Porque este es fluencia vital, cálida, más constructiva, que la papelería burocrática y teorías que se van en humo atosigante y estéril, a espaldas del auténtico quehacer espiritual.
Quienes están en escritorios de quiteña y áspera frialdad, ignoran cómo acá no se deja aplastar por el medio una labor sin descanso como la de Hilarte. Todo el año en acciones de poesía, de folclore, de pintura y dibujo para el pueblo, lo mejor que una raíz cultural puede atesorar. A no ser que la polilla del kikuyo diga que aquella acción poco vale. Quizá por ser de Guayaquil, pero convoca ideas, ejercicio didáctico y tutoría cultural de distintas provincias.
No es menos lo que Arte-Vida hace con la dirección de otro líder como Habith Olvera y sus generaciones de pintores. ¡Tantos años!
Por voluntad municipal, hace pocos meses se luce en el Malecón, cerca del monumento de Bolívar y San Martín, un mármol que es símbolo de la naturaleza viril y mística del ancestro antiquísimo del Guayas. Aunque también es la divinidad del padre y la madre nutricia, según veamos el un o el otro lado de la escultura.
Autor: Correa Sojos. La pétrea divinidad tallada por este guayaquileño, evoca el poema de Pareja en aquello de “La voz del río es lenta, la voz del río es grave. /El patriarca barbudo viejas historias sabe./ Hay en las vibraciones de sus rudos acentos/ ecos de tempestades y rugidos de vientos...”.
Sigamos esa pétrea advocación a la divinidad bifronte del Guayas. Es la ambivalencia que un artista de esta cantera humana intuye con su bravío estilo. El dios y la diosa, el padre y la nutriente amorosa de Guayaquil... ¿Es o no un tesoro cultural?
Estimamos que está en marcha la placa de identificación de la obra y nombres del autor, con lo que se perfeccionaría el mensaje artístico. |