Érase una vez que encontrar pareja era considerado demasiado importante para ser confiado a los jóvenes. Sus padres, a veces ayudados por astrólogos y casamenteros, supervisaban el noviazgo hasta que las costumbres cambiaron en Occidente debido a lo que fue llamado la revolución de Romeo y Julieta.
Pero en la actualidad, algunos científicos sociales han redescubierto el atractivo de la supervisión adulta, siempre que los adultos tengan doctorados y enormes reservas de datos psicométricos. La actividad casamentera en Internet se ha convertido en una próspera industria, y científicos rivales prueban sus algoritmos para encontrar el amor.
El principal proponente es el sitio en Internet eHarmony, que comenzó su enfoque casamentero hace ocho años al negarse a permitir que sus clientes en Internet buscaran a sus propias parejas. El sitio les exige que respondan a un test de personalidad de 258 preguntas y luego selecciona parejas potenciales. Con base en un sondeo Harris nacional que encargó, la compañía calcula que su labor de casamentera fue responsable de aproximadamente el 2 por ciento de los casamientos en Estados Unidos el año pasado, casi 120 bodas al día.
En los nuevos laboratorios de eHarmony, en Pasadena, varios científicos sociales realizan experimentos para observar las interacciones personales. Ellos esperan acercarse más a un objetivo sumamente lucrativo: formar la pareja correcta.
Otra compañía, Perfectmatch.com, utiliza un algoritmo ideado por Pepper Schwartz, socióloga en la Universidad de Washington, en Seattle. Match.com, que se convirtió en el mayor servicio de citas románticas en Internet al permitir que las personas encontraran a sus propias parejas, estableció un nuevo servicio casamentero, Chemistry.com, donde utiliza un algoritmo creado por Helen E. Fisher, antropóloga en la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, quien ha estudiado la química neural de la gente enamorada.
A medida que los sitios casamenteros compiten por clientes —y denigran la metodología del otro— la lucha ha intrigado a investigadores académicos que estudian el juego de encontrar pareja. Por una parte, son escépticos, porque los algoritmos y los resultados no han sido publicados en revistas científicas para pasar por la revisión de colegas. Pero también se dan cuenta de que estas compañías en línea brindan a los científicos una extraordinaria oportunidad para reunir enormes cantidades de datos y poner a prueba sus teorías en el campo. EHarmony dice que más de 19 millones de personas han contestado su cuestionario.
Su algoritmo fue desarrollado hace una década por Galen Buckwalter, psicólogo que anteriormente había sido profesor de investigación en la Universidad del Sur de California. Al basarse en evidencia previa de que las semejanzas en personalidad predicen felicidad en una relación, les aplicó cientos de preguntas de personalidad a cinco mil matrimonios y correlacionó las respuestas con la felicidad marital de las parejas, medida por un instrumento existente llamado la escala diádica de adaptación.
El resultado fue un algoritmo que se supone relaciona a personas en 29 “características medulares”, como estilo social o temperamento emocional, y “atributos vitales”, como habilidades de relación. “No buscamos clones, pero nuestros modelos enfatizan semejanzas en personalidad y en valores”, comentó Buckwalter.
Hasta ahora, salvo por una presentación en una conferencia de psicología, la compañía no ha producido mucha evidencia científica de que su sistema funciona.
Hasta que científicos externos les den un buen vistazo a los números, nadie puede saber qué tan efectivos son cualquiera de estos algoritmos. Pero una cosa ya es clara.
Las personas no son tan buenas para elegir a sus propias parejas en Internet.
Los investigadores que estudiaron las citas románticas en línea encontraron que los clientes típicamente acabaron saliendo con menos del 1 por ciento de las personas cuyos perfiles estudiaron, y que esas citas frecuentemente terminaron siendo enormes desilusiones.