En un tribunal británico, una escritora dijo recientemente que, de hecho, inhalar pegamento la había hecho escribir un thriller. La autora, Joan Brady, es una estadounidense de 68 años que vive hacia varias décadas en Inglaterra y en 1993 se convirtió en la primera mujer en ganar el premio de literatura Whitbread. Recibió un arreglo extrajudicial de aproximadamente 225 mil dólares tras argumentar que las emanaciones tóxicas del pegamento y los solventes usados en la fábrica de calzado Conker, cerca de su casa, en Totnes, habían envenenado el aire y la habían enfermado. Sufrió daño nervioso, dijo, y una pérdida de concentración que la hicieron abandonar la novela literaria en la que trabajaba y, en su lugar, escribir una historia menos intelectual titulada “Bleedout”.
“Emanaciones me hicieron poco intelectual, dice escritora”, fue el encabezado en el periódico The Times of London, y Brady se sintió ofendida, al afirmar que la voz en el nuevo libro fue la misma que había usado en su obra intelectual ganadora del premio Whitbread.
Uno llega a la conclusión de que ni Conker ni sus abogados saben mucho del negocio editorial —es decir, si realmente creyeron que Brady había sufrido al empezar a escribir un thriller. Aunque el título “Bleedout” resulta referirse, decepcionantemente, a una carnicería kosher en vez de a una masacre humana, le ha ido bien, al vender aproximadamente 50 mil copias en Gran Bretaña.
Lo que está detrás de la controversia de Brady, por supuesto, es la suposición de que ese género de ficción —misterios, thrillers, romances, historias de terror— es una forma de visitar los barrios bajos literarios. Tendemos a pensar que estas clases de libros son más fáciles de leer, así que deben ser más fáciles de escribir, y por el hecho de ser entretenidos, es imposible que puedan ser “serios”.
La distinción entre intelectual y poco intelectual —entre escritura de género y literaria— es, en realidad, relativamente reciente. Charles Dickens escribió novelas de misterio y terror, sólo que nadie pensó en llamarlas así. Más tarde, la ficción barata, a menudo, era cruda y escrita según una fórmula, aunque también podía ser estimulantemente atrevida, al tomar temas que la ficción formal ignoraba, y a la larga, unos cuantos escritores de ficción barata, Raymond Chandler y Dashiell Hammett, por ejemplo, se ganaron un lugar en el gusto popular. Lo inexplicable es que eso no suceda muy a menudo. Tanto Ian Rankin, escritor de misterio británico y Stephen King, maestro del terror, se han quejado sobre un doble estándar, de hecho, una conspiración, entre los críticos que tienden a aislar la escritura de género y evitar que sus practicantes sean tomados en serio.
Pero si hay una conspiración, es una en la que los autores, o por lo menos los autores intelectuales, están implicados, al adoptar seudónimos frecuentemente cuando quieren juguetear, por decir, con la obra de género criminal. El caso reciente más curioso es el de John Banville, ganador del Premio Booker, quien ha publicado dos novelas de misterio muy reconocidas bajo el nombre de Benjamin Black, aunque no se ha preocupado por mantener en secreto su verdadera identidad.