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Edición del DOMINGO 17 de Febrero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Música 
‘Yo estuve allí’, un guayaco en Woodstock
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Cuando tenía 22 años, Sergio Perez (foto ahora) estaba en medio de un evento histórico.
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Texto: Sergio Pérez, especial para La Revista | Foto de Woodstock: cortesía de Baron Wollmann (originalmente publicada en la revista LIFE, septiembre de 1969).

Fue el ‘evento musical del siglo’ para este colaborador de EL UNIVERSO. Nunca antes se había  visto en una tarima  a tantos   talentos juntos ni a tanta gente celebrándolo.

Al final de la convulsionada década del sesenta se comenzaron a suceder festivales de rock masivos alimentados por una creciente contracultura de jóvenes melenudos en franca rebeldía de los valores tradicionales y sobre todo buscando un estilo de vida dionisiaco para simplemente “pasarla bien”.

De vacaciones en Europa, en el verano de 1969, estaba yo con mi inseparable mochila en París cuando en una carta me entero de un festival llamado Woodstock por efectuarse en la campiña del estado de Nueva York a mediados de agosto. Era mi hermano que, con 16 años, ya tenía los boletos y me animaba a llegar con tiempo suficiente para estar presentes en esta celebración de paz, amor y música de tres días.

Me acuerdo haberme quedado estupefacto por la cantidad de agrupaciones famosas que en un extenso listado ponía mi imaginación a volar. Aficionado empedernido a los conciertos de rock y blues, en todas sus formas y derivados, no salía del asombro pensando que iba a observar desde la eximia folclorista Joan Báez hasta los aullidos bluseros de Janis Joplin.

Algo me decía que tenía que regresar a tiempo a Nueva York, reunirme con mi hermano y asistir a lo que se denominaba Woodstock Music And Art Fair, esto es, no era solamente un festival de música sino también un festival de artes plásticas.

Como para prepararme para el evento me fui al National English Jazz And Rock Festival en las afueras de Londres con la agrupación original de Pink Floyd a la cabeza, antes de volar a Nueva York y agarrar un bus con mi hermano rumbo a Bethel, Nueva York, ya que las autoridades de Woodstock temiendo un desastre logístico habían impuesto una prohibición al festival. Los organizadores, sin embargo, como un golpe de mercadeo, mantuvieron el nombre de Woodstock en honor al pueblito que el mítico Bob Dylan había escogido como su hogar.

El pueblito de Bethel, engañado por los promotores, había emitido un permiso para montar un festival de  música y artes creyendo en las predicciones de un público no mayor  a 50 mil personas, y hacia allá nos dirigíamos todos los que aquel jueves 14 de agosto por la tarde agarramos un bus en Penn Station, en la ciudad de Nueva York, sin sospechar siquiera nuestro rumbo incierto. “El encanto de lo desconocido” sería una forma de describir lo que, en las próximas horas, ocurriría.
 
Largo trayecto
Nadie, literalmente, nadie en EE.UU. se quiso perder el festival y por lo tanto las principales carreteras se cerrarían, los carros uno tras otro permanecían inmóviles en la vía. Eventualmente llegaron por arriba de 450.000 personas entre las cuales estábamos nosotros, bajando del bus para comenzar una caminata con ribetes de peregrinación bíblica a medida que nos juntábamos con cientos y miles de otros cristianos en la misma jugada.

Mientras caía la noche, empezábamos a llegar a los 600 acres que los organizadores le habían arrendado  al ganadero Max Yasgur. Ya habíamos entablado amistad con gente equipada con una carpa donde totalmente exhaustos pudimos dormir en compañía de otras personas.

Con el ruido de un insistente martilleo me desperté temprano en la mañana del viernes 15. Estaban terminando el escenario en la parte baja de un anfiteatro natural y muy hermoso como perfecto marco para el festival.

Con instinto protectivo salí a buscar comida para mi hermano y yo, topándome  con un bosque a mis espaldas perfectamente arreglado con senderos como “Groovy Way” o “Highway” repletos de tienditas vendiendo desde inocentes artesanías hasta una amplia gama psicotrópica.

Ya en la planicie me llevé un susto pensando que finalmente habían llegado los extraterrestres.  Con soga, caña y piedra impresionaban los primitivos y gigantescos  conjuntos escultóricos que efectivamente daban fe de que este era un festival de música y arte.

Habiéndonos reconocido ya, durante el día, como la tercera ciudad más grande del estado de Nueva York, como opositores a la guerra de Vietnam, defensores de la integración racial y la legalización del cannabis, nos acomodamos para la iniciación del festival por la tarde.

Richie Havens comenzó tocando en solo mientras los organizadores del evento se hacían nudo encontrando helicópteros adecuados para traer músicos por aire ante el bloqueo monolítico de las carreteras.

Country Joe también en solo y en cánticos obscenos antiguerra inflamó el ambiente para Sly And The Family Stone, que incitaba a una orgía en masa a continuación. Cerca de la medianoche y con Ravi Shankar en escena  comenzó a llover y para el turno de Joan Báez ya se había convertido en un diluvio con rayos y truenos que en ningún momento opacó la belleza lírica en la pureza vocal de esta gran artista que nos deslumbró con el idealismo de I Shall Be Released y el himno integracionista de We Shall Overcame.
 
Truenos y sorpresas
Con los efectos de la lluvia  se acabó el orden, la seguridad, la noción clara de qué sucedía o de quién estaba a cargo.

Los episodios psicóticos por el uso de drogas psicodélicas también comenzaron a multiplicarse, mientras escuchábamos advertencias desde el escenario. El rock más eufórico tomaba fuerza el sábado 16: destacó como inolvidable el set de Carlos Santana, que con los primeros acordes de esa rumba acelerada nos puso de pie a 500 mil personas al unísono cuando, rendidos por la tormenta de la noche anterior, descansábamos bajo el sol. ¡Sencillamente espeluznante!

The Who estrenó Pinball Wizard de su rock-ópera Tommy antes de que su guitarra  cayera como garrote en la cabeza del activista Abbie Hoffman, que enloquecido por la fiesta trataba de agarrar el micrófono.

Pero la música en el escenario era solo parte de la escena. Había comunas enteras en buses psicodélicos como la del británico Christoper Tree que hacían su propia música utilizando gongs de todos los tamaños y diversas escalas musicales. La comunidad hippie Hog Farm ayudó con la comida, pero fue el gran espíritu de solidaridad en el público asistente, que se mantuvo pacífico y generoso con el prójimo fiel al espíritu comunitario del sesenta, lo que salvó el festival.

Joe Cocker con un coro extravagante, Ten Years After y Credence Clearwater con el mejor rock duro del festival, y Crosby, Stills And Nash (todavía no se unía Young) debutando en público con un rock acústico sublime,  fueron grandes momentos artísticos.

Ante la insistencia plasmada en blanco y negro en su contrato, Jimi Hendrix tocó en último lugar que por retrasos resultó a las nueve  de la mañana del lunes 18. El recital duró dos horas y dejó otra noción del himno nacional de EE.UU. repleta de efectos de sonidos bélicos, interpretando las críticas de la nueva generación.

Aunque  mi hermano y yo siempre estuvimos bien ubicados, ante la ausencia de mucha gente, nos colocamos cerca del genio máximo de la guitarra eléctrica que terminó el set y el festival con Hey Joe.

Irreconocibles, tapizados de lodo regresamos a un elegante hotel en la Quinta Avenida de la ciudad de Nueva York, donde escépticos y escandalizados empleados dudaban de la autenticidad en la reservación.  Woodstock fue inmortalizada después en un documental que dio la vuelta al mundo. Lo vi varias veces, pero nada es igual a esos tres días allí.


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