Usualmente se trata de alcohol o drogas, que son las sustancias adictivas más usadas. La adicción es una enfermedad muy traicionera, ya que el consumo de la sustancia estimula los centros cerebrales del placer y este mecanismo incentiva la repetición de la conducta hasta volverla adictiva.
Con el tiempo la persona desarrolla tolerancia, es decir, necesita más de la sustancia para obtener el mismo efecto. Asimismo desarrolla dependencia psicológica y física a la sustancia, es decir, la convierte en parte central de su vida, que comienza a girar en torno a ella.
Cuando el adicto intenta dejarla, la reacción del organismo es tan fuertemente negativa que debe seguir consumiéndola para, primero, eliminar estos estragos o síndrome de abstinencia y, segundo, sentir placer.
El individuo comienza a tener miedo de dejarla, empieza a desesperarse cuando siente que se le puede acabar o que no tendrá el dinero, o crédito, suficiente para conseguirla. Aquí es cuando comienza a cometer más torpezas, incumplir compromisos, robar. Su esclavitud al alcohol o las drogas termina invadiendo todos los estratos de su vida personal, conyugal, familiar, social y laboral.
Pero es en el hogar donde más se siente el impacto, ya que al ir acumulándose las evidencias sobre su adicción, su primera línea de defensa es la negación rotunda y la búsqueda de otros temas para discutir, en el afán de llevar el problema a otro escenario.
No es raro que el adicto recurra a conductas violentas y agresivas con el objeto de amedrentar a su pareja o familia, y así alejarlos de la posibilidad de analizar el centro del problema. Aquí empieza el vía crucis para todos, ya que se corta la comunicación y se impide la ayuda cuando más se necesita.
Además, el estrés causado lo empuja a sentir justificación en consumir más de la sustancia adictiva, cayendo más bajo, denigrando más su vida, camino hacia el fondo.
Cuando un adicto “toca fondo” finalmente acepta su impotencia frente al problema y comprende que necesita ayuda. Y es aquí donde pueden intervenir organizaciones especializadas en darles la asistencia adecuada a él y a su familia. Pero, ¿es necesario esperar a que llegue al fondo?
A veces no hay alternativa o no hay la ayuda disponible. Pero en muchos casos podría ser demasiado tarde, y una intervención temprana podría ser la diferencia entre tener que recoger los pedazos o evitar que se rompa.
¿Cómo intervenir? No es sencillo. Tener que hablarle a un ser querido sobre cómo la calidad de su vida se ha deteriorado y cuán en riesgo está su futuro es sumamente doloroso. Pero a la hora de la hora hay que actuar, y decididamente.
Hay que estar preparado para recibir negativas, evasivas, amenazas y no hay que esperar tener éxito en el primer intento, o en el segundo. Se debe perseverar, explicándole que él al buscar la droga o el alcohol no buscó ser adicto, que la misma droga con el consumo repetido fue cambiando la estructura de su cerebro y lo convirtió en una persona enferma, no muy diferente a un diabético o un asmático.
Es necesario que comprenda que mucho del daño que se causó a sí mismo y a los demás con su conducta bajo la influencia de la droga no fue culpa suya, sino de la droga, aunque sí es responsable por dichos resultados. Debe también comprender que el primer paso para reparar los daños causados es comprometerse a alejarse de dichas sustancias.
Obteniendo su compromiso para rehabilitarse entonces ya se puede diseñar el programa terapéutico más apropiado, con la ayuda de los profesionales y las organizaciones especializadas.
Si usted se siente mencionado en estas líneas, si ha notado que alguien en su familia cercana ha cambiado visiblemente sus hábitos de vida, descuida su trabajo, desaparece por horas sin explicación, tiene gastos injustificables, llamadas telefónicas misteriosas, su sueño es alterado y su comportamiento es errático, póngase en alerta. Y si es de intervenir, hágalo pronto.