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Edición del DOMINGO 17 de Febrero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Cine 
Placeres culpables, el cinéfilo pirata
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

En la nunca satisfecha búsqueda de grandes películas en las pantallas locales, ahora los tesoros se encuentran en las tiendas de videos ilegales.

El momento tenía que llegar, especialmente cuando un amigo abogado con intereses parecidos a los míos en los clásicos del cine  me dio el visto bueno. “No queda más, es absurdo gastar los platales que cuestan estos videos cuando los compras por internet o cuando viajas. Vas a cualquier videoclub de tu esquina y te los venden o alquilan en uno o dos dólares”. En esos escaparates locales hay de todo: desde Chaplin y sus obras maestras hasta las películas nominadas al Oscar 2008, de las cuales ninguna ha sido todavía estrenada oficialmente en estas tierras.

Esto motivó reflexiones éticas que me llevaron al dilema central: “ser o no ser pirata”. Para un aficionado al cine en una ciudad donde cada vez se reducen más los horizontes de la programación cinematográfica, los hallazgos de montones de películas vistas hace años junto con aquellas que nunca pude ver son un anzuelo demasiado tentador. Hay alternativas viables en los malls de algún material con derechos, pero nunca se encuentra allí la inmensa variedad de ofertas que uno descubre en estos pozos sin fondo de DVD de todos los géneros y procedencias.

Lo más grave es la hollywoodera, retrógrada y poco pluralista oferta en las salas de los malls. Claro, allí el criterio es enganchar a ese espectador común que solo busca en el cine dos horas de entretenimiento feliz y nada más. Cultivar lo que sería un esbozo de una sociedad con intereses cinematográficos ligados a una visión más democrática de la existencia nunca sería un objetivo viable. Esto es funesto, especialmente porque lo que se masifica de esta manera es lo fácil, lo común, lo simplista: la risa o la violencia manipuladas para vender la nada.

Por allí anda también un viejo compañero de mis años colegiales que es ‘el último de los mohicanos’: un cinéfilo ultrapurista que jamás aceptaría ver una película en pantalla de televisión en lugar de la pantalla grande. “Es preferible no verla”, dice. Esto motivó furiosas discusiones donde yo siempre me sentía el perdedor. ¿Quedarme sin ver una desconocida película de Antonioni simplemente porque no llega en celuloide? El vacío es imperdonable y ahora que el MAAC Cine patalea en manos  de programadores que hacen improvisados pinitos, uno está obligado a hacer visitas semanales a pequeñas tienditas donde las sorpresas nunca faltan.

En uno de mis placeres más culpables pude ver hace unos días Eastern Promises (Promesas del Este), el nuevo filme del canadiense David Cronenberg, que tiene algunas nominaciones al Oscar, incluyendo la de su actor protagónico, Viggo Mortensen. Es una visión brutal y sardónica, la mafia rusa parece haberse tomado Londres y el héroe de esto (Mortensen, que aquí merece el premio) es el chofer-matón que vive todos los indescriptibles horrores con una sonrisa muy parecida a la de Clint Eastwood cuando despachaba a los villanos en Dirty Harry. En su cuerpo están los tatuajes que prueban toda una vida sin barreras.

Sabemos muy poco de la gente que no es parte de este círculo infernal y sospecho que a Cronenberg lo que más le interesa es demostrar que la globalización desbocada es el verdadero mal y estos escorpiones de la muerte una salida, más o menos como el psicótico delincuente de La naranja mecánica. Lo único que nos queda es el libre albedrío para hacer lo nuestro.

Como jugar a la piratería.


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