Las aguas bajaron desde el viernes y quedó un panorama devastador. Muchas familias perdieron lo poco que tenían, casas de madera y caña, pertenencias, cultivos y animales, y muchos también perdieron la fe, pues creen que el invierno continuará afectándolos.
Además, el desastre vislumbra una verdad dolorosa: la pobreza y la miseria en la que viven miles de ecuatorianos como los ubicados en la zona costanera de la provincia del Azuay, en las comunidades del cantón Camilo Ponce Enríquez, donde la creciente de los ríos Siete, 9 de Octubre, Gala y Tenguel afectó a poblaciones enteras.
En Shumiral, Pablo Vera se niega a volver a la coop. Juventud por sus Derechos, que nació hace tres años cuando más de 20 familias invadieron los terrenos y donde todos perdieron sus casas y estuvieron a punto de perder incluso la vida.
“El sábado por la tarde no dejaba de llover y llegó un olor a lodo podrido, cuando abrí la puerta el agua había tapado mis cultivos y al salir me llegaba hasta la cintura, grité pero nadie me oyó. Así que saqué fuerzas, cargué a mi último hijo y tomé a los dos más grandecitos de las manos, y levantándolos los saqué”, narró con desolación Marisol Eras.
Ella perdió todo al igual que los hermanos Telmo y Froilán Cabrera. Ellos permanecen ahora en casas de familiares.
En el barrio Nueva Esperanza, las hermanas Celia y Ximena, de 14 y 11 años, en su orden, amarraron con alambres las latas de zinc de la cocina que se llevó la creciente el lunes anterior, pero su desesperación es la falta de ayuda para sacar del lugar a su abuelo Antonio Romero, quien agoniza con cáncer.
En otros sectores como San Pedro y San Jacinto se desplomó un puente y hay constantes derrumbes.
Cifras
$ 500
Mil. Es la cifra que destinó el Consejo Provincial de Azuay para reactivar las vías.