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| Nicholas D. Kristof | |
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Genocidio anunciado |
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El sur de Sudán es rico en petróleo, pero su pueblo está entre los más pobres del mundo. Tan solo uno por ciento de las niñas en este lugar termina la educación primaria, lo cual significa que una mujer joven tiene mayores probabilidades de morir durante el embarazo o el parto que de saber leer y escribir. Aquí, la lepra y el ébola persisten.
El gobierno sudanés lanzó el primer genocidio del siglo XXI en la región de Darfur, y ahora todo parece indicar que se está preparando para dar comienzo al segundo aquí, entre las chozas de techo de estaño del sur de Sudán.
El sur de Sudán es rico en petróleo, pero su pueblo está entre los más pobres del mundo, mucho más pobre que los habitantes de Darfur. Tan solo uno por ciento de las niñas en este lugar termina la educación primaria, lo cual significa que una mujer joven tiene mayores probabilidades de morir durante el embarazo o el parto que de saber leer y escribir. Aquí, la lepra y el ébola persisten.
El sur de Sudán es del tamaño de Texas, pero solamente tiene 16 kilómetros de camino pavimentado y casi no hay suministro de electricidad; prácticamente la única agua potable por aquí es el Nilo.
La pobreza, mayormente, es el resultado de la guerra civil entre el norte y el sur de Sudán, misma que ardió a lo largo de la porción sur del país durante veinte años y cobró dos millones de vidas. Para muchos pobladores empobrecidos, su única exposición a la tecnología moderna ha sido soportar los bombardeos de la Fuerza Aérea de Sudán. Finalmente, la guerra terminó, gracias, en parte, a la firme presión de Estados Unidos en 2005 –con un histórico acuerdo de paz–, pero la paz actualmente está titubeando.
El presidente sudanés, Omar al-Bashir, se está alejando del acuerdo de paz, al tiempo que impulsa a milicias árabes a que reaviven la guerra en contra de las fuerzas militares del sur de Sudán. Desde finales del año pasado, han estallado choques armados de poca intensidad y todo parece indicar que es cada vez más probable que Darfur se convierta meramente en el prólogo de un conflicto mucho más sangriento que abarque todo Sudán.
Incluso mi presencia en este país es una indicación de las crecientes tensiones, así como del recelo. El gobierno sudanés se niega a expedirme visa, pero las autoridades del sur me permitieron entrar desde Kenia, sin visa, ya que ellos quieren que se haga del dominio popular que la guerra está de nuevo en el horizonte.
Las autoridades del país en áreas en disputa, como las Montañas Nuba y el estado Nilo Azul, también me dieron la bienvenida, en vez de detenerme, aun cuando esas áreas están técnicamente del lado norte de la línea divisoria. Oficiales locales en ambas áreas me advirtieron que Bashir y su partido político de árabes radicales se están preparando con miras a darle nueva vida a la guerra en contra de grupo no-árabes, en el sur y centro del país.
“Si la situación sigue como está actualmente, estallará la guerra”, dijo Sila Musa Kangi, el comisionado de Kormuk en Nilo Azul. “Y puede estallar en cualquier momento”.
Si bien la gente habla de una nueva “guerra”, es más probable que la violencia se asemeje a lo que ocurre en un matadero. Si es como la última vez, milicias árabes patrocinadas por el gobierno masacrarían a civiles para, de esa forma, aterrorizar a poblaciones locales y expulsarlos lejos de yacimientos de petróleo.
Bajo el trato del 2005 que puso fin a la guerra, se supone que Sudán debe celebrar elecciones a comienzos del año entrante, pero es improbable que Bashir las permita, ya que casi seguramente terminaría perdiéndolas. De manera similar, es poco probable que Bashir se ciña a su compromiso relativo a permitir que el sur del país efectúe un referendo en 2011 para decidir si se separa o no de Sudán, debido a que los sureños muy probablemente votarían abrumadoramente a favor de la independencia; además, más de tres cuartas partes del petróleo del país están en el sur.
De hecho, el gobierno sudanés ya está dando marcha atrás con respecto a sus compromisos bajo el Amplio Acuerdo de Paz, conocido en inglés como CPA: Aún no ha retirado todas sus tropas del sur; no ha aceptado un informe de la comisión de límites para el área de Abyei, rica en petróleo; sigue demorando un censo que hace falta para las elecciones; y todo parece indicar que está despojando al sur de ingresos del petróleo. Además, tanto Estados Unidos como otros países han accedido a todo esto.
“Nosotros le decimos a la comunidad internacional: ‘ustedes fueron parte del surgimiento del CPA, y después se marcharon’”, dijo Rebecca Garang, la viuda de quien ha sido líder del sur desde hace ya tiempo, John Garang. “Debe regresar y ver cómo está el bebé”.
Quienes se concentraron en las atrocidades cometidas en Darfur, yo mismo incluido, pudieran haber desviado el reflector de la atención popular del sur de Sudán. Sin aligerar la indignación con respecto a la región de Darfur –donde el derramamiento de sangre ha sido alarmante, en particular en últimas fechas– nosotros debemos ampliar el enfoque para incluir la amenaza que se cierne sobre el sur.
Una de las lecciones de Darfur, Ruanda y Bosnia es que resulta mucho más fácil evitar un genocidio anticipándose que recogiendo los pedazos más tarde. Así que no esperemos hasta que se vuelvan a oír de nuevo los disparos a lo largo de todo el sur.
Hay algunas medidas que Estados Unidos puede poner en práctica para reducir el riesgo de una nueva guerra. Los estadounidenses podemos trabajar de la mano de la comunidad internacional para elevarle los costos a Bashir por desafiar sus obligaciones con el tratado.
Además, podemos advertirle a Sudán que si da inicio a una nueva guerra, nosotros vamos a suministrarle armas antiaéreas al sur, para así dificultarle al norte la reanudación de bombardeos de hospitales, iglesias y escuelas. De manera similar, los estadounidenses podemos sacar a colación la posibilidad de brindarle protección al sur con una zona de exclusión aérea, lo cual bastaría para disuadir a Bashir de lanzar incluso otro genocidio.
© The New York Times News Service. |
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| Iván Verduga Vélez * |
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