Nadie puede estar seguro de si la promesa de Fidel Castro de hacerse a un lado ofrece una esperanza distante de resarcir las diferencias entre Cuba y Estados Unidos, o si es sólo un recordatorio de lo difícil que eso sería.
Dictador o héroe, terminó el control de Fidel Castro sobre el poder, y no pareció importarle a nadie. Las calles estaban tranquilas, como si no hubiera pasado nada.
Desde luego que las cosas no siempre son como parecen. Mi visita reciente a Cuba empezó como una reunión de dos partes de mi familia a quienes la política internacional había mantenido divididas durante décadas. Miriam, mi esposa, dejó allá a mucha de su familia cuando su abuela la sacó de Cuba, en 1962. Ella y yo habíamos realizado visitas a través de los años, pero siempre había tenido miedo de llevar a nuestros tres hijos. Ahora que son adultos, Miriam quería que conocieran a la abuela a la que nunca le habían dado un beso, y a la patria que sólo habían visto en fotografías.
En nuestro hotel, de 133 años, la camarera acudió a trapear el mugrero causado por una fuga en una tubería. Después de conversar durante unos minutos, se asomó al corredor para revisar que no hubiera supervisores y cerró la puerta. Sólo entonces habló con el corazón.
“Nadie lo dice, pero todo el mundo sabe que alguien nuevo podría ser peor que lo que tenemos ahora”, susurró.
Fue la clase de declaración en que he aprendido a confiar porque no nace ni del temor ni de un deseo de ganar un favor.
Pese a tener más que suficiente motivación para exigir un cambio —frecuentes desabastos, vivienda decrépita, la crueldad de tener una moneda para los turistas y otra con mucho menos poder adquisitivo para los cubanos— dijo que le temía más al cambio que al status quo. Entonces volvió a asomarse al corredor.
Tal nerviosismo podría parecer extraño para los estadounidenses. Después de todo, el cambio parece estar en los labios de todo candidato presidencial.
Pero justo cuando los estadounidenses debaten lo que significa el cambio, y cómo lograrlo, los cubanos ven el cambio en muchas formas diferentes. Después del anuncio de Fidel, los periódicos del Partido Comunista y la televisión controlada por el estado desestimaron en tono burlón los reportes noticiosos extranjeros de que el cambio estaba repentinamente en el aire sobre Cuba.
“Hablan sobre la llegada de una época de cambio, como si la revolución no hubiera sido una época de cambio desde el principio”, dijo en una transmisión Lázaro Barredo Medina, director editorial de Granma, periódico del partido.
El 24 de febrero, La Asamblea Nacional Cubana eligió a Raúl Castro para que sea el Presidente y Comandante en Jefe, con lo que se puso fin al gobierno de 49 años de su hermano.
Lo cierto es que las cosas sí han cambiado desde mi primer viaje a Cuba, en 1978.
La fuerte presencia de la Unión Soviética en ese entonces es ahora una sombra débil, reflejada en los cubanos de ojos azules llamados Yuri. Parece haber más automóviles nuevos y más comida rápida en las calles, y más edificios en reparación. Pero no mucho ha cambiado o ha empeorado.
Se ven más casos de dos o tres generaciones de familias que comparten los mismos departamentos pequeños. El arresto e interrogatorio y otros problemas aún aquejan a personas que disienten en formas tan insignificantes como usar una pulsera de plástico grabada con la palabra “cambio”. La prensa todavía está controlada, y la deslealtad hacia el Partido Comunista todavía provoca la sospecha de los vecinos, que puede llevar a la pérdida de un empleo o de una casa. Los disidentes aún son enemigos del estado.
Pero muchas personas que conocimos compartían el temor expresado por Miguel, teniente coronel del ejército retirado de 62 años, que vive en Altamar, en las inmediaciones de La Habana. Miguel conduce un Dodge 1958 con frenos en mal estado. Dijo que sólo le preocupaba una cosa después de Castro: lo que llamó la americanización de Cuba.
Con eso quiso decir un capitalismo salvaje que podría quitarles a los cubanos las mejores casas, las mejores tierras y las mejores fábricas.
En resumen, si una transición significa que podrían quitarles lo poco que se las han arreglado para adquirir, preferiría no cambiar.
La revolución misma ha hecho que muchos cubanos, entre ellos nuestros familiares en Cuba, estén hartos de las promesas de cambio. Ya se cansaron hace muchos años de sacrificarse por un mañana ideal.
Cuando finalmente nos reunimos, tres días después del anuncio de Fidel, los hermanastros y hermanas de Miriam me dijeron que sus preocupaciones principales eran tener suficiente comida, zapatos para sus hijos y llegar a tiempo al trabajo cada día.
Los líderes de Cuba también temen un cambio repentino porque debilitaría la leyenda oficial de una revolución socialista triunfante. Desde luego, Fidel Castro ha dirigido la resistencia al cambio, al retener el poder durante tanto tiempo que ha pasado de arrojado joven rebelde a anciano senil ante los ojos del mundo. Postrado en cama durante la mayor parte de los últimos 19 meses, Castro ha rechazado con terquedad hacerse a un lado hasta ahora.
La presencia de Fidel se seguirá sintiendo, aún y cuando, como lo ha prometido, se vuelva un simple “soldado de ideas”, dedicado a pensar y escribir.
Sentado en un viejo café, en La Habana, un amigo me planteó las cosas de esta manera: Fidel es como un inmenso Airbus que deja tanta turbulencia en su estela que otro avión no puede despegar o aterrizar atrás de éste, hasta que el aire se despeje.
Aún en su ausencia del poder, Fidel determinará las acciones de su sucesor.