Hoy en la misa, para advertirnos sobre quién nos hace ver las cosas como son, nos contarán la curación de un ciego. Y como nos la narrarán con pelos y señales, trataré de resumirla todo lo posible.
Le preguntan a Jesús por qué un mendigo al que contemplan todos no puede ver desde su nacimiento; que si se debe a que ha pecado él, o a que han pecado sus papás.
Jesús explica que su ceguedad no se debe a un pecado, sino que está al servicio de un divino plan. E inmediatamente cura al ciego de manera inesperada: “Escupió en el suelo –nos dice el evangelio–, hizo lodo con la saliva, aplicó el lodo en sus ojos y le dijo: Anda, lávate en la piscina de Siloé, que significa enviado. Fue, pues, se lavó y volvió con vista”. A su regreso no encontró a Jesús. Pero mientras volvía, borracho de colores y de luces, no pudo menos de anunciar su curación. Con lo cual causó el revuelo de vecinos y de amigos.
Le llevaron a los fariseos. Pero estos cumplidores de la Ley, siendo sábado aquel día, no admitieron ni la rectitud moral del sanador ni la existencia de una verdadera curación.
Llamaron a sus padres para que resolvieran el enigma de su curación. Mas estos, temerosos de que los echaran de la sinagoga, no quisieron dar ninguna explicación.
Nuevamente interrogaron al ex ciego. Y como no lograron que dijera lo que deseaban, lo declararon “empecatado desde el nacimiento”, y lo expulsaron de la sinagoga.
Jesús, después hablar con él y de escuchar que lo reconocía como salvador, les dijo a todos los presentes: “Yo he venido a este mundo para un juicio, para que quienes no ven, vean, y los que ven se vuelvan ciegos”.
Jesús no quiere a nadie ciego. Pero su vida obliga a una postura. De modo que quienes lo acogen gozan de su luz, y quienes lo rechazan se hacen ciegos.
Pero a usted y a mí, que vemos porque Dios nos ama, el milagro nos remueve por la medicina utilizada: una pizca de polvo pisado, otra pizca de saliva de Jesús y el agua de una fuente no cercana. Tres absurdos elementos.
Mas la obediencia del mendigo –que va a lavarse como le han mandado– no es absurda sino razonable. Y por eso el Señor hace el milagro. Para que usted y yo aprendamos que si Dios lo quiere, aquello desproporcionado o hasta absurdo será precisamente lo que nos hará felices.