Hasta con sarcasmos, lo que previamente había sostenido pero firmando este nuevo ensayo bajo otro seudónimo. Y luego entablar entre ambos (podríamos decir seudónimos?) una áspera polémica.
En parte esto reflejaba su propia vida tan llena de dudas, temblores y angustias. De Kierkegaard diría Borges en su biblioteca personal: “Como aquel otro celebrado danés, el príncipe Hamlet, frecuentó la duda y la angustia, voz de origen latino a la que dotó de un nuevo escalofrío”.
Tal como le sucedió a Nietzsche, ese otro del racionalismo hegeliano, Kierkegaard exhibía una forma tan peculiar de comportarse, de caminar, de vestir, que en más de una ocasión fue víctima de crueles burlas. “Si Cristo regresara al mundo”, escribió luego de que una serie de caricaturas sobre él aparecieran en un diario, “quizás no sería matado, sino ridiculizado. Ese es el martirio en la edad de la razón”.
Aunque Unamuno no se propuso hacer una biografía de Kierkegaard cuando escribió Niebla, lo cierto es que hay mucho de la personalidad del danés en la figura de Augusto Pérez, el personaje central de esta genial obra. El propio Unamuno no esconde su afición por el autor de O lo uno, o lo otro.
Según confiesa, se dedicó a aprender el danés (uno de los catorce idiomas que llegó a conocer) con el propósito de leer directamente la obra de Kierkegaard, de la cual se había enterado leyendo a un crítico de Ibsen.
La novela trata de de la historia de Augusto Pérez, un joven rico y solitario que acaba de perder a su madre. Se encuentra frente a un mar de incertidumbre, envuelto en una densa niebla, sin saber qué hacer y dónde ir; sin una identidad, en definitiva.
Esta situación de angustia se disipa, o parece disiparse, cuando Augusto conoce a Eugenia de la que se enamora. Augusto comienza entonces a preocuparse por conocer si él ha dejado de ser tal para convertirse en lo que Eugenia piensa de él, o si aún él retiene su yo.
Es una tensión que parece no resolverse: entre la personalidad de Augusto y el rol que él tiene en los otros. Si, como decía Platón, pensar es conversar con uno mismo, el lector quedará absorbido por una sucesión de diálogos que Augusto emprende consigo mismo. Diálogos íntimos que demuestran una inmadurez solo comparada con su ridiculeces.
Sin embargo, a través de una serie de desgracias, Augusto -como muchos de nosotros- comienza a tomar conciencia de quién realmente es él. Al final parece caer en cuenta que él es simplemente una obra de ficción. Que él simplemente es lo que otro, en este caso Unamuno, quiere que sea.
Es entonces cuando Niebla da ese giro que la ha hecho legendaria: Augusto Pérez resuelve ir a verlo a Unamuno y enfrentarlo. En su debilidad hay algo de rebeldía al fin. Se ha revelado contra su no existencia. Le advierte a Unamuno que no podrá suicidarse por ser un ente de ficción.
Antes de morir, sin embargo, Augusto le manda un enigmático telegrama a Unamuno (“enhorabuena se ha salido usted con la suya...”). Toda la novela aparece como una disquisición metafísica en la que Unamuno (¿o Dios?) se desdobla una y otra vez, se reinventa así mismo para dejarnos en una mezcla de desconcierto y absurdo. La novela termina con una oración fúnebre a cargo de Orfeo, el perro de Augusto.
Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936) fue una de las figuras más importantes del movimiento modernista español conocido como “la generación del 98”, que incluía a escritores como Machado, Ortega y Gasset, Pío Baroja y Azorín.
Los temas que dominaron la obra de Unamuno fueron el conflicto entre vida y pensamiento, entre la razón y el cristianismo, y la tragedia de la vida humana que no ofrece consolación alguna. En muchos aspectos Niebla aborda problemas que luego serán tocados por Kafka, Pirandello y, en general, el Existencialismo. Al igual que el danés Kierkegaard, Unamuno no formuló un sistema filosófico completo.