En el 2004 sucedió algo similar en Argentina. Desde entonces, y al contrario de lo que algunos temieron, en Latinoamérica no ha vuelto a suceder este tipo de hechos.
En el mismo periodo de tiempo han ocurrido tres matanzas estudiantiles en Europa, una en Australia, una en Canadá y 28 en EE.UU. ¿28? Tantas matanzas en poco más de tres años equivale aproximadamente a una cada 45 días. ¿Qué está ocurriendo en ese país?
¿Videojuegos? ¿Armas?
En su filme-documental Masacre en Columbine, Michael Moore habla de la competitividad característica de la cultura de ese país como el origen de la cultura de violencia que define a EE.UU. Esta competitividad se da quizás por la degeneración de valores culturales que ponen demasiada importancia a ser el Nº 1, a tal punto que sobresalir ha dejado de ser una opción para convertirse en una necesidad. Según Moore, los videojuegos, el cine y la TV son solo manifestaciones externas de una cultura competitiva que rinde cierto culto a la violencia.
El panorama se complica porque en EE.UU. es fácil comprar armas por correo, dado que las leyes restringen muy poco su uso. Como factor complementario, Moore menciona la mayor presión económica que más de dos décadas de gobiernos conservadores han puesto en la gente de escasos recursos, a tal punto de que muchos padres necesitan dos trabajos y no tienen tiempo para inculcar valores a sus hijos.
Las drogas
Según el escritor Mike Adams, todos los jóvenes que han sido autores de casos de violencia estudiantil han estado en tratamientos psiquiátricos, particularmente con antidepresivos SSSI, en cuya familia está el famoso Prozac.
Un dato curioso es que Prozac se empezó a comercializar en 1988 y que a inicios del noventa estas matanzas empezaron a ser cosa común. Adams acusa a la industria médica de EE.UU. de ser en extremo mercantilista y ver a los antidepresivos como una mercancía más que, como tal, tiene que “abrir mercados”.
Pude corroborar que hay una impresionante correlación entre los asesinatos estudiantiles y el uso de antidepresivos, pero esto no necesariamente prueba que estos fueron los causantes de los crímenes. En todo caso, queda la duda, especialmente porque uno de los posibles efectos secundarios de los SSSI es desconectarse de la realidad.
Mark Taylor, una de las víctimas de la famosa masacre en Columbine, Ohio, escribió en su libro Yo pedí, Dios respondió: el milagro de Columbine, “¿por qué nos preocupamos sobre los terroristas en otros países cuando las farmacéuticas han probado ser nuestros más grandes terroristas al difundir estas drogas en un público inocente?”.
Para sorpresa de los psiquiatras ortodoxos, en el año 2005, Steven Sharfstein, entonces presidente de la American Psychiatric Association, admitió públicamente que muchas veces se recetan antidepresivos cuando no se debería, e indirectamente criticó a los médicos que aceptan estímulos de las farmacéuticas interesadas en aumentar sus ventas.
Asociaciones como el International Center for the Study of Psychiatry and Psychology, Mind Freedom y la International Coalition for Drug Awareness se dedican a luchar por acabar con lo que ellos perciben como un caso de corrupción médica a merced del bienestar de la gente.
La suma de todo
La agresividad y la competitividad enraizada en la cultura de EE.UU., la familiaridad con la violencia que ocasionan los videojuegos y la industria del entretenimiento, la falta de tiempo de los padres para sus hijos y la facilidad para conseguir armas, parecen ser condiciones propicias para que ocurran estas matanzas.
En este escenario, es una posibilidad que merece atención que los antidepresivos no siempre estén curando a los chicos con problemas. Los padres harían bien en explorar métodos alternativos para solucionar los problemas psicológicos de sus hijos.
Una depresión no se debería tratar como si fuera un resfriado, especialmente si simultáneamente no se están haciendo esfuerzos por solucionar el origen de los problemas.
El tema es complejo y merece análisis, especialmente si no queremos que el fenómeno se extienda a nuestros países.
Más información en elcuartojo.com
¿Por qué nos preocupamos sobre los terroristas en otros países cuando las farmacéuticas han probado ser nuestros más grandes terroristas al difundir estas drogas en un público inocente?”.
Mark Taylor,
uno de los sobrevivientes de la tragedia de Columbine.