La Revista - Logo
Edición del DOMINGO 2 de Marzo del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
::::::::: M E N Ú ::::::::::
    Portada
    El Tema
    Piqueo de la semana
    Consultorio
    Lo Nuevo
    Dr. Tecno
    Soporte Emocional
    Gente de cine
    Destino
    Cine
    El Cuarto Ojo
    El Aguacate
    Arte
    Libros
    Televisión
    Salud
    Vivienda
    Gastronomía
    Cocina de Patricia
Cine 
¿Oscar para Europa? Ellos se robaron el show
ampliar imagen ampliar imagen

Daniel Day Lewis (i), Tilda Swinton, Marion Cotillard y Javier Bardem relevaron las mejores sorpresas de otra noche soporífera.
Imprimir esta noticia Enviar noticia por e-mail
Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

Actores de Inglaterra, Francia y España dieron un zarpazo histórico en los anales de los premios cinematográficos en EE.UU.

El cuarteto que sorprendió a medio mundo el domingo pasado en la soporífera (de esto hablo después) noche televisada del Oscar tiene que ver con una tradición muy encomiable en las selecciones finales. Si bien la mil-millonaria industria de Hollywood es manejada por un establishment que la mayor de las veces encaja sus inversiones en fórmulas redundantes, la valoración del trabajo artístico no se limita a pedestres enfoques nacionalistas.

Sí ha habido precedentes: lo que sucedió hace pocos días ya se vio en 1964, cuando los actores Rex Harrison y Julie Andrews (Inglaterra), Peter Ustinov (Bélgica) y Lila Kedrova (Rusia) se llevaron la estatuilla dorada en las mismas categorías de los actuales. Lo refrescante en los resultados del 2008 es que más fuerte que nunca, muchos de los modelos y géneros cinematográficos que se destacan en la ceremonia del Oscar este año pasaron a segundo plano. Ninguna de las películas de los actores premiados es un filme común.

Daniel Day Lewis (mejor actor), el inglés que comanda Petróleo sangriento (¿le habrán puesto el absurdo título por los conflictos en nuestra selva ecuatoriana?), hace una inspirada dramatización de la vida de un magnate petrolero, desde sus inicios como minero hasta la desenfrenada y trágica visión final, donde el director Paul Thomas Anderson parece haberse inspirado en los épicos desafueros de Ciudadano Kane. Las sutiles deformaciones psicológicas que el actor trae a su personaje se desvelan aparatosamente en una escena que parece salida de una tragedia griega.

La otra inglesa es Tilda Swinton (mejor actriz secundaria), poderosa luminaria del escenario londinense –ella viene de milenarios ancestros escoceses– que se destacó en el cine vanguardista del director Derek Jarman en los años ochenta, y que después fue convocada a Los Ángeles en varias ocasiones, Narnia una de las últimas. Con su rostro fascinante y extraterréstrico, Tilda coprotagoniza Michael Clayton, un thriller de abogados inescrupulosos donde las componendas y los amarres para taponear verdades de sus clientes son la orden del día.

Marion Cotillard (mejor actriz) fue la gran sorpresa de la noche. Esta deslumbrante actriz francesa interpreta a la icónica Edith Piaf en la exitosa La Môme ('la chiquitina', en argot parisino). Descubrir la transformación de Marion –una beldad que también ha modelado en pasarelas– en la pequeña y legendaria cantante que se convirtió en el alma de una nación es una experiencia imborrable. En el resto del mundo la película se titula La Vie en Rose, nombre de la canción-bandera de la Piaf que simboliza irónicamente una vida perseguida por escalofriantes tragedias personales.

Del magnífico trabajo de Javier Bardem (mejor actor secundario) en No Country for Old Men hablamos el domingo pasado, pero al premiarlo, creo que el Oscar fue también a toda una movida de talento hispano que cada vez aumenta considerablemente su aporte en el cine mundial. Su enigmática y chocante encarnación ya entró a un canon de los grandes villanos del cine. Y Bardem estuvo a la altura en el podio: las palabras de agradecimiento en su propia lengua solo relevaron una autenticidad mediterránea latina que emocionó notoriamente al público.

Lastimosamente en el show faltó más de esas emociones. Vimos la misma letárgica extensión de todos los años, acentuada por una escenografía kitsch donde monumentales columnas transparentes levitaban para descubrir enormes estatuas doradas como si se trataran de King-Kong. Jon Stewart hizo lo que pudo, en medio de las nefastas y cursis canciones de Encantada y de peores coreografías. En este Oscar el encanto mayor vino de Europa.


© Derechos Reservados 2004 Compañía Anónima EL UNIVERSO. Todos los Derechos Reservados