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Paul Krugman | Opinión internacional
La pobreza es un veneno
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“La pobreza en la primera infancia envenena el cerebro”. Así comienza un artículo del Financial Times de la semana anterior en el que se resume una investigación presentada en la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia.

Como se explica en el artículo, los neurólogos han encontrado que “muchos niños que crecen en familias muy pobres con estatus social bajo, experimentan niveles poco saludables de hormonas del estrés, que deterioran su desarrollo neuronal”. El efecto es un retraso en el desarrollo del lenguaje y la memoria, y por tanto, en su capacidad para salir de la pobreza de esos niños.

Así es que ahora tenemos otra razón aún más apremiante para estar avergonzados por  el fracaso de Estados Unidos en el combate a la pobreza.

Lyndon B. Johnson declaró su “Guerra contra la pobreza” hace 44 años. Contrario a lo que se cree, en realidad sí hubo logros en los años siguientes, en especial entre los niños, que vieron su índice de pobreza caer de 23por ciento en 1963 a 14 por ciento en 1969.

Sin embargo, el progreso se detuvo ahí: la política estadounidense cambió a la derecha, la atención cambió del sufrimiento de los pobres a los supuestos abusos de las reinas de la seguridad social que conducían un Cadillac, y el combate contra la pobreza se abandonó en gran medida.

El 2006, 17,4 por ciento de los niños en Estados Unidos vivía por debajo de la línea de la pobreza, muchos más que en 1969. Y es probable que incluso esta medida minimice la verdadera profundidad de la miseria de muchos niños.

Vivir en pobreza o cerca de ella siempre ha sido una forma de exilio, de estar separado de la sociedad. Sin embargo, la distancia entre los pobres y el resto de nosotros es mucho mayor de lo que era hace 40 años porque el ingreso de la mayoría de los estadounidenses ha aumentado en términos reales mientras que no ha sido así con la línea de la pobreza oficial. Ser pobre hoy en día en Estados Unidos, aun más que en el pasado, es ser un marginado en el propio país. Y eso, nos dicen los neurólogos, es lo que envenena el cerebro de un niño.

El fracaso de Estados Unidos para progresar en la reducción de la pobreza, en especial entre los niños, debería provocar un gran examen de conciencia. Desafortunadamente, lo que con frecuencia parece provocar en cambio es gran creatividad para inventar excusas.

Algunas de estas excusas toman la forma de aseveraciones de que los pobres de Estados Unidos en realidad no son tan pobres, un dicho que siempre me ha hecho preguntarme si quienes así piensan vieron alguna vez los efectos del huracán Katrina en la televisión o para el caso si alguna vez han visto a su alrededor cuando visitan una ciudad estadounidense grande.

No obstante, principalmente, las excusas para la pobreza involucran la aseveración de que Estados Unidos es una tierra de oportunidades, un lugar donde la gente puede empezar pobre, trabajar duro y hacerse rica. Sin embargo, el hecho es que esas historias son raras, y las de personas atrapadas en la pobreza de sus padres son demasiado comunes. De acuerdo con una estimación reciente, los niños estadounidenses nacidos de padres que están en la cuarta parte más abajo en la distribución del ingreso tienen casi 50 por ciento de posibilidades de quedarse ahí, y casi dos terceras partes de posibilidades de quedarse estancados si son negros.

Eso no es sorprendente. Crecer en la pobreza lo coloca a uno en una desventaja a cada paso.

Yo asociaría esas investigaciones nuevas sobre el desarrollo del cerebro en la primera infancia con un estudio del Centro Nacional de Estadísticas Educativas, en el que se siguió a un grupo de alumnos de octavo grado en 1988. Se encontró, hablando en términos generales, que en el Estados Unidos moderno, el estatus de los padres supera las capacidades: los alumnos que salieron muy bien en una prueba estandarizada pero que pertenecían a familias de estatus bajo tenían ligeramente menos probabilidades de llegar a la universidad que los que salieron mal pero cuyos padres eran acaudalados.

Nada de esto es inevitable.

Los índices de pobreza son más bajos en la mayoría de los países europeos que en Estados Unidos, principalmente debido a los programas gubernamentales que ayudan los pobres y desafortunados.

Y los gobiernos que se lo proponen pueden reducir la pobreza. En Gran Bretaña, el gobierno laborista que asumió el cargo en 1997 hizo de la reducción de la pobreza una prioridad, y a pesar de algunos reveses, su programa de subsidios al ingreso y otra ayuda ha logrado muchísimo. La pobreza infantil, en particular, se ha reducido a la mitad según la medida que corresponde con mayor exactitud a la definición estadounidense.

Por el momento, es difícil imaginar cualquier cosa comparable en este país. Dicho sea a su favor, tanto Hillary Clinton como Barack Obama están proponiendo iniciativas nuevas contra la pobreza. Sin embargo, son modestas en alcance y muy alejadas de ser centrales en sus campañas.

No los culpo por ello; si gana un progresista estas elecciones, será si promete aliviar la ansiedad de la clase media antes que ayudar a los pobres. Y por una diversidad de razones, la atención de la salud, no la pobreza, debería ser la prioridad principal de un gobierno demócrata.

Sin embargo, en última instancia, esperemos que el país retorne a la tarea que abandonó: la de terminar con la pobreza que aún envenena tantas vidas estadounidenses.

© The New York Times
News Service.
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