El nuevo conjunto musical se presentó el pasado jueves en la Casa de la Música de la capital ecuatoriana.
El maestro Patricio Aizaga no preparó un discurso para la velada del jueves pasado en la Casa de la Música, en la que la Orquesta Sinfónica Juvenil del Ecuador pasó a ser Filarmónica del Ecuador, es decir una orquesta profesional. Aun así, sus palabras fueron emotivas y alabó el valor de sus músicos.
Con palabras simples, con frases directas y con una mirada de cariño por sus pupilos, Aizaga anunció que el proceso, que se inició hace 14 años, no se queda trunco, que los músicos que en esa época eran niños continúan un proceso, y que se abre un espacio para que otros jóvenes integren una nueva Orquesta Sinfónica Juvenil.
Aizaga se comprometió a fortalecer el sistema de orquestas sinfónicas juveniles, como la de Guayaquil, de la que dijo tiene grandes expectativas y en poco realizará una gira que la llevará a Perú y Chile.
Ya hay proyectos de llevar esa iniciativa a otras ciudades del país.
La velada de celebración tuvo tres obras interesantísimas, que mostraron el potencial de la novel filarmónica. El recital se inició con una oscura y compleja obra del compositor ruso Piotr Illich Tchaikovsky, de mediados del siglo XIX.
La Filarmónica interpretó una obra en la que el miedo, el amor y el odio se representan en cuatro movimientos, cuyo inicio y final son oscuros, con lo que Tchaikovsky mostró todo su genio innovador.
Asimismo, se ejecutó una obra del maestro ecuatoriano Gerardo Guevara, el yumbo Apamuy Shungo, con unos arreglos de metales muy distinguidos para adornar y dar fuerza a la melodía llevada con precisión por las cuerdas. El público se emocionó gratamente con esta interpretación que fue largamente aplaudida.
Para finalizar, la Filarmónica presentó Obertura 1812 en mi bemol, Opus 49 de Tchaikovsky. Esta es una de las piezas más representadas en Rusia, porque recuerda la victoria de las tropas de ese país en las invasiones napoleónicas. Esta obra evoca el doblegamiento del ejército galo, pues toma los primeros compases de La Marsellesa, el himno francés, y lo deforma hasta convertirlos en otra cosa. Como la guerra misma.
El tono marcial es cerril, pero los arreglos hacen de esta obertura un regalo para los oídos, sobre todo con el final tan apoteósico que hizo que todos los presentes casi que saltaran de sus asientos para aplaudir a la nueva Filarmónica que surgió el pasado 28 de febrero.